El nombre y el rostro del Mal

El hombre es malvado, mucho más de lo que hemos podido comprobar hasta ahora. Como evidencia, baste citar las siguientes medidas que han sido ordenadas por él: más de 100,000 niños inmigrantes permanecen en centros de detención en todo el país después de haber sido separados de sus padres en la frontera, según un estudio de Naciones Unidas dado a conocer el martes 19 de noviembre de 2019; otros miles de inmigrantes adultos continúan asinados en casas de campañas y en jaulas como animales; la privatización de las cárceles y centros de detención ha aumentado como nunca antes, por tanto, a más presos y detenidos, más ganancia económica para los dueños las cárceles, casi todos seguidores de Trump; se ha tolerado y promovido el activismo criminal de los supremacistas nacionalistas y de los nazis; el equipo de campaña presidencial, dirigido tras bastidores por Trump, conspiró con una potencia extranjera enemiga, en este caso Rusia, para obtener información sucia sobre la opositora Hillary Clinton y así, lograr que Donad Trump, el favorito de Putin, ganara las elecciones; intentó sobornar y extorsionar el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, reteniendo la ayuda económica y militar que necesitaba con urgencia para defenderse de la intervención militar rusa hasta que no investigara y le suministrara información dañina del candidato a la presidencia, Joe Biden y su hijo, Hunter, razón esta por la que el presidente está siendo investigado por el Comité Judicial de la Cámara de Representantes para destituirlo de su cargo, es un crimen constitucional; ha lavado millones de dólares de la droga vendiendo apartamentos del Trump Tower de Panamá; ha cometido el crimen constitucional de obstrucción de justicia al despedir de sus cargos al exdirector del FBI, James Comey y otros conocedores de sus intenciones de impedir que se investigara la trama rusa; ha abusado, violado y acosado sexualmente a más de 14 mujeres que han dado sus testimonios creíbles de lo que fueron víctimas; se retiró del Acuerdo de París, lo cual demuestra que no leinteresa el calentamiento global  ni la terrible crisis medioambiental que nos acecha, aunque el gobierno cuenta con amplia evidencia científica de que el peligro inminente que corre el planeta es causado por el ser humano; intentó por todos los medios enemistarse con los grandes aliados de Estados Unidos que forman  la OTAN, para complacer a Vladimir Putin, su héroe y para quien se sospecha que trabaja como agente; utilizó millones de dólares de la Fundación Trump, una organización caritativa creada por él, a la que personas y entidades privadas donaban su dinero, pero que Trump lo utilizaba para pagar cuentas personales, mandarse a hacer retratos al óleo;  no ha pagado impuestos sobre los ingresos por años; desfalcó a cientos de estudiantes que se matricularon en una farsa llamada Universidad Trump; no le ha pagado el salario  a cientos de empleados en sus casinos y hoteles. Por varios de estos escándalos financieros ha sido demandado ante cortes judiciales y hay casos están pendientes, pero por algunos en que fue hallado cupable,  ha tenido que pagar millones de dólares, como es el caso de la universidad falsa y de los salarios de los empleados de los casinos.

Creo que podría continuar añadiendo crímenes cometidos por el actual presidente de Estados Unidos –antes y después de ocupar el cargo–-,  pero se ha hecho larga la lista y quiero detenerme en los que ha llevado a cabo en las últimas semanas. Son de una crueldad tan inmensa que puedo citar con absoluta certeza la frase del papa Juan Pablo II –”El Mal siempre tiene un nombre y un rostro”– que encarna a la perfección Donald Trump. Porque el Mal, así, con mayúscula, que proviene del Maligno, no es una abstracción que no sabemos bien cómo definir o si en realidad existe. Sí, existe, y en este, como en muchos otros casos en la historia, vive dentro de un hombre o una mujer que se dedica a hacer daño, mucho daño,  a herir, a destruir, a  que sucumbamos ante la indignidad.

Uno de los actos más miserables cometidos por el presidente fue traicionar –algo que hace con prácticamente todo el mundo, aun los spuestos amigos– a los kurdos, que fueron los mejores y más efectivos aliados de Estados Undos en la epopéyica lucha por derrotar a los terroristas de ISIS, cuyo poder invasor y actos de terror, incluyendo la masacre de miles de personas, fue de tal magnitud que llegaon a fundar el Califato Islámico. En su máxima expansión territorial controló gran parte de Irak y Siria, y ciudades tan importantes históricamente como Mosul. 

Sin el arriesgado, arduo e incesante combate militar de los kurdos, que formaban parte vital de las Fuerzas de Liberación de Siria, el Califato quizá no habría sido desmembrado todavía y los terroristas de ISIS probablemente no habrían sido derrotados.

Lo que ha hecho el presidente no es solo un acto de traición, es poner en alto peligro la seguridad nacional. De acuerdo con un informe del Pentágono de este martes 19 de noviembre, la orden de Trump de retirar las tropas estadounidenses de Siria en octubre proporcionó al Estado Islámico (ISIS) una oportunidad para reconstruirse, dándole al grupo terrorista “tiempo y espacio” para atacar a Occidente.

La Agencia de Inteligencia de Defensa le dijo al inspector general del Pentágono que ISIS ha aprovechado la retirada de Estados Unidos y la posterior incursión de Turquía en Siria. La decisión de Trump provocó fuertes críticas bipartidistas por eliminar la presión militar sobre el Estado Islámico y abandonar a las fuerzas kurdas que habían trabajado con las tropas estadounidenses para revertir las ganancias logradas por los terroristas. Hoy la población kurda que vivía en la parte de su país que tiene frontera con Turquía, desapareció y está siendo asesinada mientras intentan huir adentrándose en otras partes de su territorio.

El informe detalla las consecuencias de la decisión de Trump del 6 de octubre cuando permitió que las fuerzas turcas y los grupos paramilitares ocuparan partes de Siria que habían sido patrulladas conjuntamente por las fuerzas estadounidenses y las fuerzas democráticas sirias dominadas por los kurdos. Turquía quería con la invasión a Siria eliminar  a la población kurda. Punto.  El presidente estadounidense, gran admirador de algunos dictadores enemigos de EE. UU., le dejó el campo abierto a los turcos para la invasión y la matanza de kurdos, después de que, como dije, fueron los que además de derribar el Califato,  apresar cientos de terrorisas islámicos, eliminar a la inmensa mayoría de los teroristas, y algo sumamente importante: darle las pistas a los bombarderos estadounidenses para que localizaran y pudieran matar al líder máximo de ISIS, Abu Bakr al-Baghdadi hace tres semanas. 

Esta traición abominable de Trump tiene consecuencias devastadoras. “ISIS explotó la incursión turca y la posterior retirada de las tropas estadounidenses para reconstituir capacidades y recursos dentro de Siria y fortalecer su capacidad para planificar ataques en el extranjero”, dijo el inspector general del Pentágono en el informe dado a conocer.

La semana pasada, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, estuvo en la Casa Blanca para una reunión con Trump. Turquía, bajo su gobierno dictatorial, es uno de los países más corruptos del Medio Oriente, no es de extrañar que Trump le rinda pleitesia admirado, ese es el tipo de gobernante que él ha querido ser desde que asumió la presidencia, pero aunque casi lo logra, no pudo. Los republicanos se han hecho cómplices de Trump, la mayoría por dinero, por supuesto, un magnífico ejemplo es el líder del Senado, Mitch McConnell, difícil hallar un reptil tan venenoso como él en el Congreso. Su fortuna ha aumentado en más de $30 mllones en pocos años y es defensor de las causas más inmundas que se legislan en ese lugar que se supone sea el segundo poder de los tres poderes separados, pilaes de la democracia: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. El Partido Republicano se convirtió en el Partido de Trump, de ahí que podemos confirmar que ese segundo poder ya está bajo el total dominio del aspirante a autócrata que ocupa la Casa Blanca.

El Poder Judicial, que dirige el otro corrupto y vendido al presidente, William Barr, fiscal general de Estados Unidos, también está subordinado al Poder Ejecutivo. Ha mentido al presentar el informe preparado por el investigador especial Robert Mueller, sobre la intervención rusa en las elecciones, en su mentirosa confesión de que no sabía nada de la trama de Ucrania, etc. En otras palabras la separación de poderes de una república democrática que llama a contar a alguno de los otros poderes por desmanes, delitos por cometer o cometidos, no lo ha hecho, pero sí se han convertido en astutos cómplices los tres, lo apoyan y mienten sin temor alguno, al creerse con poderes casi omnímodos.

Pero en ese Poder Legislativo se encuentran los demócratas, y estos han actuado como corresponde: son servidores públicos que juraron por la Constitución defender a esta nación no a un presidente, que se cree por encima de la ley. Los republicanos juraron, pero defienden sus bolsillos y sus intereses propios.

Así las cosas, entonces todavía tenemos esperanza de salvar esta democracia (lo que queda de ella, pues se ha ido convirtiendo en una deshumanizante plutocracia desde la década de los 70) gracias a la brillante y gigantesca obra que han llevado a cabo los demócratas en el Congreso, dirigidos por Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, y Adam Schiff, presidente del Comité Judicial de la Cámara de Representntes,  que está dirigiendo el proceso de investigación para la destitución del presidente. Y aunque desde hace años han recibido amenazas e intimidaciones del mismo presidente o llamadas advertencias de republicanos trumpistas, no se han dejado amedrentar. Aplaudo con orgullo de ciudadana que ama esta nación, que lucha por la justicia y la paz y la libertad, a los demócratas del Congreso que no descansan en su esfuerzo titánico por salvar a Estados Unidos y la democracia.

Pero un aparte de trascendencia inédita hay que hacer en esta convulsa era que nos ha tocado vvir, para mencionar –merece un artículo aparte que me comprometo con gusto a escribir en los próximos días– a la excepcional obra que ha llevado a cabo la prensa estadounidense. Me atrevo a decir que gracias a los periodistas que han estado investigado a fondo,  revelado sin o con miedo por sus vidas los horrores de este gobierno no sé si ya no hubiésemos caído bajo una dictadura por primera vez, organizada y dirigida por Vladimir Putin a través de su marioneta, Donald Trump.

Pero pasemos a otra decisión de política exterior tan detestable como peligrosa para la seguridad nacional que acaba de anunciar el secretario de Estado, Mike Pompeo, por órdenes del presidente Trump.

El secretario de Estado anunció el lunes que Estados Unidos ya no consideraría los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada como “incompatibles con el derecho internacional”. Esto marca una clara desviación de décadas de las políticas de las administraciones anteriores y una propuesta legal del Departamento de Estado de 1978 emitida bajo la administración del ex presidente Jimmy Carter. Los asentamientos israelíes se encuentran entre los temas más candentes en asuntos exteriores, y este cambio podría descarrilar cualquier esperanza de paz y la solución al conflicto entre Palestina e Israel y la creación de dos estados, lo que queremos todos, menos la ultraderecha judía liderada por Benjamín Netanyahu.

Y hoy, miércoles 20 de noviembre, se acaba de saber que el secretario de Defensa, Mike Pompeo, va a renunciar a su puesto “porque el presidente está dañando mi reputación”, dijo. Y me pregunto, cómo verá el mundo lo que está sucediendo en Estados Unidos en estos precisos momentos?

Nos hallamos al borde de un abismo. Lo único que nos puede salvar es la destitución del presidente lo antes posible, antes que siga implementando medidas con la única intención de destruir a este país y si puede, al mundo. Que saquen al mentiroso patológico, al hombre que da fuertes indicios de padecer algún tipo de demencia, además de una maldad incalculable. Y que sea antes de las elecciones en noviembre del 2020, porque lo que más me ha asombrado de este país, lo que me ha dado un pavor inusitado es la cantidad de ciudadanos republicanos que todavía creen y siguen al actual presidente y confiesan que votarán por él. Cómo pueden? Qué habita en su cerebro?

Cierto, no debería sorprenderme, ahí tenemos el casos de la culta Alemania: la mayoría de la población admiró y respaldó a Adolfo Hitler hasta la II Guerra Mundial.

Cierto también que los demócratas están ganando en todas las elecciones a la gobernación de varios estados y a puestos legislativos estatales que se han estado realizando. Y todas las encuestas indican que la mayoría de la población en estos momentos votará demócrata. Pero esos eran los resultados de las encuestas en las eleccones de 2016. Hillary Clinton sería la presidenta. En cuestión de una hora o quizá menos, la nación tuvo un inesperado cambio, una convulsión, una conmoción. Todo cambió súbitamente de rumbo y aquí estamos en esta tragedia nacional.

El Califato Islámico en el momento de su mayor expansión en febrero de 2015.

¿Miami o La Habana?

Esto lo escribí hace cinco años, mantiene una vigencia absoluta en cuanto al poderoso deseo de mi regreso definitivo a Cuba y vivir lo que me quede de vida y morir allá. Llegué a Miami decidida a resolver lo necesario –desmontar mi apartamento, vender o regalar auto, muebles, etc.–, después de mi operación para irme de inmediato. Pero estando recuperándome de la cirugía a mi hermana la diagnosticaron demencia de tipo Alzheimer después de unos exámenes del cerebro –scans e imágenes de resonancia magnética (MRI)– que le ordenó su neuróloga. El padecimiento de la enfermedad fue horrendo, mi sufrimiento por ella al escucharla y verla tan desconocida y demente me llevaron a un estado de ansiedad nunca antes experimentado. Fue un horror lo que vivimos ambas en ese año y medio hasta que murió de un paro cardíaco el 3 de agosto de 2021. Estamos en marzo de 2024. Mi fragilidad ha aumentado, padezco de dolores insoportables en la espalda, camino con más lentitud e inseguridad. El médico no halla pastillas que acierten a aliviar mi dolor, a no ser por un par de horas. Carezco de familia cercana en Estados Unidos, estoy sola. Sola estaré en Cuba también. Pero no se trata de soledad, sino de recuperar el tiempo y mi verdadero yo en el lugar al que pertenezco y perteneceré. Porque ese lugar soy yo.

¿La Habana o Miami?

Regresé a Miami el 20 de octubre de 2019, vuelvo a La Habana dentro de unos meses cuando me recupere de una operación de la rodilla programada para enero de 2020, no puede ser antes.

Tenía muy pocos deseos de venir. La Habana me secuestró el corazón, me enamoré de ella. Algo que nunca he sentido por Miami, aunque me gusta la ciudad y la he llegado a querer. Qué dos situaciones existenciales tan diferentes. Me he estado preguntando en cuál de las dos me quedaría a vivir para siempre hasta mi muerte. El tiempo se acaba, estoy vieja. Pero me siento bien a pesar de los dolores de artritis en la espalda y cierta fragilidad al caminar, normales de mi edad. Sin embargo, cuento con energías internas, salud, ánimo y deseos fuertes de vivir los años que me queden dándome a la experiencia de cada día prestándole la atención que debo y quiero. Elevar la conciencia del valor que tiene el momento presente. Los momentos son todo lo que tengo, el futuro es ahora y estoy implicada (a estas alturas todavía) en una tarea fuerte, difícil para mí: que el pasado interfiera lo menos posible en el presente. Recurrir a esa puerta que da a la bruma me ha hecho feliz por los recuerdos, pero bastante daño me ha hecho también.

El pasado hay que dejarlo ir y seguir el camino día a día sin mirar atrás, me digo y me dicen. Es muy peligroso, se corre el riesgo metafórico de morir convertida en una estatua de sal, como le pasó a la mujer de Lot, o perder el Reino de Dios, como nos advirtió Jesús: «Quien toma el arado y mira hacia atrás no es digno del Reino de los Cielos». ¿Por qué si sé que esto es verdad, no veo adelanto en mi propósito, en mi esfuerzo? La nostalgia puede, de hecho, producir placer, porque te vas del presente y revives experiencias felices que se fueron. Las recuperas, las vuelves a vivir.

Es tan grave y peligroso vivir aferrada a un pasado lejano por nostalgia o cercano por algo que ha terminado, se ha ido, que ha muerto. Dejar ir las horas como si no tuvieran fin, como si esta corta vida fuera eterna, malgastando el ahora en recuerdos dolorosos o hermosos, que no vuelven por más que queramos. Nada vuelve. Todo se pasa. Lo descubrí tarde, ha sido una desgracia vivir de nostalgia en nostalgia, la evocación, la angustia casi perennes.

Cierto, contribuye enormemente en esta angustia, la muerte de los familiares y amigos más amados, aquí, en Miami. Que tu existencia sea la de una desterrada, lo digo con el peso de la palabra, fuera de tu tierra, que no hayas crecido, estudiado, hecho tu vida en tu país, vivir maravillosamente inmersa en tu cultura, tu nacionalidad, en la que te sientes colmada, plena, feliz sin saberlo porque se da por sentada, es tu estado natural. Tu identidad es lo que te rodea, en la que te mueves. Contribuye también la experiencia de un amor no correspondido, otra relación que termina, las decepciones en la vida profesional, los momentos felices que se terminan y lo sabes mientras los estás viviendo, y ahora darle la cara y el alma a la vejez, a la disminución, a la invisibilidad. Todo esto es ineludible, acuden a la memoria súbitos flashbacks o un recuerdo que nace espontáneamente por algo que lo trae a la mente: una melodía, una fragancia, tantas cosas. ¿Cómo borrarlas? No se puede, pero ¿se podría con voluntad, disciplina y sobre todo la oración, irlos dejando atrás, hasta dejarlos ir. Let go?

Mi descubrimiento de La Habana en estos meses de septiembre y octubre de 2019, fue una epifanía que no acababa, un milagro que me hizo renacer porque todo me hablaba de mi pertenencia identitaria a esa ciudad, que me sedujo de tal manera que no hubo espacio ni tiempo en mi corazón, mis ojos, mis sentimientos para recuerdos ni nostalgias. ¿Nostalgia de qué, si estaba allí? De pronto el entorno completo se volvió presente en una maravillosa sensación de identidad que recuperaba. Un renacer a la verdadera persona que soy, que fui, que seré. De la belleza de la ciudad no hablaré ahora. He viajado, he visto muchas ciudades. La Habana es la más bella de todas.

El dilema no es grave. Porque aunque no lo parezca, la política ha dejado de importarme. En ese aspecto me da igual vivir aquí o allá. ¿Dejé de ser solidaria con el sufrimiento y la lucha de los opositores al comunismo castrista? ¿A la plutocracia y la enorme desigualdad que es la otra cara de la moneda materialista: comunismo-neoliberalismo? No, me siento hermanada con los que sufren –allá y acá– el abuso despiadado de ambos sistemas.

Sin dejar de reconocer y evidenciar con mi propia vida los bienes y la felicidad que brinda la libertad, las oportunidades de la prosperidad económica, la dignidad y el respeto básico con que el gobierno democrático trata al ciudadano estadounidense y sin duda la democracia que ha reinado en el país hasta ahora. Si sé qué sucederá si Donald Trump vuelve al poder: nos gobernará un autócrata que instaurará una dictadura fascista, la administración estará integrada por hombres y mujeres de la peor calaña humana y se irá a pique lo que una vez fue país esperanza de muchos. Será una autocracia que llevará al país a la más absoluta desgracia y desastre. Rezo por ellos, los de allá en Cuba, y por los de aquí, donde vivo, también por la justicia y la paz en y entre ambos países ahora enemigos.

Es imperativo que haga una aclaración muy importante. Las generaciones que siguieron a la mía y se quedaron en Cuba y ahora viven en la diáspora, tuvieron una experiencia radicalmente diferente a la mía: sufrieron el comunismo, con su censura, persecución, crímenes, total falta de libertad y respeto a los derechos humanos. Muchos han padecido el presidio político, con sus indelebles huellas, han sido víctimas incesantes de actos crueles. Los millones que han ido llegando durante décadas desde 1962, cuando llegué yo, sobre todo a partir del Mariel (1980), traen frescas las heridas y cicatrices que yo nunca sufrí.

Mi sufrimiento fue el desarraigo de una niña que fue creciendo aquí, la extrañeza perenne, la añoranza de una nación que dejé atrás cuando me estaba formando en aquella cultura que ya amaba entrañablemente. Fui extirpada de mi identidad natural, intentaron extraer una fibra vital de mi existencia, no pudieron, pero yo no entendía por qué. Nada de eso vivieron las otras generaciones.

No trajeron consigo el amor a Martí, ni con orgullo los símbolos nacionales, mucho menos el concepto de patria: querían largarse lo antes posible de aquel infierno. Lo que trajeron con ellas y ellos fue rencor y frustraciones acumulados, el odio a una dictadura que se empeñó en aniquilarlos como personas. El comunismo castrista quería una masa manipulable, vivieron una vida hecha de mentiras y humillaciones, los convirtieron en una población que mentía y se mentía a sí misma, se autocensuraba casi sin tener conciencia de ello por el miedo atroz inoculado en ellos desde su niñez. Cuando los veo que llegan desinformados, deformados, reducidos en su nobleza y ética humanas por el comunismo, la falta de sentido de aquella vida, la carencia de propósito, como no sea escapar de allí, cuánto los diferencia de mí. Y los comprendo muy bien, me identifico por completo con lo que vivieron y me siento muy agraciada y agradecida de que mis padres me sacaran del país a los tres años del triunfo de la Revolución. Haber vivido en libertad plena, y que se haya hecho parte de mi ser la defensa de los derechos civiles y humanos, los valores que rigen la Constitución y las instituciones de Estados Unidos, se convirtieron en valores y principios inviolables para mí.

Durante décadas viví entregada en cuerpo y alma al periodismo serio, con un compromiso ético con la verdad, aunque me costara el puesto de trabajo, y estuve en peligro varias veces de perderlo en documentales que sacudieron al exilio ultraconservador por su cruda verdad, el exilio retrógrado de su tiempo. Y en El Nuevo Herald, el diario donde más tiempo trabajé y más audaz fui, sobran los ejemplos que no daré aquí de más de 25 años escribiendo columnas de opinión semanales, denunciando la injusticia y el totalitarismo imperantes en Cuba.

Le di demasiada energía y tiempo, sueños y horas a una lucha inútil, creyendo que escribir, denunciar, acusar, condenar, defender, difundir, solidarizarse ayudarían a cambiar las cosas. Y pasó el tiempo. La democracia murió, no existe. El comunismo murió, no existe. Las dictaduras de las plutocracias, el repugnante neoliberalismo, la corrupción y la mentira son las que dominan ambos universos, el de Cuba y el de Estados Unidos.

Un día vi con toda claridad que el amor está por encima de la política, el amor a Dios y a la familia, el amor dado y recibido en una relación, el amor a la vida, que está hecha de tiempo y este se va como agua entre los dedos, como el incesante, indetenible caer del tiempo reflejado perfectamente en un reloj de arena.

Dije que el dilema no era grave, porque no me detendría en mi decisión de mudarme a La Habana para siempre. ¿Vivir bajo el gobierno cubano actual? Puedo hacerlo con relativa fortaleza y adaptación, muy consciente de que tengo poco tiempo de vida y quiero ver, vivir, amar a Cuba, como lo he hecho, pero pisando aquella tierra, aquellas calles, bajo su cielo azul o nublado, en un día claro o bajo un huracán.

Aunque no exista la democracia como la creemos conocer aquí, en Francia, España, Suiza, Finlandia, etc. Aunque no se respeten los derechos humanos tal como están plasmados magníficamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos firmada por Naciones Unidas, incluyendo Cuba, en 1948. Aunque prácticamente no tenga familia allá, porque han muerto muchos y los primos y primas que quedan son de mi edad, más o menos. Me mudaría para La Habana sin pensarlo más, porque mucho lo he pensado y he viajado por cuatro años seguidos a Cuba, cada vez con suficiente tiempo: dos meses, tres.

Nunca fui con la idea de explorar terreno, ni agendas, con mi sentir bastaba, pero se vive en el terreno, el de Cuba sin duda minado. Cuando estás caminando por cualquier calle de Pinar del Río, mi ciudad natal, o en la casa tranquila leyendo o sencillamente siendo, cuando vas descubriendo La Habana, caminando despacio, admirando la arquitectura, recreando su historia, respirando súbitamente el hedor de contenedores de basura sin recoger por semanas, desparramada por todas partes, ante otro edificio en ruinas, ante gente caminando, cruzando calles, ajetreada buscando qué comer, lo que encuentren, resolviendo la vida diaria durísima, niños y adolescentes riendo, jugando, ajenos a la tragedia política, social, económica, humana que vivimos, ni siquiera te preguntas –si eres feliz como yo allá, entre todo aquello–, ¿me atrevo a quedarme aquí, con las comodidades y libertad que tengo allá? No pienso en eso, no. Vivo, observo, pertenezco, no hay duda. Algo que no sé definir, pero que ciertamente me define: soy parte integral de este lugar maravilloso, inmensamente amado.

Las vivencias, a vuelo de pájaro

En cuando a Miami, ¿qué decir? Mi residencia aquí suman ya 38 años, mi tiempo en la diáspora, 57. Un destierro que ha abarcado varias ciudades de Ponce y San Juan en Puerto Rico, Nueva York, Boston, Madrid, Santiago de Chile. Si me preguntan dónde he sido más feliz fuera de Cuba respondo que en Puerto Rico y Nueva York. Miami es otra historia. He escapado de esta ciudad varias veces, pero he regresado a ella.

Viajes y peregrinaciones espirituales, profunda conversión religiosa, lucha sin tregua por un ideal, una utopía. Y llego a esta edad: 70 años. Todo ha ido cambiando, lo que me rodea, y yo. Estados Unidos era otro país cuando yo llegué a él, donde sucedió mi crianza de adolescente y mi adultez. Donde estudié y trabajé.

Digamos que hasta entrada la década de los años 70 era un país que inspiraba satisfacción de estar aquí. El país de la libertad adonde todos querían emigrar. El país donde se respetaba a los empleados de una empresa, se tenía un compromiso con ellos y ellos con su compañía. Pero dio un viraje de 180 para el mal. Empezó su decadencia que hoy ha llegado al fondo. No voy a detallar ni siquiera mencionar, aunque las conozco, las razones de su caída. Digamos esto: la economía se convirtió en una voraz ave de rapiña que empezó a devorar a sus ciudadanos con deudas infinitas y ganancias también infinitas para los bancos: los que idearon las tarjetas de crédito. La política fue decayendo, contrario a los años de la post segunda guerra mundial, la corrupción y la avaricia transformaron a los empresarios: la competencia, las ganancias fueron las dos metas endiosadas. El dinero, el prestigio, el hedonismo, el egoísmo hizo su entrada descarada, sin disimulo, en una sociedad cada vez más cínica.

Así pues, la política de Estados Unidos me es casi indiferente, después de sufrirla mucho, vivo aquí, y voto por derecho y deber ciudadanos. Es decir, todavía creo que es posible de alguna lejana manera lograr algún cambio a favor del bien común. Con la aparición de Donald Trump y el cambio radical del Partido Republicano en uno abiertamente fascista, autoritario, temible, doy por terminada la democracia –hace ya años se había convertido en plutocracia– y el imperialismo estadounidense. Renunciar a Estados Unidos, para mí es renunciar a las comodidades del capitalismo desarrollado, a un buen seguro médico, algo muy importante cuando se tiene mi edad, aunque tenga salud y a la seguridad de una casa, un auto, las costumbres. A la buena comida, porque la comparo con la de Cuba. Mis familiares más queridos están todos enterrados.

¿Miami o La Habana? me preguntaba. Y aunque parezca una locura, me lo sigo preguntando.