La llegada

Parque Colón, Pinar del Río, Cuba.

Mi perro muere de contentura, lo veo mover la cola sin parar yendo de un lado al otro de la casa como si no le alcanzara todo el tiempo del mundo: le ladra a quien llegue para después hacerse un merengue a sus pies  demostrando que no hay que temer, no muerde, ladra, está rodeado de seres humanos que conversan y se ríen y gesticulan con brazos y manos y hay momentos en que hablan varios a la vez. No sabe para dónde mirar, porque quiere mirarlo todo con los ojitos que se le desbordan de alegría y sorpresa. Además está conociendo una casa nueva, grande, en la que sobra espacio para correr, que no es la suya y la mía allá, diminuta. Me encanta verlo así. Teníamos una vida tan solitaria y silenciosa allá, en la ciudad del sol, como le llaman a Miami, pero para mí es la ciudad de hielo, de piedra helada el corazón, de fibra fría el alma de un incontable número de sus dos millones de habitantes, la mayoría cubanoamericanos. 

Ahora estamos en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, con mi familia. Son tantos los años que han pasado. Éramos una familia muy grande, separada en mi caso por más de cinco décadas, 57 años hace que me fui.  Soy solo uno de los millones de cubanos en la diáspora que vienen a ver a su familia una o varias veces al año. No es mi caso.

¿He venido a quedarme para vivir aquí el tiempo que me quede hasta que llegue la muerte? Ese es mi proyecto de vida, no sé cuál será el de Dios. Suelen no coincidir, porque como dice Pablo: “todo conspira para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8-28). Yo lo amo. Espero que esta vez coincidamos.

Pero me temo que hablo demasiado del futuro, aunque sea inmediato. Eso no es bueno. Vuelvo al presente, en el que me ha dado una gran sorpresa mi rodilla por una caída. Me duele horrores. Mi habitación está arriba. Los peldaños son muy altos. Paso el día leyendo sentada con la pierna elevada a ver si llego con vida a La Habana.

Cierta felicidad se me adentra sin remedio en este, mi antiguo ámbito que resucita ante mis ojos de asombro: ventanas y puertas abiertas, el café acabado de hacer otra vez (La Llave, Pilón, fabricados por cubanos en Estados Unidos, que les traigo a todos), voces que entran de la calle en todo momento, gritos de niños jugando, motores, altísimos o lo que a veces percibo como gemidos de los pregoneros de viandas y palitroques u otros alimentos el día entero, canciones de la radio vienen de lejos, y me divierte que al atardecer oigo la llamada de las madres a los muchachos en las calles: “Fulanito, ven a bañarte!” Sí, sigue la costumbre, porque cuando vivía aquí la gente se bañaba siempre a las cuatro o a las cinco a más tardar. No sé por qué. Todo es tan distinto y a la vez reconocido, como un lejano eco que se iba muriendo y de pronto vuelve.

El calor de agosto es intolerable, agua fría y ventiladores para palearlo. Todo es nuevo y significante. El ahora se impone con fuerza, no te deja, es muy intensa la experiencia de vivir en Cuba.

Por fortuna o por designio sí voy dejando atrás el pasado lejano, ese colmado de aventuras y responsabilidades, de trabajo cumplidas, existencia laboral fascinante y agotadora, estresante, ansiosa que sí, me hizo dichosa pero me destrozó emocional y psíquicamente. Qué me importa a mí hoy que me barrieran por el piso: ser periodista honesta, que investiga e informa la verdad en Miami es casi suicida. El terrorismo verbal no cesa, aunque hayan pasado 60 años, lo he vivido en carne viva más de 35 años. Estoy agotada. Dejé de ser columnista en El Nuevo Herald después de 25 años, el verano pasado, porque dije la verdad sobre el presidente Donald Trump, el supremacista nazi que promueve la matanza de negros e hispanos, encierra en jaulas a niños inmigrantes después de separarlos de sus padres a la fuerza en la frontera, que viola y abusa de las mujeres porque es misógino y abusador patológico. Que impulsa a la creciente ola de nazis de todo el país para que marchen libremente con banderas de swásticas y confederadas, amenazando y llevando a cabo masacres de judíos, y todos los que lleguen de “países de mierda” como le llama Trump a Àfrica y Amèrica Latina.

Una de las cosas que más han escandalizado a miles de cubanoamericanos como a mí es ver la cantidad de otros cubanoamericanos trumpistas. Fanáticos que dan asco en su defensa de lo peor, de lo más abyecto y despreciable que ha gobernado ese país, el actual presidente que gracias al esfuerzo inconmensurable de la prensa y la lucha sin tregua de los demócratas le han impedido establecer una dictadura fascista. Y destituirán al delincuente (ya el proceso de destitución comenzó, despuíes vendrán los juicios por sus crímenes, de lo que se ocupará no el Congreso, sino la Corte de Distrito del Estado de Nueva York). El país, que se supone sea el más rico y poderoso del mundo, sobreviven más de 40 millones de ciudadanos, como yo, en estado de pobreza.

En la reciente reunión de la G-7, Trump fue el único mandatario que no estuvo presente en la reunión donde se discutió el alarmante calentamiento global y qué hacer para salvar la Tierra. A él no le importa el planeta, solo le importa el dinero, delinquir y hacer daño, el mayor que pueda. Los cubanoamericanos republicanos lo adoran, le rinden culto como a un demiurgo. Esos republicanos de raíz cubana no tienen compasión: abogan con fuerza porque se mantenga el embargo abusivo e inhumano contra Cuba, que vivo y corroboro aquí, ahora. Y Trump, para complacerlos, pensando que ganará sus votos, lo fortaleció.

Les anuncio a todos que le queda poco, muy poco, porque pronto se levantará el bloqueo a Cuba y veremos su transformación liberadora y creadora de un porvenir audaz y hermoso en esta tierra maravillosa.    

Sí, me digo, este tiempo también pasará. No puedo negar mi amor a Estados Unidos, donde vivo desde los 13 años. Es irremediable sentir la doble identidad. No obstante, prefiero, opto por esta, la que soy, la que fui y seré, la verdadera.

Sé que esta otra realidad, no menos apremiante y trágica en la que me adentro junto a mi pueblo, es mi patria adolorida, en necesidad de reconstrucción de todo tipo. Pero dura como es la vida cotidiana, la prefiero, aquí me muero.

El regreso

Lo que deleita y posee tu interior lenta, suavemente es la exuberancia del paisaje que te envuelve en un dulce y apacible abrazo de acogida: bienvenida, llegaste, soy la que amas y te ama. La que abandonaste hace muchos años, demasiados, no quiero recordar aquel instante perpetuo que a las dos, a ti y a mí nos laceró para siempre. La sabia Madre Tierra -yo soy una parte, ella es un todo- me lo susurró desde sus entrañas, que volverías, pero qué largo ha sido el desprendimiento, aunque siempre fue un consuelo saber que regresarías a mí. No eres feliz?

Sí, inmensamente, es una forma penetrante y ocurrente de felicidad, quizá la más completa, la que colma mi ser como nunca ni nada antes. Por qué?

En qué radica la dicha fundante y magnánima del retorno definitivo a un país, el tuyo, del que te sentiste arrancada hace 57 años, en qué?

La belleza tranquila de aquellos grandiosos árboles, y por todas partes como cantando su pertenencia raigal a esta tierra, las palmas reales movían sus hojas gozosas por la brisa toquetona, las montañas lejanas de la cordillera de un verde más claro, brumoso complacían mi imaginación y mi memoria. Más cerca de la carretera por donde iba el carro demasiado rápido cuando mi deseo era que se detuviera el instante para retener el paraíso perdido y recobrado ante mis ojos, con mi alma y sentidos al acecho, los arbustos cubiertos de flores de distintos colores y tamaños en pleno esplendor del verano. Me encandila tanta maravilla y certeza.

La naturaleza no miente, esta que se mostraba ante mí desnuda, abierta, gozosa frente a mis sentidos que la recorrían y acariciaban con todo el amor, el deseo, el placer, de quien al fin descubre su ser en ella en una total entrega de pertenencias, unión terrenal que saciaba un hondo anhelo espiritual. El regreso.

Te amo isla mía, ya ves, volví. Quizá algún día regrese para nunca más partir.

Coloquio de los fetos

Imagen real de un feto tomada por un sonograma efectuado en el vientre de una madre que está haciéndose un aborto. Es una de las muchas pruebas que se han obtenido de que los nonatos sienten dolor, emiten gritos mientras tratan de huir de los instrumentos que el médico utiliza para halarlo y despedazarlo, o lo succionan con una aspiradora especial.

–¿Que ruido es ése? ¿Quién anda ahí?
–Es tu madre que te quiere destrozar. No la llames, no te quiere, te va a expulsar de su vientre. Pero tranquilo, pequeño. Todo pasará pronto. Por favor, no te espantes. Estás haciendo tu entrada al mundo de los fetos abortados. Es un mundo muy poblado, y debo adelantarte, privilegiado
––¡Ay! ¡Qué dolor! Me están haciendo pedazos con una cucharita. ¡Ah! ¡Para qué me concibieron! ¿Para esto?
–No huyas más de la espátula ni sufras inútilmente cuestionándote cosas sobre los humanos. Ellos son más infelices que tú, créeme. Ellos nacen y mueren. Y en ese corto trayecto que atraviesan entre una y otra, lo que predomina siempre son los errores que cometen, sus lamentos interminables y una que otra chispa de lo que llaman dicha. Tú en cambio, no conocerás esas zozobras. De la concepción y la gestación pasas a la eternidad. En nosotros queda abolida la diferencia entre muerte y vida, porque nunca nacimos, y por tanto, nunca morimos. No fuimos alumbrados, pero la luz será siempre nuestro natural ámbito.
–Ha cesado el dolor. Pero siento que sigo siendo. Soy, existo. Sé perfectamente cuándo fui concebido. En ese instante, el eco distante de una gran explosión se repitió en mi, a partir de ese momento empecé a ser. Ahora solo queda mi corazón allá, que se niega a dejar de latir en aquel vientre.
–Para ayudarte en tu trance te explicaré todo. Aunque debo confesarte que me preocupa que todavía lata tu corazón. Ya deberías haber hecho tu tránsito, porque todos tus trozos están en la cubeta. Desde aquí veo al médico retirar los instrumentos del lado de la que iba a ser tu madre, que se ve desfallecida todavía con las piernas abiertas, y bastante sangre. Sin duda, algo extraño ha sucedido. Supongo que más adelante bote tu corazón. Lo que no me explico es cómo sigue palpitando. . . Te han abortado utilizando un método muy antiguo y común, que es el raspado. Dilatan el útero e introducen por la vagina instrumentos afilados para ir raspándolo. Si todavía eres embrión, sales como un coágulo grande. Si eres feto, como fue tu caso, entonces te van arrancando a pedazos. También está la succión que se realiza por medio de un tubo plástico con una aspiradora en la punta, y te van aspirando, como basura. De nada le sirve al feto moverse, huir, tratando de esconderse del vacuum cleaner por todo el vientre. Siempre te traga. Hay otros métodos, claro, como las pastillas que provocan el aborto rápido, o inyectar el pecho del bebe para parar su corazón y después tratar de inducir el parto. Si esto falla, dilatan más, lo agarran con unas tenazas y empiezan a darle vueltas. La cabeza quedará atrapada en la parte baja del útero. Le introducen entonces un tubito por la cabeza para sacarle el líquido y reducírsela, así sale fácil. Por supuesto, hay millones de mujeres que tratan de abortar sin recurrir al médico porque no tienen dinero, porque es ilegal o por ignorancia. Toman todo tipo de brebajes, se duchan con cuanto líquido te puedas imaginar, desde amoniaco hasta detergentes de lavar la ropa. Si no, recurren a algo que creen más seguro: introducirse instrumentos cortantes para sacarse el embrión o feto: se meten agujas de tejer, alambres de percheros, objetos de vidrio, muchas veces hasta se perforan ellas mismas el útero. Otras veces se tiran de mesas, de sillas, dan brincos. Es preferible dejarlos morir en la cubeta, como tantas veces sucede cuando el muchacho sale vivo.
–Abominable, todo lo que me dices es abominable. ¿Están conscientes los bien nacidos que lo sentimos todo?
–Muchos lo saben, pero no les importa. Otros tienen dudas, pero tratan de limpiar su conciencia insistiendo en que no somos personas, por tanto no es un crimen lo que cometen. En su reducido mundo, dominado por una de las facultades que más importante consideran y rige su mundo científico sin tener a Dios en cuenta, la razón, alcanzan a ver muy poco. Además, confrontan el grave problema del olvido.
–Ya sé. Cuando se nace, todo se olvida. ¿Es por eso que andan tan perdidos?
–No podría decirte, tendría que haber nacido. Después de milenios siguen igual. Aunque cierta parte de su ciencia los ha perdido aun más que cuando danzaban alrededor del fuego. Insisten en buscar y conocer solo su mundo exterior. Cuando son paridos, se oscurece su memoria ancestral y milenaria, fuente de todos los símbolos primordiales, herencia de la humanidad impresa en su inconsciente colectivo.
–En su olvido, ¿olvidan también que el alma no nace cuando nacen ellos, sino mucho antes? ¿Qué el misterio se aloja en el embrión desde que este empieza a flotar en el líquido amniótico?
–Parece que no pueden vivir sabiendo. No toleran el peso del misterio.
–Entonces, ¿son inocentes, no tienen culpa de habernos abortado?
–No, no son inocentes, eso es otra cosa que se pierde en la vida, la inocencia. Es quizá lo más terrible de todo. Pero no debemos juzgarlos. Nunca debemos juzgar a nadie. Cada ser humano es un universo, y aunque cada paso que da «queda en la memoria del tiempo», son víctimas de sus circunstancias. Y la misericordia de Dios es infinita. Muchas mujeres no saben lo que hacen cuando deciden, confusas y sufridas, abortar.
–Pero, ¿por qué no evitan el embarazo?
–A veces porque no saben, otras por doctrinas y mandatos absurdos de la religión. Pero tus preguntas me indican que todavía no has entrado en este mundo. ¿Cómo anda tu corazón?
–Ya va dejando de latir. Está al expulsarlo, pensará que era un coágulo rezagado.

Nota: Estoy en contra del aborto, creo firmemente que la vida de un ser humano comienza en el momento de la concepción y termina en su muerte. Sin embargo, apoyo el movimiento Pro Choice porque considero que es la mujer la que debe tomar esa decisión, no el Estado haciéndolo ilegal. Es la conciencia de la madre (y del padre, por supuesto) la que elige matar o no a su hija o hijo.

El Nuevo Herald, 9 de julio de 1992

 

 

Estética y espiritualidad

Basílica de San Marcos, Venecia.

El año era 1994, noviembre. Acabábamos de llegar a Venecia. Un respiro, un descanso, una terapia, otros rostros, otra arquitectura, una vida distinta a la cotidiana que nos agotaba por el exceso de trabajo que se vive en Estados Unidos. Irse, exponerse a nuevas experiencias, vivir la belleza, las horas y los días sin horario. Eso buscábamos.

No habíamos estado nunca en esa ciudad, de inmediato bajamos a caminar por los alrededores. Estábamos en la Plaza de San Marcos. La noche de densa niebla era apenas iluminada por una la luna llena que me estremeció: la más bella que he visto y veré, hundida, envuelta en una niebla que hechizaba.

No vi en la hermosura de la luna ni en la neblina tangible ni en el inaudito anochecer que súbitamente se consumó con el toque de campanas que repicaban desde aquel sitio del mundo encantado, signo alguno de lo que estaba por llegar: algo que me transformaría para siempre, que cambiaría mi vida inesperadamente, que amaría deslumbrada desde que mis ojos la descubrieron por primera vez, la Basílica de San Marcos.

Podría escribir largamente sobre este encuentro con la belleza absoluta y la seducción de lo sagrado que me imantó –creía yo entonces– sólo estéticamente. Caminar lentamente, arrodillarse, sentarse a observar maravillada la magnífica iglesia construida en honor al primer evangelista, Marcos, ocasionó en mí algo desconocido, una experiencia primaria que culminaría, junto a otras experiencias, en mi conversión religiosa.

Bien que recuerdo cierta molestia de mi compañera de viaje con mi deseo por entrar siempre a la Basílica, sin importarme nada más de Venecia, aunque después la complací y nos fuimos felices por una hoja de ruta desconocida, pero hermosa.

Esto ocurrió un día después de que asistí a la primera misa en la Basílica, una mañana temprano en que la dejé durmiendo y salí corriendo a participar en el misterio de la fe. Fue en una de las bellísimas capillas, estaba expuesto el Santísimo cuando llegué. Se tardó más de media hora para que empezara la Eucaristía, tiempo suficiente para que yo adorara a Jesús sacramentado de rodillas, sólo mirándolo. Nos envolvía el olor a incienso y un gran silencio. Miré a los demás, arrodillados, adorando la hostia sagrada, en un estado que pude percibir casi de éxtasis. Yo volví la mirada a la víctima –eso significa hostia– y me reconocí a mí misma por primera vez en el sentido más hondo y desconcertante de la palabra.

Mucho más tarde hallaría este pensamiento de Gabriel Marcel: “Tengo que anotar aquí la importancia excepcional de Juan Sebastián Bach. Las Pasiones y Cantatas: en el fondo, la vida cristiana me ha venido a través de esto. Los encuentros han tenido un papel capital en mi vida. He conocido seres en los cuales sentía tan viva la realidad de Cristo que ya no me era lícito dudar. Nadie duda que la función espiritual de la música consiste, en el fondo, en devolver el hombre a sí mismo. Devolver el hombre a sí mismo es, en verdad, devolverlo a Dios”.

Cuando terminó la misa nos fuimos mi amiga y yo de turistas por Venecia. Yo era otra persona, ella lo notó, yo noté que me miraba a veces asombrada, algo bastante común, pero no de esa forma.

Llegamos a Roma –mi primer viaje a la Ciudad Eterna– y en ella culminó mi peregrinación interior insospechada. Cito a William James, cuya obra, Las variedades de la experiencia religiosa, fue fundamental en mi formación posterior:

“Regenerarse, recibir la gracia, experimentar la religión, hacerse a una seguridad antes nunca vivida, son las expresiones que identifican el proceso de conversión, repentino o gradual, en él que un yo conscientemente dividido, equivocado, infeliz o inferior, se transforma en un yo unificado, correcto, feliz y superior como consecuencia del apoyo que ha recibido de una realidad religiosa”.

Nuestro hotel en Roma estaba a unos pasos de la Basílica de San Juan de Letrán. Ya adentrada la tarde, entramos en esa iglesia, la madre de todas. Lo diré, aunque parezca una locura: fue como regresar a casa, a mi casa. Qué feliz fui en la penumbra originaria que iluminó mi vida.

La Basílica de San Juan de Letrán en Roma eses la iglesia más antigua del mundo, construida en 324 y considerada la «madre y cabeza de todas las iglesias”. Al entrar en ella por primera percibí por segunda vez, pero con mucha más fuerza y certeza –la primera fue en la Basílica de San Marcos– el sentido de «lo sagrado». Nunca antes me había agarrado y habitado de tan totalizadora manera. Y esa eternidad en que se convirtió aquella tarde fue fundamental en el proceso de conversión religiosa, junto a otras experiencias que se sucedieron como en una sincronía a la que le había llegado la hora. Algo inexplicable ocurrió en San Juan de Letrán que no sentí en San Marcos: la llegada al hogar, mi familia, mis ancestros, mi identidad, mi ser, que habían sido extirpados cuando me fui de Cuba un 2 de abril de 1962, dejando todo lo que amaba detrás. Fue real, no imaginario lo que sucedió allí a aquella hora precisa en que se iba la tarde y llegaba la noche: amaneció en mí. Supe misteriosamente y sin querer ni necesitar indagar en ello, que había recuperado mi nación, mi hogar, mi familia, mi identidad primigenia en aquella iglesia, que significó para mí la belleza misma,

Connecting to the Eternal

Contemplation

Richard Rohr’s Daily Meditation

From the Center for Action and Contemplation

Barbara Holmes, one of our CONSPIRE 2018 teachers, writes about the beautiful diversity of contemplative practices as paths toward the source of our being:

Although Africana and European Christians share a common contemplative history, there are specific differences in expectation and practice. . . .

[While] European mystics and contemplatives often lived in community, they tended to focus on the individual experience of encountering the divine presence. African American contemplatives turned the “inward journey” into a communal experience. . . . The word contemplation includes but does not require silence or solitude. Instead, contemplative practices can be identified in public prayers, meditative dance movements, and musical cues that move the entire congregation toward a communal listening and entry into communion with a living God. . . .

When the word contemplation comes to mind I think of Thomas Merton. . . . But I also want to talk about Martin Luther King Jr. and his combination of interiority and activism, Howard and Sue Bailey Thurman and their inward journeys. I want to present Sojourner Truth, Harriet Tubman, Fannie Lou Hamer, Barbara Jordan, and the unknown black congregations that sustained whole communities without fanfare or notice. Like Christianity, contemplative practices come in many forms. . . .

This is how Howard Thurman describes the embodied locus of contemplation:

There is in every person an inward sea, and in that sea is an island and on that island there is an altar and standing guard before that altar is the “angel with the flaming sword.” Nothing can get by that angel to be placed upon that altar unless it has the mark of your inner authority. Nothing passes . . . unless it be a part of the “fluid area of your consent.” This is your crucial link with the Eternal. [1]

. . . As I see it, the human task is threefold. First, the human spirit must connect to the Eternal by turning toward God’s immanence and ineffability with yearning. Second, each person must explore the inner reality of his or her humanity, facing unmet potential and catastrophic failure with unmitigated honesty and grace. Finally, each one of us must face the unlovable neighbor, the enemy outside of our embrace, and the shadow skulking in the recesses of our own hearts. Only then can we declare God’s perplexing and unlikely peace on earth. These tasks require a knowledge of self and others that only comes from the centering down that Thurman advocates. It is not an escape from the din of daily life; rather, it requires full entry into the fray but on different terms. . . . Always, contemplation requires attentiveness to the Spirit of God. . . .

Contemplation is a spiritual practice that has the potential to heal, instruct, and connect us to the source of our being. Thomas Keating describes the shift in reality structures that may occur during contemplative prayer in this way: “our private, self-made worlds come to an end; a new world appears within and around us and the impossible becomes an everyday experience.”[2]

Gateway to Presence:
If you want to go deeper with today’s meditation, take note of what word or phrase stands out to you. Come back to that word or phrase throughout the day, being present to its impact and invitation.

[1] Howard Thurman, Meditations of the Heart (Friends United: 1976), 28.

[2] Thomas Keating, Open Mind, Open Heart: The Contemplative Dimension of the Gospel (Continuum: 1999), 13.

Barbara A. Holmes, Joy Unspeakable: Contemplative Practices of the Black Church, 2nd edition (Fortress Press: 2017), 4-6, 17-18.

Image credit: Dancers in Green and White Dresses, Vinicius Vilela.

Una Iglesia que cambia para acoger a los gays católicos

 

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Católicos LGBT en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, La pastoral New Ways Ministry de su parroquia Sagrado Corazón en Newark, New Jersey es muy activa. 

Lo anuncié y se cumplió, nada nuevo bajo el sol. Me refiero a mi columna publicada el viernes pasado: Los homosexuales y el cristianismo. La iracundia, el rechazo y la discriminación que despertaría lo que escribí en muchos católicos, sobre todo en parte de la jerarquía que margina y desprecia a los homosexuales. Pero no olvidemos jamás que ella es solo parte de la Iglesia, representan más bien a la Institución. La Iglesia la formamos todos por el sacramento del bautismo.

Recibí emails a favor y en contra, y para mi satisfacción fueron más los que apoyaron y agradecieron mi defensa de la comunidad LGBT católica que los que me criticaron. Pero hubo una carta de un sacerdote jesuita que me hirió. Está dirigida a despojar a una persona homosexual de su dignidad como persona. ¿Tan ciego y fanático es que no se dio cuenta que estaba insultando al Espíritu Santo que habita en cada uno de los que amamos a Dios, nos sabemos amados por él y vivimos en coherencia con nuestra fe?

Este pobre hombre es un desgraciado –lo digo literalmente, falta de la gracia de Dios–, utilizó el argumento menos cristiano que conozco para condenar a los homosexuales.

“¡Cuánto lamento que hayas dejado de ser cristiana!”, me dice al inicio de su carta. Me preparé para lo que iba a leer. Pero superó mi imaginación: “Las relaciones entre machos o hembras son pecados contra naturam, apunta el jesuita. “Decir que la sodomía no es pecado equivale a decir que si un hombre copula con una perra, cabra o burra no comete pecado. El segundo pecado contra la naturaleza se llama bestialidad.

“Todo lo que enseña la Iglesia de no discriminar a los homosexuales, ellos y ellas, se refiere a la inclinación, no a los actos.

¿Es cierto que los homosexuales deben abrazar la continencia perfecta? Sí, es cierto. El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer y dormir”.

Este cura no tiene en cuenta el amor. Habla solo de copular. “El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer, dormir” ¿Y el amor, no es una necesidad absoluta? ¿No sabe que el amor entre personas del mismo sexo existe con la misma fuerza y pasión y ternura, la necesidad de unión permanente, de comprometerse a vivir en plenitud ese amor como existe entre parejas de heterosexuales? Los gays establecen una relación de pareja en la que el amor, la fidelidad, la comunicación, el darse a la otra persona y querer hacerla feliz, como lo hace una pareja heterosexual que se ama, casada o no, es lo que distingue una relación fundamentalmente cristiana –que es a la que se refiere el papa Francisco en su histórico mensaje que está transformando la Iglesia: “Si una persona busca a Dios, es de buena fe y es gay, ¿quién soy yo para juzgar?”–, de otra que solo quiere tener “placer sexual” llevando una vida promiscua donde no existe el amor.

Invito con caridad a que este jesuita revise su pensamiento y de paso cumpla con uno de sus votos que está desobedeciendo. Además de los votos de pobreza, castidad y obediencia comunes a todas las religiosas y religiosos, los miembros de la Compañía de Jesús, los jesuitas, tienen un cuarto voto: absoluta fidelidad y obediencia al Papa.

En Estados Unidos se está viviendo una profunda crisis espiritual, teológica, pastoral y existencial frustrante o esperanzadora para la comunidad LGBT católica en diócesis y parroquias por ser aceptada en una Iglesia –y de nuevo me refiero a la Institución, no a la Iglesia formada por los hijos de Dios, mucho más humana, verdadera y seguidora de Jesús que la institucional–, de la cual todos somos parte. Esa crisis se vive muy intensamente entre los obispos, enfrentados en una batalla nacional por la defensa o condena de los gays católicos.

La plena acogida de ellos va en crecimiento asombroso y no tiene vuelta atrás. Hay muchos ejemplos pero carezco de espacio para informarlo. Cito uno: El cardenal de Newark recién nombrado por el papa Francisco, Josph E. Tobin, celebró una misa en junio para los miembros de la pastoral gay A imagen de Dios (In God’s Image) de la parroquia Sagrado Corazón, en esa ciudad en Nueva Jersey. El cardenal “encantado” de oficiar misa para ellos y darles la comunión, los fue recibiendo en la puerta y dándoles la mano a medida que entraban. Eran muchos, porque además habían asistido otros grupos gays católicos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. La eucaristía concelebrada por cinco otros sacerdotes, hizo noticia en todo el país al tratarse de un cardenal que anuncia la buena noticia de que en su diócesis los gays católicos cuentan con una iglesia que los ama y los recibe con respeto, amor y solidaridad.

Links donde encontrarán ayuda:

In God’s Image

New Ways Ministry – con una lista de las parroquias que en cada estado celebran misa para los gays católicos

Pastoral de la diversidad sexual, CVX de Santiago, Chile, 

Les recomiendo la lectura del libro James Martin, SJ Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion, and Sensitivity.

Un profeta ante el cisma de la Iglesia católica de EEUU

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Como a todos los profetas bíblicos que los líderes religiosos de su época y tierra rechazaron por predicar verdades insoportables para ellos y por eso los mataron, a James Martin, SJ, lo están haciendo trizas en la Iglesia católica de este país. Su reciente libro Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion and Sensitivity (Construir un puente. Cómo la Iglesia católica y la comunidad LGBT pueden establecer una relación de respeto, compasión y sensibilidad), está causando un escándalo nacional, pero no porque lo católicos lo rechacen como quisieran muchos obispos, todo lo contrario. El éxito del libro, convertido en un bestseller de The New York Times, y cuyas críticas favorables y condenatorias muestran el debate transformativo sobre los homosexuales católicos, es precisamente porque reclama la debida aceptación y participación plena de ellos y ellas en la vida de la Iglesia.

En sus páginas los gays católicos hallarán todo lo sabio, compasivo, reconciliador y acogedor que esperaban de la Iglesia católica sin intentar renunciar a su fe ni a su orientación sexual.

Lo curioso dentro del gran cisma que vive la Iglesia es que no se trata solo de obispos que se niegan a aceptar a los gays y los que favorecen –como el papa Francisco– su plena pertenencia a ella, sino la abismal diferencia que existe entre los laicos y los obispos. En una investigación que hizo el Pew Research Center en junio de 2017 se demostró que dos tercios de los católicos (68%) apoya la unión de parejas homosexuales. Pero la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, incluida la Arquidiócesis de Miami, que se niega a aceptarlos, e incluso el arzobispo Thomas Wenski ha amenazado con despedir a quienes trabajen en la Arquidiócesis de Miami y apoyen las uniones homosexuales, se hace de oídos sordos ante el reclamo de la inmensa mayoría de sus fieles. ¿No se están negando esos obispos homófobos a escuchar la voz de Dios expresada no sólo por el papa, sino por la mayoría de los católicos?

“Los despidos masivos que se están llevando a cabo en la Iglesia porque el empleado es gay, hace que me pregunte: ¿Despedimos a divorciados vueltos a casar? ¿Despedimos a heterosexuales que viven en pareja juntos, pero no están casados? ¿Despedimos a católicos adúlteros? ¿Despedimos a los que usan contraceptivos? No, ellos siguen en su trabajo y están faltando a las enseñanzas de la Iglesia, cometiendo el mismo pecado grave que supuestamente cometen los gays que no son célibes, que viven en pareja con su ser amado”, dice el padre Martin en su libro.

“El asunto es que las enseñanzas de la Iglesia son las del Evangelio, y son las que no se practican. Somos selectivos al aplicar esas enseñanzas. Nos enfocamos en un grupo: los homosexuales. La gente straight no tiene una luz condenatoria encima, no sufren despidos de sus trabajos ni discriminación tan cruel como la sufren los gays”.

Habría que entrar de lleno en lo que el papa Francisco llama “la cultura del encuentro”. Es decir, encontrarse con “el otro”, escucharlo, conocerlo para comprenderlo, y así ir transformando los estereotipos anticristianos y construyendo una relación fraterna.

Pero los obispos, en muchos casos, no conocen a los homosexuales, no se juntan con ellos, no los escuchan.

Surge la pregunta de la lógica impecable: ¿Por qué una persona gay sigue siendo católica si sabe que su Iglesia la condena, que su comunidad parroquial lo discrimina, no lo recibe ni acepta que participe en cualquiera de los ministerios que ofrece su parroquia?

La respuesta es un misterio, como la fe o la orientación sexual. Tiene su raíz en lo espiritual, quizá en la formación religiosa de su hogar, en una conversión, en el fondo no es algo racional sino del Espíritu, que habita en ellos, y que le da la dignidad que poseen los hijos de Dios.

Hoy, después del declarado apoyo del papa Francisco a la comunidad LGBT y de la descentralización que está llevando a cabo en la Iglesia, los gays católicos saben que hay muchos sacerdotes y parroquias en los que son bien recibidos con su pareja o sin ella para la celebración de la Eucaristía y la participación en la vida de la iglesia. Y la recepción de la comunión es un aspecto tradicional de la ‘participación en la vida de la Iglesia’.

Este es la tercera semana que escribo acerca del tema que hoy divide a la Iglesia en EEUU. Para un entendimiento más abarcador de lo que sucede, recomiendo la lectura de “Los homosexuales y el cristianismo” (1 de septiembre) y “Una Iglesia que cambia para acoger a los gays” (8 de septiembre).

Ánimo, la apertura de una institución casi inamovible se está dando gracias al liderazgo de otro profeta, el mayor de nuestro tiempo: Jorge Mario Bergoglio, obispo de Roma, papa de la Iglesia católica.

La política de la posverdad

verdad

Dora Amador| 20/4/2017


El estado de la nación me obsesiona y repele a la vez. Tengo la certeza de que veo la verdad y la defiendo, a pesar de las mil y una distracciones y distorsiones con que nos quieren engatusar desde la Casa Blanca; de las estupideces y vilezas de esta administración republicana.

Decía un comentarista político a quien estaban entrevistando la otra tarde en MSNBC que estaba convencido de que a la Casa Blanca podrían entrar millones y millones de dólares manchados en sangre y que los republicanos mirarían hacia otro lado encogiéndose de hombros. Coincido con el comentarista. Bienvenidos al gobierno de la posverdad.

“En esta era de la política de la posverdad, un mentiroso sinvergüenza puede ser rey. Cuanto más audaz es su deshonestidad, menos le importa que lo cojan con las manos en la masa, más puede él prosperar”, dice el periodista Jonathan Freedland. “Y esos pedantes que todavía se dejan llevar por hechos y pruebas y esas cosas tan aburridas, que se queden en el polvo. Apenas se han terminado de abrochar los zapatos, ya la mentira se ha extendido por medio mundo”. (Los políticos de la posverdad como Donald Trump y Boris Johnson no son broma”. The Guardian, 13 de mayo de 2016).

La perversidad a la que han llegado el presidente y sus cuates, como diría un mexicano, podría ser la causa del estado de conciencia en que me hallo. Es una conciencia alterada, en lucha consigo misma porque la realidad me rebasa.

Y he ahí mi dilema: soy periodista, valoro y busco la verdad, y padezco de la necesidad de difundirla. Pero estoy pegada a Twitter y a los medios como si mi vida dependiera de esa marabunta. Y con una capacidad tope de tolerancia de información, con el deseo de que republicanos de buena voluntad crean a través de lo que expongo la atroz verdad que no ven, que están destruyendo su partido al ser víctimas de la estafa posverdad.

Me aferro a la esperanza de que a partir de la semana que viene, cuando los congresistas regresen de sus vacaciones, se inicie el fin de la más fraudulenta y plutócrata administración que ha tenido esta nación. Entonces el FBI y los Comités de Inteligencia del Senado y la Cámara, con la participación de agencias de inteligencia, incluyendo la CIA, irán desenmascarando a cada uno de los que colaboraron con Rusia en la campaña electoral de 2016 para que ganara las elecciones Donald Trump.

En el tablero se cuenta con suficientes movidas como para dar jaque mate. Me refiero a la colaboración trumpista con Rusia, que sin duda es lo más grave. Pero hay otros elementos peligrosos, como los conflictos de intereses y ciertas decisiones que se han tomado en secreto.

El viernes el gobierno anunció que ya no haría públicos los registros de visitantes de la Casa Blanca. Antes de hacía. Pero Trump no quiere que la gente sepa con quiénes él y sus compinches hacen negocios: dinero, miles de millones de dólares, que para eso aspiró a la presidencia e intentó vender su patria y la democracia.

Pero quien ignore el rechazo, los abucheos, la ira de los votantes republicanos cuando sus representantes fueron a sus ayuntamientos en estos días, está ajeno a la realidad o colabora a conciencia con la catástrofe nacional.

Los conflicto de intereses que confrontan el presidente y su familia al no renunciar a sus empresas millonarias a la vez que dirigen la política exterior y doméstica del país les importan poco, aunque el mundo entero los esté mirando. El día de la cena en Mar-a-Lago con el presidente chino, Xi Jinping, a la compañía de Ivanka Trump se le aprobaran los derechos de venta de su marca en China en varios renglones del mercado: carteras, joyas y servicios de belleza. Sabemos, Ivanka es asesora de su padre y tiene su oficina en la Casa Blanca, pero no cobra un centavo por su trabajo.

Las marchas de protesta en casi todo el país el pasado fin de semana exigiéndole a Trump que enseñe sus contribuciones de impuestos le tiene sin cuidado. No las hará públicas, siendo presidente, insiste, no tiene por qué hacerlo.

El Trump Hotel Washington, D.C se ha hecho sede de miles de reuniones, fiestas y hospedaje de políticos y empresarios de todo el mundo que quieren acercarse al dueño. Y Mar-a-Lago? Hasta la fecha los viajes a su lugar de ocio favorito en Palm Beach, adonde va casi todos los fines de semana a jugar golf, le ha costado a los contribuyentes más de $25 millones. Mientras, hizo recortes drásticos en el presupuesto a los más esenciales servicios alimenticios, educativos y de salud a los más necesitados.

Le pido a los periodistas y a todo amante de la verdad que lean “Posverdad” en Wikipedia. Y que no me venga ninguno a reclamar que esta no es una enciclopedia veraz.