
Estoy en La Habana. Alquilé un cuarto con baño en un edificio antiguo y hermoso, de los años 20 en la Avenida de los Presidentes, en G y 23.
Este es el portal de la casa que encuentro cuando saco a mi perro a caminar antes del amanecer. Me gusta mucho, aunque la experiencia de pasar por allí y detenerme a mirarlo un momento no tiene nada que ver con la fijeza y frialdad de esta foto que le tomé.
Tenía una penunmbra especial. Y en La Habana no había amanecido casi, porque salía a eso de las 6:30, y caminaba como media hora, pero en este lugar siempre me detenía un poco. Había visto tantas cosas lindas, sobre todo antiguas: los arcos sobre las puertas, las cerraduras, las celosías, los escalones de mármol antiguo, los pisos, los espacios. No sabía que me gustaría tanto la capital de mi país. Hay algo de extraño en todo esto, como si fuera parte de mí, pero de un «mí» que no conocía.
Mi padre era gerente de ventas de una agencia de autos aquí en el Vedado. Se llamaba Ambar Motors, muy conocida en La Habana. Siempre nos hizo creer que era de él, él era el dueño de esa rica empresa. Nadie en la familia lo dudaba. Además, se le veía que era un gran hombre de negocios. Nunca, que yo recuerde, lo vi sin que vistiera un elegante traje con corbata, y su pipa que llenaba el área que lo rodeaba de un olor exquisito que reconoceré siempre. Nos iba a visitar, cuando iba a Pinar del Río cada cuatro o seis meses, siempre en su Cadillac o Chevrolet de último año. Una vez quiso que fuéramos con él a pasear en su yate, el Monterrey, como se llamaba. Para mí fue muy triste irnos –mi hermana y yo– con él, al mirar hacia la casa ver a mi madre en el portal diciéndonos adiós. Se me hizo un nudo en la garganta tan asfixiante que tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Fue un día de gran silencio y soledad en mí. Me era tan indiferente aquel yate que él nos enseñaba con con tanto gusto y orgullo. Todo el viaje miré para el agua, no me interesaba nada.
Mi madre era maestra, su salario casi no alcanzaba para mantenernos: sus dos hijas, mi hermana y yo, Mime (mi madrina de bautizo y tía abuela), mi abuela, la casa, etc. Mi padre era un hombre de mucho dinero, su pequeña o mediana fortuna, no lo sé, la hizo con los exitosos negocios que abrió en la capital –en Pinar del Río era un soldado batistiano guajiro de Consolación del Sur–, pero era un hombre miserablemente tacaño. Fue después de muchos años de haber llegado a Miami que supe que Ambar le pertenecía en realidad a un italiano que vivía en Cuba, se llamaba Amadeo Barletta.
Esa compañía inició sus operaciones en 1939, y operaba como distribuidor de varias marcas del fabricante General Motors, tales como Chevrolet, Cadillac, Oldsmobile y Opel. En 1958, Cuba se convirtió en el mayor mercado de Cadillac fuera de los Estados Unidos.
A lo largo de los años, Ambar diversificó sus operaciones en el país abriendo el Banco Atlántico, que le otorgaba líneas de crédito para invertir en viejas y nuevas empresas. También se realizó inversiones en medios de comunicación comprando y renovando tecnológicamente el prestigioso periódico El Mundo y luego fundando la cuarta emisora de TV de Cuba, Telemundo. En 1959, Ambar Motors y sus compañías afiliadas fueron confiscadas por el gobierno de Fidel Castro. Barletta, su familia y algunos de sus mejores empleados se fueron ese mismo año para Puerto Rico. Entre ellos estaba mi padre, pero él no sé si primero o después se fue en su yate con mucho de su dinero –todavía Castro no había ordenado el cambio de moneda– y de ahí siguió para Puerto Rico para unirse a Barletta, íntimo amigo de Fulgencio Batista.

Edificio de Ambar Motors.
Mi madre, tomadas a sus hijas cada una con una mano. Mi padre entonces nos llevaba a restaurantes de lujo, y a pasear en su carro. Era importador de Chevrolet y Cadillac a Cuba. Pero nosotras no vimos nunca parte de ese dinero, ni me importa, por supuesto. Tuvimos todo lo necesario y más: amor en nuestro hogar en Pinar del Río, educación, una familia linda, donde todos nos sentábamos a la mesa a almorzar y a comer. Entonces había esa práctica, que todavía existe.
Recuerdo aquellos viajes a la capital. Venía por la antigua carretera central que era mi gozo total. Grandes tramos de carretera cubierta como con un techo de ramas tupidas de árboles.
Pero cuando llegaba aquí me gustaba también, porque era el olor a transporte, y veía a mi padre, tan elegante siempre, y nos montábamos en su lujoso auto.
Miro atrás, inevitablemente y me doy cuenta de la tragedia que aquello significaba, tragedia que se vive día a día en Estados Unidos y se llama alimony? Que los padres se niegan a dar su parte de la manutención de sus hijos cuando abandonan a su mujer y su propia descendencia. Qué indecencia.
No sé dónde viviría mi padre, nunca nos llevó a su casa, estaría con su otra mujer. Que fueron muchas. Eso sí, comíamos cosas muy distintas en aquellos restaurantes y aquellas tardes lujosas que duraban solo un día.
Regresábamos a Pinar del Río asegurada mi madre, por lo menos, de que tendríamos zapatos para estrenar en el nuevo curso escolar. En nuestro hogar, donde habitaban solo mujeres, comida no faltó. Amor tampoco. Pero el abandono deja un pozo profundo vacío, no se llena. El abandono, cualquier abandono de un ser humano a otro es horrible. Comprendo que no siempre es culpable quien abandona. Hay muchas razones, es complicado.
Pero en el caso del divorcio de mi madre y mi padre sí fue culpa de él, que no le importaba nada ni nadie. Solo él, y su dinero.
Confieso algo: cuando murió, que fui a Miami para el velorio (vivíamos entonces en Puerto Rico), mi madrastra me dijo aparte que me quedara porque tenía unos papeles para mí, mi padre aparentemente me había dejado dinero, parte de una herencia supongo, no pregunté qué papeles eran. Me fui del cementerio directo al aeropuerto. La herencia completa la cogió mi medio hermano (cuando mi padre murió él tenía tres años), que vive en Sunny Isles. Y cuando creció, siendo un adulto casado, estando yo de visita en su casa, me dijo: «Tengo tanto, pero tanto real state». Que le vaya bien, y que disfrute lo más que pueda su vida.
Querido Peter, te deseo salud y amor. No sé por qué me viene esto a la mente ahora.
A de ser porque me encuentro en un área algo conocida a la que venía de niña. Ahora soy vieja, y no me interesa nada más que vivir el momento feliz, como decía el Benny. Sabes, Peter, quién es Benny Moré? Supongo que no, eres americano, naciste en Nueva York y no hablas español.
Cosas de la diáspora cubana.
