El regreso

Es probable que en unos meses regrese a Cuba. Ya hice todos los trámites necesarios que exige el gobierno comunista. He ido seis veces, la última fue en 2019, cuando todavía no habían cambiado las leyes migratorias que esta vez me afectan a mí y a todos los que nos fuimos de Cuba en la década del 60. Hasta ahora nos exigían viajar con el pasaporte estadounidense. Pero ahora el que cuenta es el pasaporte cubano con el que salí de mi país. Siempre lo he guardado como algo valioso identitariamente, sentimentalmente. Me fui de Cuba hace 62 años. Todo ese tiempo he anhelado volver. Continuar mi vida allá, en mi país, ser y estar de donde soy. Lo he intentado dos veces, pero no ha podido ser. Quizá esta vez lo logre. Con esa idea dándome algunas vueltas en la cabeza voy. Consciente, muy consciente de que no suceda y de que, si decido mudarme para Cuba y el gobierno me «concede el permiso» –soy ciudadana cubana– esa decisión podría ser un inmenso error que podría pagar con la vida. Dispuesta estoy a darla con tal de vivir mis últimos años en Cuba y allí morir, donde nací.

En el largo tiempo que he sobrevivido en la diáspora –he residido en Nueva York, Nueva Jersey, Boston, Houston, San Juan, Santiago de Chile, Madrid y Miami– mi deseo de regresar a vivir para siempre en mi tierra natal no ha disminuido. Es un anhelo latente, un sueño imposible, hasta ahora.

Sé muy bien que no es normal este sentimiento que me define, o mi actitud ante la vida que me tocó vivir habiendo salido rumbo al exilio siendo una niña. Por Dios, lo razonable, lo normal es que me hubiera integrado, diluido, incorporado plenamente a esta nueva cultura, la estadounidense, donde he vivido la mayor parte de mi vida, a la que llegué siendo una inocente escolar de 13 años. Tengo 76 y estoy jubilada después de toda una existencia intensamente dedicada al periodismo. He tenido una experiencia universitaria y profesional muy satisfactorias. Pero no he sido feliz. Por varias razones, una vital es sentirme extranjera, que no pertenezco. Amar apasionadamente una nación, la tuya, a la cual sólo puedes ir de visita por corto tiempo y regresar a ese espacio donde habitas que llaman exilio. Para mí la felicidad hubiera sido nunca vivir exiliada. Concibo que la verdadera dicha se funda viviendo a plenitud en el país donde naciste y te criaste hasta llegar una edad, como fue mi caso, en que ya se ha formado tu identidad, perteneces raigalmente a una cultura, a una nación y los símbolos patrios son innatos a tu ser, son los signos que te dan tu identidad.

He residido siempre en un país democrático, la libertad es mi seña de identidad. La valoro extraordinariamente, la amo. No me imagino lo que sería vivir en un estado totalitario, en una autocracia, careciendo de la libertad con las que nace todo ser humano, lo que le otorga la dignidad de persona que le da Dios al nacer.

¿Qué hacer? Pasar los años que me quedan de vida aquí, sintiéndome segura con todos los recursos y comodidades que tengo? Buenos médicos, un seguro de salud excelente, medicamentos para mis variados padecimientos crónicos? Hasta ahora mi vida de jubilada me satisface en lo material e intelectual. Leo mucho, puedo comprar los libros que quiero y leerlos placenteramente durante las horas que quiera. Excelentes fuentes de streaming para ver lo mejor del cine o de series de TV fascinantes. Buena alimentación, paseos si me placen y así hasta que llegue la muerte. Estoy en ese umbral, que puede ser un poco más estrecho o amplio. Hablo de tiempo: tres años, seis o menos. Cuando mi Creador lo decida.

O abordar un avión y en estas circunstancias permanentes de fragilidad y algunos padecimientos crónicos (asma, artritis severa, ansiedad, depresión, con una válvula del corazón «moderadamente problemática», dolor ante el recurrente recuerdo de mis muertos, es decir, por la pérdida –algunas muy recientes– de mis seres más queridos. En estas condiciones, repito, regresar a Cuba con el proyecto de vida –cierto, muy tarde se cumpliría–

Continuará….

¿Por qué sufrimos?

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Del libro Los heraldos negros (1918), de César Vallejo.

Elegí la imagen intrigante de esta mujer y al instante en mi memoria surgió, como de un mar profundo, la poesía de César Vallejo, que descubre el rostro oculto bajo sus manos. ¿Hay lágrimas en sus ojos? ¿Hay sollozos? Quizá el sufrimiento es tan hondo que no puede, eso sucede.

Como cada persona, sé lo que es sufrir. Pero no creo que haya pasado un tiempo tan doloroso y caótico como estos últimos tres años. Me es imposible contar los grandes pormenores y las partes que conformaron el todo que causó otro golpe y otro y otro, como si una sorpresiva maldad se hubiera confabulado para destrozarme. Y lo logró.

Murió mi hermana súbitamente de un ataque al corazón; murió una prima muy querida, tan impedida y frágil, que ya tenía que moverse en una silla de ruedas por su casa. Me cuenta otro familiar con quien ella hablaba mucho en Cuba, que le pedía que se quedara en el teléfono con ella hablando hasta que le diera sueño, tenía mucho miedo. Varias veces se cayó de la silla de ruedas y se quedaba en el piso largo rato hasta que arrastrándose alcanzaba el teléfono. Murió mi primo más querido, con quién más tiempo primordial compartí y fui feliz desde que ambos, en años muy cercanos, salimos al exilio: yo en 1962, él en 1961. Vivíamos ambos en Nueva York, la ciudad y la época que más he amado fuera de Cuba. Fue nuestro escenario por años, nuestro terreno, nuestra seducción llena de magia, en el que entregamos lo mejor de nuestra adolescencia y juventud.

Murió una amiga muy cercana de muchos años. Cuando estaba con ella llenaba los momentos de alegría, de conversaciones íntimas que nos hacían bien en nuestro caminar distante y a la vez cercano por la vida. Enfermó de Alzheimer una excompañera de estudios universitarios que para mí era de una inteligencia y un talento prodigiosos. Una de las mejores poetas y ensayistas que he conocido. Su casa era una fabulosa biblioteca.

Un día, no hace mucho, supe que había arrojado gran parte de sus libros para la calle. Había botado a la basura lo que formaba parte integral de su vida, eje de su saber, de su memoria portentosa. La hermana tuvo que entrar a la fuerza en la casa, porque se había encerrado y no dejaba entrar a nadie. La encontró en condiciones «infrahumanas», me dijo. Devastada ante lo que vio, logró internarla en un asilo de personas con demencia. La llamé hace un semana después de pensarlo mucho, ¿debía hacerlo? ¿Podría conversar algo con ella? Al fin lo hice. Le dije quién era –habíamos compartido estudios, diálogos, aprendizajes, amistad por varios años en la Universidad–, la saludé con mucho cariño, le dije que quería saber de ella, ¿cómo se sentía? Silencio del otro lado, hasta que al poco rato oí la voz de una empleada del lugar diciéndome que le había dado el teléfono sin decir nada, y se fue caminando.

Parece que lo pasado en tan poco tiempo creó en mí una crisis que de pronto mostró su rostro monstruoso. Una no es invencible.

De esto que voy a hablar ahora hace como dos meses o quizá algo más. Sucedió intempestivamente. Llegó una tristeza inmensa, un sentimiento conocido por mí, pero no el que hizo su entrada en ese momento, en ese día. No fue la culminación de un proceso, creo que más bien fue un signo de la desesperación tan absoluta a la que había llegado. Una mañana me tiré en el piso y con la cabeza sobre la cama sollozando mientras algo se destrozaba dentro de mí, como si nada pudiera contener un deshacimiento que sentía unido al fuerte deseo de morirme. Nunca lo había anhelado tanto. Lo repetí varias veces desesperada, quería morirme, se lo pedí a Dios. Una amiga me acompañaba, me colocó la mano en el hombro, sabía que no habían palabras para el consuelo.

Creo que fue a partir de esa experiencia que cayó en mi pecho algo muy pesado que me ahogaba, a la vez que una sombra lo empezó a cubrir todo. Mi mirada, mi pensamiento, mi imaginación estaban siempre oscuras. Yo no comprendía lo que me estaba pasando, y me causaba desasosiego. Estaba en terreno desconocido.

Una madrugada me desperté asustada porque apenas podía respirar, me faltaba el aire y por más esfuerzo que hacía sentía que no me entraba oxígeno en los pulmones. Me levanté. Caminé por la casa, hice café. La asfixia me duró un poco más de tiempo, hasta que desapareció después de intentar y casi lograr meditar. Es una práctica que me hace mucho bien desde hace tiempo. Medito todas las mañanas cuando me despierto, pero ahora eran las 2:30 am. El resto de la noche la dediqué a un silencio que se tornó apacible y me alivió.

Fue al día siguiente que supe que lo que estaba padeciendo y que se manifestaba de esa manera era una “depresión mayor”, como le llaman clínicamente. Fue la primera vez que la sufría, y me dio mucho miedo, no quisiera volver a pasar por eso.

El tema del sufrimiento como misterio –así recuerdo haberlo visto definido por primera vez por el papa Juan Pablo II– siempre me ha interesado.

Soy católica. Creo en la infinita misericordia de Dios, en su amor incondicional. En que es la bondad misma. Creo que Dios me dio la vida y que será él o ella quien le dé fin. Me dio un tiempo determinado aquí en la Tierra por alguna causa, quizá yo la desconozca todavía, pero la estoy llevando a cabo. La vida es una prueba, y como dice San Pablo ya muy cerca de su muerte: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe» (Segunda carta de San Pablo a Timoteo, 4:2). En otras palabras, terminar la carrera victorioso, haber peleado «la buena batalla» y ganar, no es otra cosa que mantener la fe hasta la muerte. No es fácil. La duda forma parte inherente de la fe, la he tenido, sobre todo cuando vienen golpes arrasadores como estos:. La muerte de mi madre, la huida al exilio, el desarraigo de una diáspora bajo toda apariencia infinita, el fracaso de una relación amorosa hermosa, su fin. Las despedidas.

Entre mis investigaciones, tratando de hallar una respuesta, un alivio, alguna comprensión del sufrimiento no he encontrado nada racional que satisfaga siquiera algo. En efecto, es un misterio que sólo Dios nos puede revelar, ayudar a seguir viviendo a pesar del aniquilamiento, de nuestra muerte en vida. Porque se siente una muerte interior que revive únicamente -es mi caso- con la oración, la fe en Dios, la lectura de la Biblia, de magníficos libros de espiritualidad y el persistente anhelo de la resurrección en el Paraíso.

¿Quién, habiendo leído el Evangelio, no sabe que Cristo considera suyo todo el sufrimiento humano? —Orígenes, Sobre la oración 11.2

Si Cristo sufre con nosotros, y es una de las razones por la que Dios se hizo humano, para solidarizarse con nuestro dolor y darnos la esperanza de la vida eterna, y mostrarnos el rostro visible del Dios invisible, enseñarnos que Dios es Amor, que estamos salvados, que la vida es una lucha, una prueba a perder o ganar, dependiendo del amor que demos en esta vida. Si es así, y para la mujer y el hombre de fe cristiana lo es, entonces se puede seguir viviendo después de golpes como estos. Se puede tener esperanza en un mundo mejor.

Creo en Dios, pero humildemente le pido que aumente mi fe.

Las pérdidas implacables

El arte funciona como máscara, según la antropología lo ha detectado tanto en nuestro pasado “primitivo” como en nuestro presente atribulado por el miedo de descubrir el rostro. La máscara ha regresado a su papel ritual que incluye el gesto de protección contra el mal.

Los invito a leer el blog Bodegón con teclado. Arte, literatura, etc. editado y en gran parte escrito por mi excompañera de estudios universitarios Liliana Ramos Collado. Así lo describe ella:
«De entre todos los géneros pictóricos, prefiero el bodegón. A la mesa va a parar siempre toda la cultura de una sociedad: el orden de sentada de los comensales, el orden en que la comida es servida, el orden en que aparecen los objetos y los alimentos alineados en la mesa, el orden o el desorden de la escena, la mezcla de lo vivo y lo muerto, lo comestible y lo indigesto, lo humilde y lo exótico, todo se encuentra cercano a la punta de nuestros dedos, en una cálida cercanía y accesibilidad. Sea el bodegón vanidoso de los holandeses, sea el bodegón austero de un monje como Juan Sánchez Cotán, sea el nuevo bodegón heteróclito de David LaChapelle, todos coinciden en invitarnos a esa mirada rastrera que suscitan las cosas cotidianas. Así quiero que sea este “bodegón con teclado”: heterogéneo, inepto para una digestión fácil debido a lo variado del menú, próximo al flatus, inquieto y pormenorizado, erudito y a la vez rústico. Que siempre, sobre esta mesa digital, cada cual encuentre lo que le resulte apetecible o aquello que en su extrañeza le dé deseo —y a la vez, miedo— de probar. —Lilliana Ramos Collado, editora»

Y así como deseaba que fuera su blog, así logró hacerlo: a la perfección. Leer a Liliana era una aventura seductora. De súbito te veías siendo adentrada por ella con magistral acierto en temas culturales del más variado género, que te dejaban fascinada por el descubrimiento, el conocimiento asombroso que te esperaba, por la novedad desempacada ante tus ojos sobre algo que antes ignorabas o conocías sólo en parte. Y es que ella, mujer de vastísima cultura, sabía cómo hacerte descubrir elementos que creías conocer, pero no sabías y te asombran, a la vez le daba giros inesperados, contextos muy antiguos o novísimos a una manifestación profunda, enriquecedora a ese motivo, sin hablar de su lenguaje, su palabra escrita, la exacta o la sugerente. Ella enriquecía esa expresión artística para dejar el efecto que quería en ti. Leer un texto de Liliana es un placer perdurable.

Fuimos compañeras de estudios cuando cursábamos la Maestría en Literatura Comparada en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico a finales de los 70, principio de los 80. Época irrepetible por maravillosa y signante.

Conocí a Liliana en una clase de literatura en la que la noté sólo porque nos sentábamos casi frente a frente en el aula. Pero a medida que pasaron los días me impresionó la inteligencia de aquella muchacha expuesta en sus audaces preguntas o comentarios dirigidos a la profesora pero también a todos nosotros, por supuesto.

Solíamos encontrarnos en los pasillos o escaleras de la facultad, leyendo en algún banco, usualmente cerca del teatro. Área preciosa, llena de árboles cuyas ramas inquietas danzaban lentas al darles la brisa. Nos reconocimos como homosexuales desde los primeros días de clase y ése fue el sello del reconocimiento mutuo, además de nuestro mutuo interés en nuestro pensamiento y conocimiento sobre materias compartidas. Fueron años felices hechos de lecturas, debates, aprendizaje, algunas expectativas que no se hicieron realidad, pero existían, crecían, se alejaban y todo permanecía igual. Yo tenía compañera, ella también. Ni ella ni yo las amábamos, lo que se dice amar. Pero Liliana y yo nos dejamos de ver por un tiempo. Me fui a España por uno meses, perdí el interés en la academia, mi deseo era entonces vivir en Europa. Pero no conseguí un buen trabajo y a los seis o siete meses regresé a San Juan, era 1978. Nos volvimos a encontrar Liliana y yo. Terminamos los cursos posgrados y el examen de Maestría.

En 1981 vine para Miami. Regresé a San Juan en 1999, y me la encontré sentada leyendo en la librería que en nuestra época estudiantil amábamos: La Tertulia. Hablamos poco, pero no escondimos el agrado de volver a vernos. Nunca más nos volvimos a ver.

Sola, silenciosa, absorta en la lectura. Sentía que era ése uno de los filamentos fundamentales que nos vinculaba, que nos unía identitariamente y aunque lejano, sentimentalmente. Lo que nos hacía de una misma fibra humana: la pasión por la lectura.

Y aquí nos encontrábamos de pronto, ella en su país, como un pez en el agua, sumergida en su cultura, sus tradiciones, sus símbolos y costumbres, su habla, su paisaje, su historia. Y se hallaba como nunca encantada en la vida académica. Yo, habiéndolo dejado todo atrás en Miami, estaba por unos meses de paso en Puerto Rico rumbo a Chile para después, que se cumpliera la indescriptible e inmensa ilusión de regresar a vivir para siempre en Cuba siendo miembro de una congregación religiosa. Anunciar que había llegado el Reino de Dios, propagar la Buena Nueva del Evangelio en mi país deshecho, descristianizado, ¿no era suficiente razón para sentirse feliz? Lo era.

¡Que transformaciones tan insospechadas y poderosas se dan en una persona en su búsqueda incesante de sentido, de razón de ser!

En pocos años supe que Liliana había cambiado la enseñanza de la literatura por la de arquitectura. No tuve la oportunidad ni el tiempo de hacerle la pregunta que estoy convencida tendría una magnífica respuesta: ¿Qué hizo que girara tan radicalmente su gusto, su dedicación en la enseñanza universitria? De las letras a la arquitectura. ¿De las palabras a la piedra, el vidrio, el concreto, la madera, el plástico, los metales, la cerámica? ¿Que consecuencia tuvo en ella una mirada u observación repentina, qué metáfora, imagen, epifanía? ¿Qué inmenso descubrimiento caló su visión interior, que le hizo ver la belleza espléndida, misteriosa de la arquitectura? ¿Que relación íntima tiene con la literatura? La diferencia entre ambas formas de arte es aparente. A ambas las une una visión estética fascinante. Tiene que ver con ocupar el espacio en blanco con belleza.

¿Quién fue Liliana Ramos Collado? ¿Qué hizo, qué legado ha dejado en su país, además de la incomprensión, el desprecio, la calumnia de algunos de sus coterráneos? No me cuestra trabajo alguno imaginar a un machista envidioso por los triunfos, los puestos no obtenidos por la tramoya y la maroma profesional, sino ganados por su talento y conocimiento, sí, un machista puertorriqueño haciendo trizas su reputación, tratando de destruirla, porque no sólo er mujer, ¡era gay! Tratemos de ignorar estas zancadillas que tantas encontramos en nuestro camino. El talento no se perdona.

Pero volvamos a preguntar: ¿Quién es Liliana Ramos Collado? Quiero de nuevo que sea ella misma la que se describa, la que diga lo que hace. Que se presente. Después hablaré yo muy poco, sobre ella.

Lilliana Ramos-Collado, Ph.D. (Puerto Rico, 1954) es una persona feliz.

Además, es poeta y ensayista, y Catedrática en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico —donde dicta cursos de teoría e historia de la arquitectura, y de cultura visual. Fue Curadora del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico por muchos años y, hasta finales de 2014, fue Directora Ejecutiva del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Obtuvo grados de maestría en Literatura Comparada y en Traducción (1996, 1998) y un doctorado en Literatura Española con especialización en literatura medieval (2003), todos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Obtuvo también un postdoctorado en estudios patrimoniales y herencia cultural en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile (2008).

Ha publicado los poemarios proemas para despabilar cándidos (Premio Revista Sin Nombre 1976; Editorial Reintegro: 1981), reróticas (Libros Nómadas: 1998),  Últimos poemas de la rosa. Ejercicios de amor y de crueldad (Editorial Erizo, 2013), y una segunda edición aumentada de Últimos poemas de la rosa. Ejercicios de amor y de crueldad (Trabalis Editores, 2015). Se acaba de editar una segunda edición de reróticas (Trabalis Editores, 2016) al cuidado de la poeta Mayda Colón. El poemario poemas gulembos, publicado en octubre de 2016 bajo el sello de Ediciones Aguadulce, es su entrega más reciente. Se encuentra en proceso de diseño el poemario Wee Hours, a cargo de la artista gráfica Yolanda Fundora, y será su primer poemario escrito en inglés.

Otros libros recientes de Lilliana son Jean-Michel Basquiat: una antología para Puerto Rico (MAPR, 2006), Inés María Mendoza: En sus propias palabras (FLMM, 2008); Arnaldo Roche Rabell: Azul (en colaboración, MAC, 2009), Careos/Relevos: 25 años del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC, 2010), Largo saber, breve palabra: citas y pensamientos de Inés María Mendoza (en colaboración, FLMM, 2010), NosOtros: David LaChapelle’s Humanity on the Edge (MAC, 2011), una edición crítica y comentada de la novela Garduña, de Manuel Zeno Gandía (EDUPR,2010), figurasenfuga/richardpagán (MAC, 2012), Puerto Rico: Puerta al Paisaje (MAC, 2016),  Caracol Tormenta Ola / The Shell The Storm The Rose: Consuelo Gotay (MAFO 2016), y prepara para el 2019 la colección de ensayos Patrimonio Urbanismo Arquitectura  y la colección de artículos sobre literatura La patria en ruinas. Siete visitas a la catástrofe.

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Lilliana también ha publicado artículos de comentario cultural, de crítica y teoría literarias, de fotografía, arte y arquitectura en catálogos, libros colectivos, y en revistas generales y profesionales, la mayoría de cuyos artículos han sido re-publicados en este blog, Bodegón con Teclado. Dirigió la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y editó su Revista. Codirigió la revista Reintegro de las Artes y la Cultura y también Nómada: teoría creación crítica. Fue editora senior de la revista ArtPremium. Además, co-edita —junto a Fernando Feliú Matilla— una serie de novelas naturalistas puertorriqueñas de finales del siglo XIX y principios del XX, agrupadas en la colección «Clásicos no tan Clásicos» de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (EDUPR).  Ya se han publicado siete de estas obras, cada una en edición crítica y anotada.

Además, Lilliana es columnista de las revistas digitales:

Revista Cruce http://www.revistacruce.com/
Visión Doble http://www.visiondoble.net/.

Al presente produce y es anfitriona del programa radial Los5sentidos, que sale al aire por Radio Universidad de Puerto Rico todos los jueves a las 3:00 pm. Si lo quieres escuchar a la hora de la transmisión, puedes sintonizarlo vía el siguiente enlace : http://www.radiouniversidad.pr, y, bajo el menú «Escucha», pulsa «Descargar».

Por un Edipo adivino: Breve reflexión sobre el buen gobernante

Nada de esto existe ya. Liliana no ha muerto, sigue viva pero en otra dimensión tristísima de la realidad. ¿Que realidad será la que empezó poco a poco a apoderarse de la mente ilustrada al máximo, mente ee un genial escritora e insaciable lectura?

Repentinamente supe, a medida que el horror me invadía, el horror y un dolor tan hondo que me dejó sin habla, sin poder comprender nada, que algo había pasado con mi excompañera de estudios inmensamente admirada por mí. A pesar de nuestra separación, yo vivía en Miami, ella en San Juan, solía visitar a veces su página en Facebook. Verá aquí el lector que toké de esa red social algunas fotos que publico aquí. Su magníico blog era de lectura casi obligada par mí, una obligación que me daba mucho placer.

Para averiguar sobre ella fui a su página de Facebook y a su blog. En efecto, hacía tiempo que no publicaba nada. Sin embargo en la Universidad de Puerto Rico, al indagar en Google aparecía como activa dando clases en la Escuela de Arquitectura y haciendo su programa de radio Los5sentidos. En ninguno de los lugares que entré se decía que ella había dejado de trabajar, no se informaba en lo absoluto sobre su estado, lo que le había pasado.

Seguí buscando en Google: vídeos de conferencia que ella había dado, ensayos de ella en distintas publicaciones, reseñas de ella sobre libros de otras, reseña sobre su nuevo libro, sus columnas en El Nuevo Día, el mejor periódico de Puerto Rico sin duda. Nada, nada sobre la desaparición de Liliana, pero sí observé que las fechas de todo lo publicado eran de antes de 2021. Hasta que se se abrió ante mis ojos este reportaje de la cadena de televisión puertorriqueña WAPA:

Cito sólo algunos párrafos de una de las lecturas que más me han impresionado en mi vida:

Salvan la importante colección de libros de la doctora Lilliana Ramos Collado
Wapa.TV
Mar 7, 2024 

«Gran parte de la valiosa colección de libros que conformó la biblioteca personal de la doctora Lilliana Ramos Collado estuvo a punto de perderse, así lo constataron varias publicaciones en redes sociales el año pasado.

«Afortunadamente,  gracias a la iniciativa de varias organizaciones culturales pudo ser rescatada y está ahora disponible para el público en varias instituciones públicas del país… éstas decidieron tomar acción cuando el pasado 29 de julio de 2023 trascendió que la importante colección de la Dra. Ramos Collado había sido abandonada frente a su hogar y corría el riesgo de perderse. 

«Conscientes del inmenso valor de los libros que la profesora reunió a lo largo de los años, representantes de las citadas instituciones, junto a familiares y amigos, se presentaron el pasado 31 de julio de 2023, en la residencia de quien fue directora del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), catedrática de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y curadora del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico. (MAC). Juntos, trabajaron para recuperar los ejemplares y llevarlos a un almacén privado. Posteriormente, se llevó a cabo durante seis meses el proceso de clasificación de los libros, que fueron fumigados para evitar la presencia de plagas que pudieran dañarlos. 

«El 90% de la colección, equivalente a 350 cajas con sobre 9,500 volúmenes quedó a salvo. La misma incluye libros históricos/raros de diversos temas tales como poesía, literatura, historia, cultura general, religión, estudios de género, ciencias, teatro, arte y arquitectura.

“Nos sentimos sumamente satisfechos del trabajo colaborativo que llevamos a cabo para rescatar tan importante colección de nuestra amiga, la doctora Lilliana Ramos Collado. Desde el primer día que supimos sobre el peligro que corría dicha colección, nos movilizamos y comenzamos a sumar colaboradores, quienes han sido clave en el proceso. Gracias a este esfuerzo colectivo es que hoy podemos decir que gran parte del acervo cultural de la doctora Ramos Collado ahora estará disponible para la referencia del público a través de diversas instituciones, museos y bibliotecas del país”, expresó Marianne Ramírez Aponte, presidenta de la Junta de Directores de la Alianza de Museos de Puerto Rico, miembro de la Junta de Gobierno del CENCOR y directora ejecutiva y curadora en jefe del MAC.

«La sobrina de Ramos Collado, Gretchka Pujols, agradeció a todas las entidades que colaboraron en este esfuerzo, muy en especial al MAC y al CENCOR, toda vez que expresó su satisfacción porque la colección de su tía se mantenga al alcance de un público amplio. “Estos libros, a través de los cursos y discursos de mi tía Lilliana fueron fundamentales en la formación de muchas mentes destacadas del Puerto Rico actual. Nos alegra saber que la biblioteca seguirá siendo accesible a diversas colecciones en toda la isla, continuando así el legado de proporcionar sabiduría a futuras generaciones”, manifestó.

Observe que en el reportaje no se menciona nada de por qué había sucedido este caos. Nada de lo que le había pasado a Liliana: si estaba enferma, si había muerto. ¿Que periodismo es éste? Seguí indagando. Nada de lo que quería saber encontraba. Fue como si se hubiera firmado un pacto entre la prensa, las instituciones culturales, gubernamentales par no decir qué habí pasdo con Liliana.

Decidí llamar por teléfono a la actual directora del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, Marianne Ramírez Aponte, muy cercana por muchos años a Liliana, quien había sido antes que ella, la directora de ese museo. Le expliqué quién era, le pregunté por la escritora, casi rógandole. Me respondió con evasivas, no pude saber nada tampoco. Entonces se me ocurrió buscar en Facebook el perfil de la hermana de Liliana, que buscando supe que se llama Karen Karen. Le envié un mensaje de texto. Después de presentarme y explicarle el motivo de mi llamada, ésta fue parte de su respuesta:

«Mi hermana tiene Alzheimer y ya casi ni habla. Aún después de 2 años de haberla recluido sigue siendo muy fuerte para mí. Es desgarrador ver cómo una mente tan brillante y hermosa se va apagando y lo más triste es que ella lo sabe. Lo de su biblioteca fue algo muy duro, pero ella durante la pandemia se enclaustró en la casa y ahí se desató el infierno. Ella no permitía a nadie, ni a mí. Cuando me hice paso a la tremenda la encontré en condiciones infrahumanas, alimentándose mal, sus libros, fuera de los estantes, estaban en gran medida infestados de polilla y comején. Logré sacar muchos libros sanos y la decana de arquitectura se llevó más de 15 cajas. No me atreví donar los que quedaron por las condiciones en que estaban, no tenía los recursos para fumigarlos, pero sobre todo no me atreví a ofrecer libros que pondrían en peligro cualquier otra biblioteca. Nadie sabe lo que pasa y no tengo por qué dar explicaciones a gente que no conozco así que decidí ni contestar, yo sé cómo está y dónde está. Hasta le preparé una biblioteca en su aposento con escritorio, estante con sus favoritos, su butaca de lectura y una de sus obras, pero ya se apaga. No importa lo que pueda decirte. Buen día y gracias por preguntar, es un gusto».

Leyendo su mensaje, empecé a llorar. No podía, no podía creer aquello, y era cierto todo.

Ella me contestó:

«También estoy llorando, cada vez que alguien bonito pregunta por ella y me puedo sincerar es como volver al día uno. Ella ahora es mi niña. Está en Hacienda Paraíso en Toa Alta, me la traje cerca. Sí, me reconoce aún y sabe que cada vez que voy es para salir a pasear y se pone contenta.

«Puedes buscarlo en FB para que veas qué bonito lugar. Tiene un cuarto privado, como se merece».

Karen Karen.

¿Quién arrojó los libros de Liliana para la calle, frente a su casa? Sé que cuando a una persona le diagnostican Alzheimer u otro tipo de demencia, ya ha empezado a padecer de la enfermedad por más de uno o dos años, incluso mostrando síntomas. Como he leído muchos de sus posts en Facebook, calculo que ya estaba padeciéndela desde 2018 o 2019. Dice su hermana que cuando llegó la plaga del Covid en 2020, ella se encerró y no permitió que nadie entrara a su casa. Sin embargo ese año siguió publicando en Facebook. No hablaré del estilo o de lo que escribía. Noté diferencias, aunque siempre con expresiones bromistas y cómicas como para igualarse en su compartir con amigas y amigos de es red social y no parecer una gran intelectual que buscaba compartir con amigos cosas de interés sin mucha altura literaria, filosófica y tal.

Daba la sensación de sentirse feliz, siempre al parecer muy contenta o entretenida con los proyectos que hacía en su casa, de esos proyectos u otros entretenimientos, o de sus libros, que eran su vida, sacaba selfies. Selfies de ella, de la biblioteca infinita, ella escribiendo, taladrando algo, entre las plantas en su jardín, le encantaba retratar los zapatos que llevaba puestos, sus lápices y plumas favoritos, su gato amado, de nombre Poe, en honor a Edgar Allan Poe. No dejó de demostrar su alegría con el gatito, sus juegos, y sin duda, cómo se querían. Creo que en la terrible soledad en que vivía, rodeada de todo lo que amaba, menos del gran amor en su vida, que no conocí ni supe quién era, fue muy importante sentirse acompañada de sí misma, y dejarse ver incesantemente en Facebook, red social que sin duda utilizaba muy bien, de ahí los selfies. En esta última etapa de cordura de Liliana, creo que dio y recibió amor a raudales celebrándose a sí misma, diríamos a lo Walt Whitman, en su casa grandiosa. Su casa era ella, la concha, el espejo que la envolvía con sus objetos preferidos, con sus inmensas pasiones. Era la lectora, la escritora espléndida, sublime que fue. Una de las mejores escritoras no sólo de Puerto Rico, sino de América Latina. Recomiendo con intensidad su obra poética. Obras maestras.

Le agradezco tanto a Karen Karen que haya hecho posible que yo haya podido saber de Liliana. Sí, ha sido terrible, devastador para mí este conocimiento, tanto, que no intentaré describir la huella helada, como de muerte que ha dejado en mí para siempre.

Diré algo que está fundado en mi intuición y un misterioso conocimiento interior que tengo sobre la persona de Liliana. Fue una mujer que amó mucho, y ese amor que la hizo inmensamente feliz fracasó. Se separaron. La última foto que coloco de ella aquí, en el Bistro París, no es un selfie, y ella misma lo dice, quiere que quede claro, pero no es necesario para el que saber ver. Como la inmensa mayoría de las fotos que se hizo dentro de su casa – de ella misma, de sus libros, etc. –, ésta se la tomó quien estaba sentada frente a ella. La sonrisa y la mirada me convencen que son las de una mujer enamorada e inmensamente feliz. No sé si la fecha en que la publica corresponde con el día o la noche en que le sonreía la vida. Puede haber sido una foto de hacía años.

La foto anterior a esta es de un artículo publicado en el periódico The Guardian. Se titula Contacto perdido. Cómo un año sin abrazos puede afectar su salud mental.

Saber lo que he sabido de Liliana me ha afectado inmensamente. Desde que conversamos su hermana y yo, desde que sé de la monstruosa enfermedad que padece me he hecho mil preguntas. No he hallado respuestas. O sí, quizá es una respuesta lo que a veces me viene a la mente. Tiene que ver con el conocimiento, la escritura, los escritores, la razón de ser, la vida, la vejez, la muerte. El amor. Y para mí, la fe en Dios, algo que no garantiza en lo absoluto que algún día no padeceré del mismo mal.

Me imagino a esta mujer derrotada botando sus libros, sus manuscritos, sus publicaciones. ¿En estado de furia lo hizo? Probablemente. Pero que conste, ignoro por completo qué se movió dentro de ella, si algo racional, algún rayo de lucidez la impulsó, o fue la enfermedad que ya había consumido su cerebro.

Aquí reside Liliana Ramos Collado hoy, en el Hogar Hacienda Paraíso.

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viernes, junio 28, 2013

Paradojas de la rosa

¡Rosa, oh pura contradicción, gozo de ser
sueño de Nadie debajo de tantos párpados!
—Epitafio de Rainer Maria Rilke

quisiera morir
herida
por la espina de una rosa
dormir absorta
en la molicie de sus párpados
que mi corazón
ensartado en la fronda hirsuta
de la rosa
pudiera seguir amándola
por el placer que suscita ese
dolor
que arrecia apenas ante el abismo
de su belleza
(fragmento)

Últimos poemas de la rosa. Ejercicios de amor y de crueldad, de Liliana Ramos Collado

(Tomado del blog Boreales, de Yolanda Arroyo Pizarro).

Alguno ensayos publicados en el blog Bodegón con teclado:

Breve historia de «El arte de la memoria»

Preludio de un beso

El beso: Reflexiones deliciosas

En busca de Marcel Proust… Poeta

Arquitectura: Cuatro libros excelentes

La batalla: Una reflexión

El viejo amor ni se…

Estar y no estar, pero ser. Un testimonio sobre «Cachaperismos» I y II

La batalla de los sueños: Una reflexión

Una gran amiga se fue

Es domingo, 14 de julio de 2024. Estoy en el hospital South Miami, junto a mi amiga Rosa María García Sarduy, «Nenita». Prima hermana del escritor cubano Severo Sarduy. Cuando Severo estuvo en Miami por última vez, ya enfermo de Sida, Nenita estaba tan feliz de tenerlo a su lado por unos días. la alegría brillaba en sus ojos. Su diversión y compromiso era llevarlo a distintos lugares de Miami y conocer los «santuarios» del exilio cubano. Como ella, él era nativo del legendario Camagüey, en el que vivieron una infancia larga y dichosa que se iba definiendo por el mismo camino al que ambos fueron orientados: la homosexualidad.

Mi incondicional compañera desde la década del 70 en que nos conocimos en San Juan y a quien creí casi inmortal. Tal vitalidad dejó de existir esta noche de un fatal derrame cerebral. Se cumplió su deseo, lo que más le temía, lo único, me dijo, que le pedía a Dios a medida que se aceleraba el vértigo del tiempo y veía una tras otra a otras amigas irse: que no le diera un derrame u otro evento cerebral que la dejara viva, pero sin poder hablar o mover solo una parte del cuerpo, quizá desfigurada la cara, esas horrendas huellas que deja en una persona un stroke. Dios la complació. Después de varios ataques isquémicos transitorios que le empezaron el viernes en la noche y le continuaron el sábado (en total no tuvo más de dos o tres, pero son muy impresionantes) hasta que al amanecer del domingo llegó el monstruo que la dejó inerte, no volvió a cobrar la conciencia, en unas horas murió.

Noches antes en su casa me había enseñado la foto de una de sus amigas del grupo con quienes jugaba cartas las tardes de martes y jueves. Era una mujer relativamente joven, mirando hacia el frente sentada en una butaca. Me dijo que le había dado un derrame cerebral y no podía moverse ni hablar desde hacía meses. Nenita estaba sumamente impresionada con contecimiento que acabó con la vida de su amiga de años.

Aquellas tardes en que se reunían ls amigas con gusto para pasar juntas y lo mejor que se podía alegres las últimas tardes en compañía, horas que eran preludio del final de cada una de sus vidas, se habían convertido en un compromiso casi sagrado para Nenita. Nunca faltaba, y eran tardes que la animaban a seguir asistiendo y compartiendo sus últimos momentos depaso por este mundo. Ellas lo sabían, sin que eso, aparentemente, disminuyera el gozo de las tardes, los chistes, la competencia suspicaz del juego. Todo lo contrario, se divertían, se acompañaban, a medida que las mesas iban quedando vacías. Otra más que se iba. Pasaba el momento de tristeza, el velorio, el entierro, la despedida y de nuevo, decididas otra tarde a jugar otra partida.

El resto de ese grupo particular de señoras a quien se unió porque tantas de sus más íntimas y queridas de largos años habían muerto, e insistía siempre con una sonrisa o riéndose con ganas, en que había que divertirse, nada de encerrarse en la casa como una vieja insoportable.

Mi amiga fue siempre una mujer vivaz, entusiasta, que se animaba con gran facilidad – siempre me asombraba– a ir a una obra de teatro, una exposición de arte, algún evento cultural de los crecientes que iban naciendo en la metrópolis fulgurant en que se ha transformado esta ciudad, otrora llamada desierto o cementerio cultural y era cierto. Pero no, el Miami actual de Nenita había que sorberlo completo, y no se lo iba a perder, a pesar de su larga edad.

A medida que una persona cuple más años en la vejez, más sola se va quedando, muchos se le adelantan en el viaje, mientras ella espera la llegada de su tren cada vez más cercano, o inminente, y lo sabemos.

La mañana de ese domingo de su muerte, me senté un rato a su lado, tomándole su mano en la mía, mientras le miraba el rostro. Tenía una máscara de oxígeno, los ojos cerrados, permanecía inconsciente desde la madrugada, cuando le había llegado el golpe último y mayor

A su lado, dándole todo lo mejor de sí en ayuda, cariño, atenciones diarias cada vez más necesarias estaba Nazira Salmán, cubana de ascendencia palestina que la amó entrañablemente. Se habían conocido hacía dos años y medio antes, en casa de una mujer que gusta mucho de celebrar tertulias, ofrecer cenas y lugar de encuentro cultural en wu casa, su nombre es Alejandra Cosío del Pino. Fue una noche afortunada par ambas. Así comenzó una amistad cercana, inseparable que se estrechó y se hizo imprescindible en la vida de ambas.

Unas noches antes, el 22 de junio, nos habíamos reunido en casa de Nenita para celebrar su cumpleaños. Fue un noche festiva, escuchamos música, hablamos, Nazira cantó, como siempre precioso. Saboreamos una combinación de tapas y suculentos platos y vinos españoles exquisitos. Nenita era de ascendencia asturiana, había vivido años en Madrid y después en Nueva York, donde montó galerías de arte que en poco tiempo se hicieron famosas y la hicieron, sin duda, felicísima. Era su pasión.

Cuando decidió mudarse para acá, su casa de Coral Gables se convirtió más que en una galería en un museo de obras de arte cubanas. Era un placer estar con ella allí, en su mundo, rodeada de todo lo que amaba, ¡y cómo amaba la vida y el arte!

Nenita, Nenita, te llevas contigo tu joie de vivre que yo nunca tuve ni tendré. Quizá fue por eso que me sentí siempre tan a gusto a tu lado desde que te conocí, hasta que fuimos estrechando el vínculo de una verdadera amistad, sincera, transparente. Y pude ver que junto a ese júbilo genuino también habitaba algo muy valioso que no está tan a la vista: tu nobleza, tu responsabilidad, tu compasión demostrada en actos de bondad hacia la otra, el otro. Y el cariño entre ambas fue creciendo y ahondándose. Ése no se fue contigo, amiga mía, permanece y permanecerá.

Rusia es culpable de los 1,500 ataques neurológicos contra diplomáticos de EE. UU.

Pero el Pentágono se niega a revelar que fue Vladimir Putin quien dio la orden de los neuroataques contra el personal estadounidense que causó la enfermedad cerebral conocida como el Síndrome de La Habana. Hacerlo conllevaría declararlo como un «acto de guerra». Esta es la cognición humana como un dominio emergente de la guerra.

Agentes de inteligencia militar rusos viajaron a ciudades donde los diplomáticos estadounidenses pronto desarrollaron el «síndrome de La Habana». Así se desprende de una investigación conjunta de The Insider, 60 Minutes y Der Spiegel.

Uno de los mejores y más confiables programas de investigación noticiosa en Estados Unidos es 60 Minutes, que transmite la cadena CBS todos los domingos a las 7 p.m. Anoche, 31 de marzo de 2024, una de las investigaciones –y la gran revelación que nos despertó a esta realidad hasta ahora ocultada o tergiversada– trató sobre el llamado Síndrome de La Habana, en el que más de 1,500 diplomáticos y otros empleados del Departamento de Estado, agentes de la CIA y del FBI fueron atacados en 96 países con armas electromagnéticas muy eficaces en dañar cerebralmente a sus objetivos. El caso ha sido ampliamente estudiado por varias agencias y organizaciones científicas, de armamentos y médicas para determinar qué y quién pudo haber causado este terrible e incurable daño a estadounidenses en Cuba y otros 95 países.

Pero ahora salió a la luz la investigación que han llevado a cabo durante un año tres medios de prensa importantísimos:

60 Minutes, el programa de televisión más exitoso de la historia. Ofreciendo contundentes informes de investigación, entrevistas, segmentos destacados y perfiles de personas en las noticias. La transmisión comenzó en 1968 y sigue siendo un éxito, más de 50 temporadas después, ubicándose regularmente en el Top 10 de Nielsen. (Principal agencia medidora de audiencia en Estados Unidos)
The Insider, un medio de comunicación independiente centrado en Rusia. La publicación está totalmente comprometidos con el periodismo de investigación y con la desacreditación de las noticias falsas. Ha declarado sy orgullo por su creciente reconocimiento, habiendo recibido, entre muchos otros, el Premio a la Innovación del Consejo de Europa, el Premio de la Prensa Europea y el Premio Free Media.
Der Spiegel, (en alemán, El Espejo) es la mayor revista semanal de Europa y la más importante de Alemania. Publicada en Hamburgo, tiene una difusión semanal de un millón de ejemplares. Es conocida en Alemania por su estilo distintivo y académico, así como por su increíble influencia. Una edición media tiene unas 170 páginas.

En el excepcional 60 Minutes de anoche supimos mucho de lo que el gobierno de Estados Unidos buscaba sin dejar lugar a cualquier duda razonable, pero al hallarlo decidió ocultar al culpable. Veremos por qué ha sido la prensa libre, una vez más, la que nos muestra la verdad de lo que el Estado, dictatorial siempre, o a veces democrático, nos trata de ocultar.

Estos ataques se originaron antes que en Cuba unos dos años previos en Alemania y Ucrania, después continuaron o en el mismo período de tiempo se continuó atacando a ciudadanos estadounidenses en La Habana y varias ciudades del mundo, teniendo el mismo efecto cerebralmente devastador en las personas. Los blancos de los disparos siempre son los estadounidenses que trabajan en embajadas u otras organizaciones de EE. UU. internacionalmente. También ha habido personal de la Casa Blanca, en Washington, heridos con estas armas.

El agresor y único culpable es Rusia y lo lleva a cabo a través de sus agentes secretos ubicados en los países donde se va a atacar, siempre con éxito. 60 Minutes da los nombres de los agentes, algunos de los cuales después desaparecen. Estos espías son expertos en realizar labores de eliminación o hacerle daño a las personas que Rusia considera enemigos. Por ejemplo dos de los que trabajaron con estas armas de ultrasonidos, microondas, o sencillamente armas sónicas fueron los mismos que envenenaron hace años al ahora asesinado opositor político de Putin, Alexei Navalny.

Aunque no fue parte del programa, como soy cubana y me interesa mucho uno de los resultados que ha tenido en mi país el Síndrome de La Habana, señalo que el ex presidente Donald Trump, en su obsesivo afán de ganar los votos de los cubanoamericanos en la Florida, culpó directamente a Cuba de estos ataques y paso seguido congeló las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba que habían empezado a dar frutos positivos al abrir ambos países embajadas mutuas en Washington y La Habana. Esto ayudó en muchos aspectos positivos a las empresas y negociantes cubanos del pueblo, no del régimen, a prosperar y empoderarse, algo que los capitalistas de Estado comunista le cogieron pavor. Fidel Castro confesó después de ver el discurso de Obama en la televisión cubana que por poco le da un ataque al corazón. Los poderosos de la cúpula comunista sí lo llevaron a cabo con los MYPIMES y se han hecho ricos. Al establecer muchos más medios de contactos entre cubanoamericanos y cubanos residentes en la isla y ampliando considerablemente los medios para que esto sucediera, Obama hubiera logrado que ese contacto e intercambio ayudara considerablemente el logro de un gobierno democrático en la isla.

Las nuevas medidas paralizantes de Trump le han hecho un daño enorme a la lucha por la libertad y la democracia en Cuba que Obama inició muy inteligentemente, como dije. Tanto, que el ala más conservadora del régimen comunista cubano no se quejó en lo absoluto, muy al contrario halló muy favorable para su permanencia en el poder la vuelta a la Guerra Fría reiniciada por Trump. Biden, por su parte, en lugar de eliminar por completo la movida trumpista, parece que apenas le ha hecho caso a Cuba y la mayor parte de las medidas las dejó intactas.

Vea el programa completo aquí:

Pero sucede algo muy curioso y preocupante al más alto grado. El Pentágono sabe cosas sobre este asunto que ha decidido mantener como secreto de Estado y no solo no lo va a hacer público, tampoco ha acusado ni se espera que acuse a Rusia de estos ataques porque, según uno de los agentes entrevistados, muy conocedor del tema que ha trabajado y trabaja en esta investigación, sería declararlo «un acto de guerra», lo que llevaría a Estados Unidos a declararle la guerra a Rusia. Y Putin parece que la quiere, nuclear. Esto nos aclara y confirma la desfachatez y seguridad que tiene en sí mismo Vladimir Putin al intervenir en las elecciones y la política de este país sin temor a que se tomen represalias armamentistas contra Rusia, solo se le siguen imponiendo sanciones que, como hemos podido comprobar, casi de nada sirven.

La pregunta que se hizo en el programa y que decididamente no se ha respondido ni responde es: ¿Ha ganado Rusia una guerra iniciada contra Estados Unidos por medio de estas armas sónicas que hieren y en gran parte mutilan el cerebro de ciudadanos estadounidenses selectamente elegidos? Porque hay algo sumamente importante en todo este espionaje: que los diplomáticos, agentes secretos o empleados del Departamento de Estado que se han atacado son catalogados como los que mejor, más delicada y compleja obra desempeñan en sus distintas funciones. Es decir, los hombres y mujeres estadounidenses más capacitados e inteligentes son los targets o blancos, no son personas de bajo rango o que no se destaquen por su buen trabajo para el gobierno de Estados Unidos.

El Havana Syndrome es una enfermedad cerebral a la que 60 Minutes le ha dedicado cuatro programas durante cinco años en su ardua investigación. Pero siempre para los productores y directores de los programas la búsqueda de la verdad quedaba inconclusa. Durante los primeros años en verdad se desconocía mucho sobre estas nuevas y extrañas agresiones a diplomáticos estadounidenses que resultaron neurológicamente graves. Con el tiempo se supo que el gobierno empezó a falsamente minimizar el daño infligido a los heridos. También se fue desviado la atención hacia un caos casi imposible de resolver, desinformándolos sobre qué país era el que dirigía y estaba detrás de esta guerra.

Pero al fin tenemos la información completa y verídica de que es Rusia quien la inició y sus agentes disparan con la intención de incapacitar o hacerle daño grave al cerebro de ciudadanos selectos de su máximo enemigo: Estados Unidos.

Dónde encontrar más información actual y valiosa sobre El síndrome de La Habana:

https://es.euronews.com/2024/04/01/una-nueva-investigacion-culpa-a-rusia-del-sindrome-de-la-habana-que-es-y-como-surgio

https://theins.ru/en/politics/270425

https://www.nbcnews.com/nightly-news/video/exclusive-havana-syndrome-victim-speaks-out-129413189739

https://www.nationaldefensemagazine.org/articles/2018/9/6/exclusive-doctors-reveal-details-of-neuroweapon-attacks-in-havana

https://en.wikipedia.org/wiki/Havana_syndrome

https://www.cbsnews.com/news/5-year-havana-syndrome-investigation-finds-new-evidence-of-who-might-be-responsible-60-minutes

La Pasión según san Marcos: Teofanía divina

Fray Miguel de Burgos Núñez (1944-2019).

Hoy comienza la gran semana litúrgica que nos conduce a la Pascua, la muerte y resurrección del Señor, centro de nuestra fe cristiana. La Semana Santa, pues, es un tiempo de profundas vivencias religiosas; el misterio del Dios «entregado por nosotros» y la fuerza de su resurrección, como se expresaba San Pablo, nos convocan ante la Cruz que es el triunfo del amor sobre el odio, la esperanza frente a toda desesperación.

El evangelio de la entrada en Jerusalén, con la procesión de la comunidad y los ramos, debe servir para inaugurar la gran semana del cristianismo. Toda la “tradición” y hermosura de los ramos y palmas, no obstante, nos invita a introducirnos en aquella experiencia de ir a Jerusalén que el profeta de Galilea no podía eludir. Jesús, sin duda, ya sabía lo que le esperaba: el juicio, la condena y la muerte. Todo eso se ha representado y se representa estéticamente muchas veces, pero en torno a aquella Pascua del año 30 no había nada teatral, sino la dura realidad de “alguien” que sabe lo que quiere. Jesús no se deja ilusionar por los gritos de “Hosanna”, porque no se sentía Mesías, y menos como algunos lo interpretaron. Estas aclamaciones justificarían más su juicio y su condena ante los poderosos que estaban esperando que llegara el profeta de Galilea a Jerusalén. Y llegó…

  • Iª Lectura: Isaías (50,4-7): El siervo de Yavé

La lectura primera es uno de los cantos del siervo de Yahvé, el tercero. ¿Cuál es su mensaje?: nos abre a la ignominia de este mundo violento, cruel, frente a la fuerza de la mansedumbre del discípulo, del siervo de Dios, porque en su «pasión» Dios siempre estará con él. Es una lectura muy adecuada de preparación a la proclamación de la pasión del domingo de Ramos, ya que fueron los primeros cristianos los que descubrieron en estos cantos que el Mesías habría de sufrir si quería que su propuesta de salvación tuviera fuerza.
 

  • IIª Lectura: Filipenses: (2,6-11): El Himno de Jesús

El himno de la carta a los Filipenses, segunda lectura de la liturgia de la Palabra, pone de manifiesto la fuerza de la fe con que los primeros cristianos cantaban en la liturgia y que Pablo recoge para las generaciones futuras como evangelio vivo del proceso de Dios, de Cristo, el Hijo. El que quiso compartir con nosotros la vida; es más, que quiso llegar más allá de nuestra propia debilidad, hasta la debilidad de la muerte en cruz (añadiría Pablo), que es la muerte más escandalosa de la historia de la humanidad, para que quedara patente que nuestro Dios, al acompañarnos, no lo hace estéticamente, sino radicalmente. No es hoy el día de profundizar en este texto inaudito de Pablo. La Pasión de Marcos debe servir de referencia de cómo el Hijo llegó hasta el final: la muerte en la cruz.

  • Evangelio: Marcos (14-15): Pasión según San Marcos

III.1. Hoy la lectura de la Pasión según san Marcos debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio” mismo y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido, casi con toda seguridad, para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual

III.2. No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”, tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que iba muy por libre. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.

III.3. Pero si queremos organizar nuestra preparación, tanto a nivel personal como catequético y pastoral para una lectura previa, pausada y reflexiva del relato de la Pasión de Marcos, aquí van algunas pautas que pueden resultar “orientativas”:

Mc estructura el relato de la pasión y muerte de Jesús con un tríptico introductorio (14,1-11), seguido de dos relatos en para­lelo, situados el mismo día (14,12), que le sirven para mostrar la misma realidad bajo dos aspectos diferentes. En el primer relato (14,12-26) se expone en clave teológica la voluntariedad y el sen­tido de la entrega de Jesús (eucaristía); en el segundo (14,17-15,47) describe su entrega en forma narrativa.

El tríptico introductorio está enmarcado por la decisión de los dirigentes de dar muerte a Jesús (14,1-2) y la traición de Ju­das (14,10-11); en medio se encuentra la escena de la unción en Betania (14,3-9). Esta última presenta las dos actitudes dentro de la comunidad de Jesús ante su muerte inminente. La primera, reflejada en la mujer que unge la cabeza de Jesús, corresponde a la de los verdaderos seguidores, a los que están dispuestos, como Jesús, a entregarse por entero a los demás, a aceptar co­mo rey a Jesús crucificado; la segunda, representada por los que protestan de la acción de la mujer, corresponde a los que ven en la muerte sólo un fracaso, a lo que están dispuestos a dar co­sas, pero no su persona, a los que no comprenden que la verda­dera ayuda a los pobres está en la entrega por ellos hasta el fin.

El primer relato de la pasión (14,12-26), en clave teológica, forma también un tríptico, enmarcado por la preparación de la última cena (14,12-16) y la eucaristía (14,22-26); en el centro, la denuncia del traidor (14,17-21), en contraste con la figura de la mujer que unge la cabeza de Jesús (14,3-9). Este primer relato expresa la voluntariedad de la entrega y muerte de Jesús. Al ofre­cer a los discípulos «su cuerpo» (= su persona), los invita a to­marlo a él y a su actividad como norma de vida; él mismo les dará la fuerza suficiente para ello (pan/alimento). Al darles a be­ber «su sangre», expresión de su entrega total, los invita a com­prometerse, como él, en la salvación y liberación de los hombres, sin regateos y sin miedo a la muerte. El relato termina encami­nándose todos hacia el Monte de los Olivos, símbolo del estado glorioso (cfr. 11,1; 13,3) que constituye la meta de Jesús y de to­dos cuantos lo sigan en el compromiso.

El segundo relato de la pasión (14,27-15,47), en forma narra­tiva, se compone de un tríptico inicial (14,27-52) y tres secciones: el juicio ante el Consejo Judío (14,53-72), el juicio ante Pilato (15,1-21), y la ejecución de la sentencia (15,22-47).

El tríptico inicial consta: a) 14,27-31: predicción de la huida de los discípulos y anuncio de la negación de Pedro, b) 14,32-42: llegada a Getsemaní; oración de Jesús e insolidaridad y distanciamiento de los dis­cípulos; Jesús desea un final diferente, pero acepta desde el prin­cipio lo que el Padre decida; el Padre no puede impedir su final porque su amor al hombre no fuerza la libertad humana, c) 14,43-50: prendimiento de Jesús y defección de todos los dis­cípulos; hay un intento de defender a Jesús con la violencia, que él rechaza tajantemente; la detención de Jesús muestra la mala conciencia de las autoridades judías, que no se han atrevido a apresarlo en público. El tríptico termina con un colofón (14,51-52), mediante el cual, en el momento de comenzar la pasión, Mc se­ñala simbólicamente su desenlace; el joven, en paralelo con el que aparece en el sepulcro (16,5), es figura de Jesús mismo: he­cho prisionero, deja en manos de sus enemigos su vida mortal («la sábana», cfr. 15,46), pero sigue vivo y libre («huyó desnudo»).

La primera sección (14,50-72) describe el juicio de Jesús an­te el Consejo judío y consta de las siguientes partes:

  1. 14,53: Reunión del Consejo, autoridad suprema del pueblo.
  2. 14,54: Pedro sigue «de lejos» a Jesús, mostrando así su adhesión a él, pero no la disposición a hacer suyo el destino de Jesús.
  3. 4,55-64: Juicio de Jesús; búsqueda inútil de una acusa­ción que justifique la condena a muerte preconcebida; silencio de Jesús ante la mala fe; pregunta decisiva del sumo sacerdote, formulada en correspondencia al título del Evangelio (cfr. 1,1: Me­sías, Hijo de Dios); Jesús declara ser ese Mesías, afirma su rea­leza y condición divina y anuncia una venida gloriosa suya que sus jueces van a presenciar, en ella quedará patente que Dios está con Jesús y en contra de la institución que ellos represen­tan; Jesús es acusado de blasfemia y unánimemente condena­do a muerte.
  4. 14,65: Jesús objeto de burla; se desata el odio contra él, se ridiculiza su calidad de profeta y la profecía que acaba de pronunciar.
  5. 14,66-72: Triple negación de Pedro.

La segunda sección (15,1-21) describe el juicio de Jesús an­te Pilato y consta de las siguientes partes:

  1. 15,1: Entrega de Jesús al poder pagano.
  2. 15,2-5: Interrogatorio de Pilato.
  3. 15,6-15: Entre Barrabás, un asesino conocido, y Jesús, la multitud, manipulada por sus dirigentes, pide la condena a muerte de Jesús; debilidad de Pilato que traiciona su propia convicción y acaba condenando a Jesús a la cruz.
  4. 15,16-20: La burla de los soldados.
  5. 15,21: Simón de Cirene, figura del seguidor de Jesús que ejerce la misión universal, es obligado a cargar con la cruz, cum­pliendo así la condición del seguimiento (cfr. 8,34).

La tercera sección (15,22-47) describe la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús, y consta de las siguientes partes:

  1. 15,22-24: Crucifixión; Jesús rechaza el vino drogado; da su vida voluntariamente y con plena conciencia; reparto de sus vestidos.
  2. 15,25-32: Las burlas al rey de los judíos; los transeúntes, sumos sacerdotes y compañeros de suplicio se burlan de la rea­leza de Jesús.
  3. 15,33-41: Muerte de Jesús; su grito expresa su confianza plena de Dios en medio de su fracaso; los presentes interpretan mal su grito y uno de ellos le ofrece vinagre, expresión del odio; al morir deja patente al amor de Dios por el hombre («el velo del santuario se rasgó»); el centurión, representante del mundo pa­gano descubre a Dios en Jesús muerto en la cruz; las mujeres miran «desde lejos» (cfr. 14,54), sin identificarse, por falta de com­prensión, con la muerte de Jesús.
  4. 15,42-47: Sepultura de Jesús; la losa que tapa su sepul­cro aparentemente acaba con la esperanza que había suscitado su persona.

III.4. El recorrido por los relatos de la pasión del Señor, que Marcos ha preparado con tres anuncios a través de su marcha hacia Jerusalén (8,31; 9,31; 10,33-34), no debería sorprender a sus discípulos, pero, sin embargo, les desconcertará de tal modo, que abandonarán a Jesús, lo negarán, como en el caso de Pedro, y marcharán Galilea. Parece como si la última cena con los suyos no hubiera sido más que un encuentro al que estaban acostumbrados, cuando en ella Jesús les ha adelantado su entrega más radical. A la hora de la verdad, en el Calvario, no estarán a su derecha los hijos del Zebedeo, como arrogantemente le habían pedido al maestro camino de Jerusalén (10,35-40), sino dos malhechores. Esto obliga a Marcos a que el reconocimiento de quién es Jesús, en el momento de su muerte, lo pronuncie un pagano, un ateo, el centurión del pelotón romano de ejecución, quien proclama: «verdaderamente este hombre era el hijo de Dios» (15,39). Como vemos, el relato no queda solamente en lo litúrgico, sino que lo teológica es de mucha más envergadura. ¿Nos hubiéramos nosotros quedado allí, junto al Calvario, o nos habríamos marchado también huyendo a nuestra Galilea?

III.5. Todos los aspectos de la lectura de la pasión en Marcos, entre otros muchos posibles, muestran esa teología de gran alcance cristiano, semejante a aquella que encontramos en Pablo, en la carta a los Corintios: «su fuerza se revela en la debilidad». Es lo que se ha llamado, con gran acierto, la sabiduría de la cruz, que es una sabiduría distinta a la que buscaban los griegos y los judíos. El Dios de la cruz, que es el que Marcos quiere presentarnos, no es Dios por ser poderoso, sino por ser débil y crucificado. Es evidente que este es un Dios que escandaliza; por ello se ha permitido que sea un pagano quien al final de la pasión, en el fracaso aparente de la muerte, se atreva a confesar al crucificado como Hijo de Dios. Sin duda que el relato de la pasión de Marcos busca su punto más alto en la muerte de Jesús como una «teofanía», en cuanto revela el poder de Dios que se manifiesta en la debilidad. Marcos pone de manifiesto, pues, que la lógica de Dios es muy distinta de la lógica humana. Pero es innegable que, desde la cruz, el Hijo de Dios confunde la sabiduría humana, la vanagloria, el poderío desbordante, porque frente a tanta miseria, Dios no puede ser un triunfador, sino un apasionado por el misterio de la muerte de Jesús que ha vivido para darnos la libertad.

Miguel de Burgos Núñez OP (1944-2019) nació en Villahermosa (Ciudad Real), el 25 de febrero de 1944. Hizo su Profesión Religiosa el 24 de octubre 1960 y fue ordenado Sacerdote el 18 de febrero 1967. Fue Licenciado en Sagradas Escrituras.
El Dr. Miguel Burgos ha realizado estudios especializados de Teología y Sagrada Escritura en la Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), donde presentó la tesis doctoral en Teología Bíblica «El evangelio de San Marcos como Teología Crucis», publicada en Sevilla, 1977.

Realizó estudios de especialización en la Escuela Bíblica de Jerusalén y en diversas ocasiones ha recibido cursos en Múnich (RFA), Washington D. C. y Berkeley (California).

El Maestro de la Orden de Predicadores, Fr. Bruno Cadorè, le nombró “Maestro en Sagrada Teología” (2015-16), título que concede la Orden de Predicadores a quienes han dedicado su actividad al estudio y a la enseñanza de la Biblia y la Teología. Tuvo su “Lectio coram”, para ello, con el tema: “La Cristología de la Carta a los Hebreos en el marco del judaísmo del Segundo Templo y del Cristianismo primitivo”

Lecturas bíblicas de hoy, Domingo de Ramos, 24 de marzo de 2024.

Primera lectura

Profeta Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo

Sal. 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R/.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R/.

Segunda lectura

Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Evangelio del día

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 15, 1-39

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Él respondió:
+ «Tú lo dices».

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan».

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado. Por la fiesta solía soltarles un preso, el que le pidieran.
Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta. La muchedumbre que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre.
Pilato les preguntó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».

C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «Crucifícalo».

C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?».

C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «Crucifícalo».

C. Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo.

C. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz.
Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),

C. y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos».

Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».

C. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose:
S. «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».

C. También los otros crucificados lo insultaban.

C. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí Eloí, lemá sabaqtaní?».

C. (Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, llama a Elías».

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Porque considero que su interpretación de la Carta a los Hebreos es en verdad digna de conocerse, la publico aquí:

Fidel, el asesino psicópata

Mitin del 8 de enero de 1959 en La Habana. Este plano, rara vez utilizado, muestra al lado de Castro, al colombófilo (persona que se dedica a la cría y adiestramiento de palomas mensajeras) que manipula un reclamo (voz con que un ave llama a otra de su especie, instrumento para llamar a las aves en la caza limitando su voz) para atraer a la palomas hacia el jefe de la Revolución.

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Es la primera biografía que leo de Fidel Castro. Y no me lo explico, ¿cómo con todos los libros que he leído sobre Cuba, sin entrar en la multitud de temas que abarqué porque me interesaban y apasionan la historia, cultura, política y la nación cubanas, nunca me sentí atraída por la vida del hombre? Por supuesto creía que sabía mucho sobre este personaje tenebroso. ¿En qué libro, investigación, periódiocos, películas, documentales, canciones, hechos después de 1959 y ahora en las redes sociales no aparece él como la suprema referencia de la debacle, la ruina, el desastre, la casi muerte de nuestra nación? En todas.

A través de los años, elegir en las librerías o en una biblioteca su biografía nunca me atrajo. Tuve una vez en la mano la Autobiografía de Fidel Castro, narrada en primera persona y dividida en dos tomos, escritos por Norberto Fuentes. Dudé unos momentos con un inusual deseo de leerlos, pero no me los llevé, aunque sabía que eran buenos y revelaban cosas secretas, Fuentes, como sabemos estuvo muy cerca de él siempre, eran amigos muy cercanos. Sabe mucho de su vida. Parece que había leído tanto sobre él creía que no valía la pena leer exclusivamente sobre su vida. Estaba equivocada. Planeo leer los de Fuentes próximamente.

Castro, el desleal, del periodista y escritor francés Serge Raffy, publicado en 2003 en francés y traducido al español en 2006 ha sido una gran revelación. Sí, ciertamente he sabido a través de este libro una buena cantidad de elementos asombrosos, que ignoraba de su vida privada, íntima y me dieron una perspectiva mucho más aclaradora de la verdad que a nivel personal, patológico fue este hombre que cambió mi vida y la de todos los cubanos para siempre. Pero lo que más me impresionó fue su crueldad, su malignidad, su personalidad psicópata.

No voy a hacer aquí una reseña del libro. Sí lo recomiendo a todos los interesados en saber sobre su vida, hasta dónde puede llegar –hasta lo inconcebible– la egolatría y la inmundicia de un líder político que detesta su propio país y a su propio pueblo, excepción hecha de su hermano Raúl Castro Ruz, tan abominable como él.

La paloma como símbolo universal

Solo me detengo en un hecho muy significativo que sucedió el 8 de enero de 1959, cuando Fidel y el ejército rebelde llegaron a La Habana, donde el líder de la revolución daría su primer gran discurso ante las cámaras de televisión, transmitido a todo el país. Este acontecimiento fue trascendente, fue un hito histórico que se transformó de inmediato en la leyenda épica, el vínculo de divinidad que el pueblo cubano le otorgó a Fidel Castro.

Estando el máximo líder de la revolución dando su monumental discurso en el que se destacaban sus referencias y elogios a la paz, la justicia, la libertad que al fin llegaban a Cuba con el triunfo de la Revolución liderada por él, una paloma blanca revoloteó sobre él y de pronto bajó y se posó en su hombro.

Hubo un silencio total en la audiencia. Fidel también dejó de hablar por unos segundos. ¿Qué era eso que acababa de suceder? Para la mayoría del público impresionado aquello era un signo de Dios. Para los católicos sin duda era el Espíritu Santo (en la Biblia aparece siempre en forma de paloma detenida en el cielo sobre Jesús a la vez que se escucha la voz del Padre diciendo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Para la santería es el dios Obatalá.

La foto que coloco al inicio de este artículo es para mí la más importante, aunque no por supuesto la que inspiró el misticismo, la creencia en el milagro. Esta demuestra la verdad de la mentira erigida en ese instante con el fin de hacer parecer a Fidel Castro como el Mesías. Pongo al pie de la foto, como aparece en el libro Castro, el desleal, que el hombre que aparece detrás como medio escondido, cuyo nombre no he podido encontrar, es especialista en cría y comportamiento de las palomas. Fue él quien untó feromonas en el chaleco de Castro (feromonas: sustancias químicas secretadas por los seres vivos, con el fin de provocar comportamientos específicos en otros individuos de la misma especie. Son un medio de transmisión de señales volátiles producidas en forma líquida, que luego se dispersan por el ambiente). Es lo que le sucedió a las palomas que llegaban al púlpito desde dónde hablaba el máximo líder. Hallé esta sorprendente foto, como dije, en el libro de Serge Raffy. La he buscado en los archivos de imágenes de Google y otros lugares, no aparece. Por eso creo lo que el autor dice, que es una foto raramente utilizada entre las miles que se han reproducida de Fidel y Camilo con las palomas. Así se crean y perpetúan las mentiras que en el imaginario popular se convierten en poderosas leyendas.

No menciono la palabra mito, es muy grande para este hecho. Todo mito es verdad, contrario a la concepción popular, como nos ha dejado claro el gran estudioso de las religiones comparadas Joseph Campbell.

No puedo dejar de mencionar la espeluznante narración, bien documentada, que da el autor de la obra sobre los asesinatos, encarcelamientos por décadas y traiciones que causaron la muerte de los más cercanos, íntimos amigos de Fidel y a la vez, principales jefes de la guerrilla en la Sierra Maestra. Todas estas ejecuciones fueron ordenadas por el propio Fidel Castro.

Tumba de Fidel Castro Ruz en Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.
Se dice que allí, donde están las cenizas del dictador, también
aparecen palomas volando por el cementerio que terminan posándose

en la piedra que encierra su urna.

Arriba: Fidel Castro en la cumbre del poder. Debajo, ya
totalmente demente.

De búsquedas y encuentros

A la derecha: Isabel García rscj, acompañante espiritual y directora del noviciado. A su lado, izq., yo, novicia de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús.
A la derecha: Isabel García, rscj, acompañante espiritual y directora del noviciado. A la izquierda, yo, novicia de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús en Santiago, Chile, año 2000.


En 1998 abandoné, vendí y regalé todo lo que poseía: mi trabajo en El Nuevo Herald, mi casa, mi biblioteca, mi carro, y el resto de las cosas materiales que una tiene para vivir más o menos como una quiere después de muchos años de trabajo. Abandoné Miami, iba a vivir a Cuba y a entrar en la vida religiosa, y sólo debía de llevar conmigo una maleta con lo indispensable: alguna ropa, zapatos y efectos personales indispensables. Pasé casi dos años en Puerto Rico como postulante, viviendo en diferentes comunidades de la Sociedad del Sagrado Corazón, que es la congregación en la que quería entrar. Ya me habían aceptado en Cuba, mi destino final cuando el gobierno me dieran el permiso de entrada a mi país. En Chile estuve más de un año haciendo el noviciado. Cuando recibí la noticia de que el gobierno de Cuba me negaba la entrada. Decidí, destrozada, abandonar la congregación y regresar a Miami.
¿Fue un fracaso mi aventura? No lo sé. La provincial de las religiosas de Cuba, que había ido a Chile a hablar conmigo, me dijo cuando se enteró de mi decisión de dejarlo todo y regresar a Miami: «Entonces tú no tienes vocación de monja, tú vocación es regresar a Cuba».
¿Tenía razón? No sé, porque algo estaba grabado en mi fibra más interior: que yo quería consagrar mi vida a Dios y a Cuba.
Todo lo cuento aquí.

De búsquedas y encuentros

Aquel día todavía no había quemado todo un pasado plasmado en álbumes de fotografías, diarios, cartas y tarjetas de amor, cientos y cientos de columnas de opinión publicadas en El Nuevo Herald por diez años, cuatro Emmys que gané por varios documentales que hice para la televisión de Miami y otros objetos que guardaba como recuerdos que ya no tenían nada que ver con mi nueva vida. Para evitar que ardiera parte del patio o se propagara el fuego descontrolado a la casa, compré varios basureros grandes de aluminio y en ellos arrojé todo aquello. Rocié sobre ellos poco de gasolina y después los fósforos encendidos. Qué dicha verlo todo arder. Lo recuerdo como si fuera hoy, y de esto hace 20 años, la libertad, la redención, un nuevo yo iba surgiendo, más limpio, más puro. Otro paso más que daba rumbo al radical camino que había elegido. O que me eligió. Me sentía renacer, como una nueva creación. instead 

El día al que me refiero en que todavía no había quemado nada fue cuando Madeline Cámara, especialista en temas de estudios cubanos, editora, escritora y profesora de literatura hispanoamericana en la Universidad del Sur de la Florida, se hallaba de visita en casa y frente a mi biblioteca iba escogiendo libros que le dije se llevara, los que quisiera. Recuerdo que ella escogió uno de María Zambrano y luego me contó que fue a partir de aquella lectura que se inició en sus estudios sobre la filósofa española. Yo estaba regalando todos los libros. Vendí muy barato o regalé todo lo que poseía: mi casa y el carro, muebles, cuadros, mi ropa, la de cama y baño, vajillas, utensilios y artefactos, tarecos que componen un hogar, pero quería salir pronto de ellos. No me interesaba el dinero sino irme de Miami para cumplir lo que consideraba un llamado de Dios: ser misionera en Cuba ingresando en la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Ante semejante proyecto de vida —era entonces 1998, ese año cumplí 50—, ¿qué significaban posesiones o posiciones? Ya había renunciado a mi trabajo en el periódico, que me dio fama entre algunos cubanos de ser «honesta» y «valiente», siempre dicho como bajito por teléfono o en persona, después de haber publicado algún artículo que critica a los congresistas cubanoamericanos en Washington, o exigía el fin del embargo o incluso defendía y apoyaba –en aquellos años era peligroso, dado el terrorismo verbal de la radio miamense– a los disidentes. Entre otros (poseedores de micrófonos radiales, verdaderos muy populares) de «dialoguera» y «comunista». Hoy lo recuerdo divertida. Pero es que jamás evadí la confrontación o la condena pública por defender mis principios, que guiaban mis posiciones políticas, mi ética periodística comprometida con la investigación seria, informar la verdad y exponerla, plasmada todas las semanas en mis artículos, y cuando el tema era Cuba: levantamiento del bloqueo, diálogo, reconciliación, no a la venganza, sí a la justicia, edificando la cultura del reencuentro entre los de acá y los de allá, transición hacia la democracia por medios pacíficos. Con desengaño aún veo que todo fue inútil. De qué sirvieron tantos años de denuncia, de lucha por la libertad, la justicia, la tolerancia aquí y allá?

Y fue así que aquella mujer agotada mental y físicamente, decepcionada, angustiada por una relación amorosa destinada al fracaso, de irse todos los años de vacaciones turísticas por Europa, y en Miami adoración al hedonismo: restaurantes, entretenimiento, actividades culturales, tertulias intelectuales, los placeres, un buen día se descubrió jubilosamente presa en una misteriosa fuerza que la empujaba hacia adentro de sí. El vacío existencial, la falta de sentido de mi vida era casi asfixiante. ¿Para qué vivía? ¿Cuál era mi razón de ser? ¿Por qué ese anhelo, ese deseo no colmado ni aun en los momentos de mayor intimidad amorosa satisfecha?

Todo convergió, no sabría decir cuándo, pero llegó la salvación, una especie de sacudida que me liberaba, me fortalecía, me dignificaba. Cayeron en mis manos la autobiografía de Thomas Merton, La montaña de los siete círculos, su sublime Nuevas semillas de contemplación y muchos otros libros que parecían destinados a mí, porque daban una respuesta a mi crisis, y caían en mis manos de forma curiosamente sincronizada. El castillo interior, de Teresa de Jesús, Las variedades de la experiencia religiosa, del fiósofo William James, Pierre Teilhard de Chardin, de la escritora franciscana Ilia Delio algunas obras de la escritora benedictina Joan Chittister, una antología extraordinaria de experiencias personales de conversión religiosa, titulada Conversión y editada por Walter E. Conn, Spiritual Pilgrims: Carl Jung and Teresa of Avila, de John Welch, O. Carm., gran parte de la obra de Thomas Keating, Richard Rohr , Cynthia Bourgault, y más que todo, los evangelios. Primero los fui escuchando como parte de la misa y aprendía de las magistrales homilías de sacerdotes, la mayoría cubanoamericanos, y la sabiduría que habían tenido desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia, los teólogos, los hermeneutas, que prepararon la liturgia dominical y diaria ordenando la lectura de la Palabra (las Sagradas Escrituras) con una primera lectura, usualmente del Antiguo Testamento, seguida por un salmo y culminando con la lectura del evangelio.

Como tomada de una mano invisible fui guiada a adentrarme en la lectura asidua y después, algo más formada, en el estudio de la Biblia. Y fue así que acabé descubriendo la verdad, por medio del Nuevo Testamento –los evangelios –Marcos, Mateo, Lucas y Juan–, las maravillosas cartas de Pablo, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de los los discípulos de Jesús, y el Apocalipsis–.

No dejo fuera –¡cómo hacerlo por Dios!– las lecturas que hoy forman parte de mi vida como el aire: el Antiguo Testamento: los profetas, lo salmos, los libros de la Sabiduría, los Proverbios, el Eclesiastés, el Pentateuco (los primero cinco libros de la Biblia, que viene a ser la Toráh de los judíos). Toda una vida quisiera tener solo para estudiarlos, y si algo lamento de mis estudios universitarios, es no haberlos dedicado, además de a la literatura comparada, las Sagradas Escrituras. En ellas, por cierto está la base de mucha de la gran literatura: no habría un Dostoyevski ni un Kafka sin el Libro de Job, un San Juan De la Cruz sin el Cantar de los Cantares, imposible pensar en la obra de Tolstoy, C.S. Lewis, los grandes místicos. Es muy larga, muy profunda la influencia, el fundamento cristiano que creó la civilización occidental. Pero eso es para otro articulo.

Mi ida a misa los domingos se fue convirtiendo en una necesidad mayor y así, llegó el momento en que iba todos los días, bien antes de ir para el trabajo o a la hora del almuerzo. El Nuevo Herald quedaba muy cerca de la Iglesia Jesu, de los jesuitas en el centro de Miami, y me daba tiempo de asistir y regresar después a la oficina. La participación en la Eucaristía diaria y otros sacramentos, además de la sed insaciable que se apoderó de mí, de lecturas y retiros espirituales, mis largos ratos de oración silenciosa frente al Santísimo, y sobre todo, mi lectura de la Biblia completaron el cambio radica de mi vida.

Creo que estaba atravesando lo que llaman midlife crisis. Y deseé mucho, por ejemplo, conocer el mundo que habitaba Merton, adentrarme en la vida de la gente para mí sabia que había huido del mundo hacia los desiertos o montes en busca de soledad y silencio. Me refiero a solitude, no loneliness, hay una gran diferencia.

Fui a un retiro espiritual de una semana a Getsemaní, el monasterio cisterciense —una de las órdenes más estrictas después de los cartujos y los monjes y monjas budistas en sus monasterios— en Kentucky, donde había vivido y escrito el hombre que empezó a colmar mi sed de Dios. Thomas Merton. Uno de los votos que se hacen en esa orden religiosa, además de pobreza, castidad y obediencia es estabilidad. Quiere decir, que cuando entras al monasterio jamás sales de nuevo, no te mudas a ninguna parte. Después, con los años eso cambió un poco, porque los monjes se fueron abriéndoselos más a la formación de conciencia política y social pacífica y de justicia, a crear comunidades de oración y meditación y viajaban, pero siempre regresaban a su lugar. No olvido la entrada a Getsemaní por primera vez: Arriba, tallada sobre la piedra encima de las puertas decía: «Solo Dios». «Only God».

Cuando emprendí ese primer y transformador retiro de silencio y soledad con los monjes, ya sabía que aquél vacío solo lo podía llenar Dios, la trascendencia a la que estamos convocados, su Presencia y su amor incondicional en mi interior. Ya para entonces había estado en la Basílica de San Marcos, en Venecia, que me condujo a una fuerte experiencia estética de esplendor religioso, anduve peregrina en Roma, días y días recorriendo lugares sagrados. No le resto importancia, todo lo contrario, a la papel que desempeñó la estremecedora, penetrante, estética del arte sagrado en mi conversión religiosa.

Por ejemplo, cómo olvidar la Basílica de Letrán, de cuya historia no sabía nada y resultó ser un signo de confirmación lo que experimenté al entrar en ella, cuando una tarde la visitamos e incomprensiblemente sentí que me acogía como a alguien que regresa a su casa, aquel lugar lo sentí como mi hogar. No entendí, ni lo intenté, sigue y seguirá una experiencia inefable.

En 1995 algo excepcional sucedió en mi vida. Llegó a Miami para dictar unos cursos de ética y dirigir los Ejercicios Espirituales (EE), el jesuita peruano Ricardo Antoncich, de fama internacional por sus obras, charlas y sobre todo, retiros ignacianos (es decir, de Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas y creador de los EE). Yo iba por las noches a la salida del periódico a tomar clases al SEPI (en aquellos años una extensión hispana de la Universidad Barry que ofrecía la Maestría en teología en español) y supe de este retiro que iba a dar Antoncich. Creo que no tomó ni un segundo en que decidiera asistir. El retiro duraba 30 días. Yo no conocía a Ignacio de Loyola ni los Ejercicios Espirituales pero había oído hablar de ellos y por supuesto del maestro jesuita Antoncich, con quien iba a tomar la clase de ética. Y a quien me unió después una honda amistad que duró hasta su muerte, hace poco.

Una alegría muy fuerte, una motivación que era impulsada, estoy convencida, por el Espíritu Santo, llenó todo mi ser al saber que iba hacer los ejercicios. Me dieron el permiso en el trabajo por una semana más de vacaciones a las tres que me pertenecían anualmente. La vivencia de la espiritualidad ignaciana de este retiro fue el hecho más importante o quizá el clímax de todo un proceso de conversión religiosa que estaba teniendo desde la muerte de mi madre en 1991, mi Confirmación en 1992 y mis posteriores búsquedas del sentido del vida. Esos 30 intensos e inolvidables días en que un mundo nuevo se abrió ante mis ojos sellaron mi conversión al catolicismo.

Viajé a Cuba en mayo de 1998, después que se fue de la isla Juan Pablo II. Lo había preparado todo para ir estando el papa allá en enero de ese año, pero el gobierno cubano no me permitió la entrada. Después me llamaron por teléfono y me dijeron que podía solicitar de nuevo, que entonces sí podría ir a Cuba. No entendí nada ni me interesó mucho. Yo vi todo lo que aconteció durante la visita del papa en la televisión de Miami. Muy emocionante, ¿quién iba a imaginar aquello?

Cuando por fin me dieron la entrada, visité a las Religiosas del Sagrado Corazón en La Habana. Había conversado ya varias veces con la provincial de Cuba, Carmen Comella, ya fallecida. Hablamos mucho acerca de mi fuerte deseo de unirme a ellas y su misión. Fue el Padre José Conrado Rodríguez, en una de sus visitas a Miami, el que me las recomendó cuando le hablé del incipiente proyecto que iba tomando forma en mí: regresar para siempre a Cuba como misionera.

Estando conversando con Carmen en su comunidad principal, que era un espacio detrás de la Iglesia de Rosario, en La Habana, de pronto mi corazón dio un salto cuando escuché su voz que me dijo que sí, que me mudara para Cuba, allá haría el noviciado y me quedaría para siempre con ellas. Era solo cuestión de buscar el permiso de entrada del gobierno. Me iría a Puerto Rico a hacer el postulantado, período de un año en el cual la aspirante inicia la vivencia de sororidad, amplía y fortalece la formación cristiana y la experiencia misionera que la lleve, en forma progresiva, a discernir su opción vocacional en el seguimiento de Jesucristo según la identidad o carisma de la Congregación, y hacer gradualmente la transición a la vida consagrada. Luego, en uno o dos años estaría en Cuba. En Puerto Rico, donde había vivido muchos años al salir de Cuba en la década del 60, permanecí casi un año viviendo en diferentes comunidades diseminadas por la isla. La idea era ir formándome en los avatares de esa oblación. No tengo el espacio para contar las numerosas vivencias que me fueron cambiando poco a poco o repentinamente. Experiencias de vida fuertes, que te cambian. Viví entre los más necesitados, gente que sufría, padeciendo la pobreza de ellos en barrios marginales. Mi trabajo era darles clases a los niños que les iba mal en la escuela, muchos eran hijos de drogadictos, de madres solteras hundidas en la más absoluta pobreza.

También pasé meses en la casa de las hermanas mayores, a las que tenía que cuidar, alimentar, cambiarle pañales, hacerles compañía, quererlas. La educación espiritual e intelectual fue más bien realizada en las prácticas de misericordia. Entre tanto esperaba por mi ingreso en Cuba… Era la época en que casi todos los religiosos y religiosas y gran parte del clero eran misioneros extranjeros. Y como había una cuota muy limitada, para que entrara uno en Cuba, otro tenía que irse. Por fin, cuando se venció el tiempo como postulante y debía de entrar en el noviciado, desde la congregación en Cuba llegó la orden de que me enviaran a Chile, allá haría el noviciado hasta que pudiera entrar en mi país.

¡Qué experiencia y formación académica, espiritual, religiosa, civil y política tan integral recibí en Chile! Fui a residir en Santiago, en otro barrio de la periferia de la capital. Una de las que más me impactaron fue mi trabajo con niños con graves problemas neurológicos desahuciados y abandonados por sus padres. Allá tuve que ir por diez horas diarias dos semanas. Todas las noches antes de irnos a dormir, íbamos a una preciosa capilla que teníamos en la casa. Sobre cojines o recostadas en ellos en el piso, nos colocábamos en círculo alrededor de un altarcito preparado por alguna de nosotras —a la que le tocara ese día— en el centro, con una o más velas, algunas flores o plantas, una imagen, todo colocado sobre un mantel. Era la hora del recogimiento del día, de compartir con nuestra comunidad la jornada que terminaba. Yo residía en la casa de formación con seis chilenas y una peruana. La oración o rezo nocturno consistía en compartir nuestra jornada: ¿Dónde habíamos encontrado a Dios durante ese día, en qué persona o acontecimiento se hizo presente, en que movimiento espiritual interior nuestro? ¿Cómo había sido ese día? La conversación se convertía en una experiencia maravillosa, a veces inquietante, de oración ante ellas y Dios, a veces iba acompañada con lágrimas. Sin duda, la formación religiosa es muy fuerte, transformadora, tan distinta a la vida que llevábamos en el mundo que dejábamos atrás.

El largo e inolvidable tiempo que estuve en Chile, poco antes de terminar el noviciado, fue a verme una nueva superiora de las Religiosas de Cuba. Había terminado el priorato de Carmen Comella, que había sido provincial por nueve años, y ahora era Cristina Colás la que mandaba. Fue inesperadamente dura conmigo. Se me había negado el permiso de entrada a Cuba. Lo menos que pude imaginar en aquellos días llenos de fervor era que un día la provincial cubana me diría que «mi compromiso político previo tendría repercusiones para la Sociedad del Sagrado Corazón y la Iglesia en Cuba». Entiéndase por «compromiso político previo» haber escrito en El Nuevo Herald por años sobre la disidencia, los turbios asuntos que sucedían dentro de la misma Iglesia, como fue el cierre de la revista Vitral, dirigida por Dagoberto Valdés, hoy director de la excelente revista Convivencia, y también del Centro de Formación Convivencia, un proyecto extraordinario que sienta la hoja de ruta para el futuro de Cuba después de alcanzada la democracia.

Mi denuncia incesante de las injusticias contra hombres y mujeres que luchaban pacíficamente por la libertad, entre ellos los cientos de presos políticos, una oposición que se iba enriqueciendo con cubanos y cubanas valientes, decididos, conscientes de que era la vía pacífica y la formación ética política la que nos llevaría a una democracia sin vuelta atrás jamás a la violencia Por lo menos eso demostraron y siguen demostrando. El más peligroso de todos para el el régimen comunista era Oswaldo Payá —curioso que me lo mencionara la provincial como si fuera anatema, un peligro terrible hablar de ese hombre en la institución católica cubana. Pero a nadie debe sorprender que la Iglesia le dio la espalda y traicionó de muchas formas el excepcional ideario de un católico como Payá, que pudo quizá como nadie, llevar la patria a la anhelada democracia. Uno de los golpes más fuerte que recibí en esta larga y ardiente lucha fue el asesinato por órdenes de Fidel Castro de Oswaldo –estoy segura que fue de su boca que salió a sentencia al opositor que más probabilidades tenía de triunfar en el plebiscito que pedía en el Proyecto Varela–, pero ese es un tema del que he escrito con mucho dolor en otros momentos.

Ante la actitud de Cristina Colás (estoy convencida de que si hubiera estado en su lugar Carmen Comella yo sí hubiera entrado en Cuba), decidí de inmediato dejar la congregación y regresar a Miami. Ante mi súbita decisión, las siete hermanas con las que convivía bajo el mismo techo en Santiago trataron de que no me fuera, recuerdo la reunión comunitaria que tuvimos enseguida, y las frases de ellas: «Nosotros somos también voz de Dios, no te vayas»; me conmovió enormemente. Yo no iba a Cuba con idea de unirme a la disidencia, mucho menos de ponerlas a ellas en conflicto con el gobierno, como parece que pensaba Colás, la superiora, sólo quería ir a servir en Cuba. Mi deseo eran tan sencillo: ser el Corazón de Cristo, que es amor, en el corazón de Cuba.

Llegar aquí, a Miami, sólo con el poco dinero que le había entregado a la congregación cuando entré en ella y que me devolvieron al irme, fue duro. Porque ahora no tenía casa ni trabajo ni auto, nada material, únicamente mi experiencia. Sin embargo lo devastador, lo aplastante del golpe fue ver que mi proyecto –creí con toda convicción que aquello había sido una llamada de Dios para que lo abandonara todo. Como fiel discípula había seguido el impulso amoroso de todos los apóstoles al escuchar a Jesús decir al pasar a su lado: «Sígueme». Lo dejé todo y lo seguí. Pero mi proyecto no había sido el de Dios. ¿Me había abandonado Dios? ¿Había confundido de alguna forma el amor del Sagrado Corazón de Jesús con las bellas y fervorosas enseñanzas y experiencias de años compartidos con la Sociedad del Sagrado Corazón? Las fundí en una misma espiritualidad, sin duda. La formación religiosa del noviciado es muy fuerte y en mí ardía una llama apasionada por pertenecer, por ser parte de esa luz de amor que brota del corazón herido de amor de Jesús, el Cristo.

En estado de conmoción, en silencio y leyendo y rezando con la Biblia, cuando llegué fui a vivir a casa de mi hermana por dos semanas en lo que conseguía un apartamento y un carro para empezar a buscar trabajo.

Mi decisión de abandonar súbitamente la vida religiosa fue devastadora, pero también una gracia de Dios, que me hizo experimentar la desolación más honda. Fue cuando más cerca estuve de saber lo que se sentía en un corazón roto, como el de Jesucristo crucificado cuando fue atravesado por una lanza. Acaso solo para que pasara por esa experiencia me condujo Dios a esta loca aventura. Las hermanas cubanas que conocí en Chile –había otra pasando un tiempo en Santiago, además de la superiora que fue a visitarme– fueron mi peor encuentro. Sentí como si las residentes en Cuba estaban totalmente desinteresadas en una cubana de Miami que quería, deseaba fuertemente regresar a su patria y ser parte de ellas en su obra misionera por y para los cubanos. Para mí fue una aventura de amor a Cristo y a Cuba.

Cuando supe que me rechazaron –estoy convencida de que no sólo fue Caridad Diego, la responsable de Asuntos Religiosos del Partido Comunista de Cuba, también ellas las, las monjas cubanas las que colaboraron en impedir mi entrada a mi país–, algo helado, de un poder de muerte me golpeó el corazón, no hablé, pero sí lloré. Lloré mucho, el fracaso más grande de mi vida acababa de ocurrir. Me bastaron pocos minutos de discernimiento interior para darme cuenta que yo sólo quería servir en Cuba, yo no quería ir a otro país. Entonces, la superiora cubana me dijo algo que me abrió los ojos: Quedaba claro: Mi vocación no era ser religiosa. Lo que yo quería era regresar para siempre a Cuba. Me había engañado a mí misma. Y regresé a Miami, al exilio del cual tanto había anhelado irme. Aquí llegué a la intemperie. Partiendo de cero, habiendo quemado las naves, pero eso era para mí lo de menos.

Con los días se me fue revelando la verdad. Es que me había equivocado, los planes de Dios eran distintos a los míos. Muy superiores. Por supuesto, lo pude ver después, con el paso del tiempo, cuando me fui recobrando lentamente. A los pocos meses de regresar, empecé a trabajar en la Arquidiócesis de Miami, dirigiendo el periódico La Voz Católica, y continué escribiendo columnas de opinión para el Nuevo Herald. En 2006 decidí dedicarme de lleno a trabajar como escritora, traductora y editora free lance, por mi cuenta y me fue bien hasta que me retiré en 2012.

Aunque sigo siendo una mujer de fe católica, ha cambiado mi espiritualidad. Dejé de creer en la institución de la Iglesia, el clericalismo, el machismo, la misoginia arraigada en la jerarquía católica que vi desnuda en su más absoluta crueldad. Entonces estalló el escándalo de la pedofilia. Siendo yo la directora del periódico católico de la Arquidiócesis de este estado pude vivir muy de cerca la mentira, el disfraz, la hipocresía de la jerarquía católica.

Lo que se formó cuando empezaron a salir a flote las denuncias de las víctimas de abuso sexual por parte del clero fue horrendo. Pero ya todo eso pasó, han pasado muchos años de aquel 2002 en que en Estados Unidos el cardenal de Boston fue descubierto encubriendo a curas pedófilos para «proteger» a la Iglesia de escándalos, y así, miles de niños y niñas fueron violados y abusados sexualmente por curas y obispos, dejando a su paso víctimas inocentes convertidas en adultos devastados por experiencias de esa índole. Fui abusada sexualmente cuando era adolescente. Sé lo que es pasar por ese infierno, sé lo que se siente y cómo te deja de mutilada para el resto de tu vida.

Y entonces, como una pandemia, se propagó por todos el mundo la misma fetidez: la pedofilia era un fenómeno cotidiano en la Iglesia católica universal.

Le doy gracias a Dios por mi liberación, que no se debió a esta infamia descubierta, sino a años de experiencia y contacto con otras tradiciones de fe –budista, hindú, ortodoxa, que me enriquecieron.

Han pasado 17 años del regreso a lo que he empezado a considerar, después de 56 años de exilio, mi país, Estados Unidos. Me he reconciliado amorosamente con Miami que es otra ciudad a la que conocí en las décadas del 90 y lo que va del siglo 21. Sigo yendo a misa y me considero cristiana, pero mucho más espiritual que religiosa, perdí la fe en la estructura y el clero. Aunque el papa Francisco ha salvado mi fe en tratar de reivindicar a la Iglesia que Jesús fundó no la que hicieron de ella los cristianos. Francisco ha hecho renacer mi esperanza en que es posible una transformación radical, mucho más misericordiosa y menos jueza que el cristianismo.

Pero volvamos al hilo principal de esta narración. Me reencontré con Madeline Cámara, después de 20 años —la última vez que la vi fue cuando estaba ella en casa y casi llenamos el baúl de su auto con libros que eligió de mi biblioteca–. Nos volvíamos a ver, con años y canas y experiencias que mostraban nuestra pertenencia ya a la tercera edad. Tiempo intensamente vivido por ambas, no hay duda. El reencuentro se dio en un restaurante de St. Petersburg, Florida, que daba por concluido un fin de semana precioso en Tampa. Habíamos recorrido la ciudad, principalmente la martiana Ybor City, una noche de celebración de Halloween digna de la peor película de terror. Pero el viaje tuvo como motivo ver una iluminadora exhibición retrospectiva de Dalí en el museo que lleva el nombre de ese único pintor surrealista que nació del movimiento creado por André Breton en Francia en la década del 20 del siglo pasado. Excepcional exposición. Mis nuevos amigos eran Carmen Díaz, Olga Lastra, y Luis Carlos Silva. Hice el viaje rodeada de científicos cubanos de merecido prestigio. Dos de ellos, Carmen y Luis Carlos, ateos. El trayecto de unas cinco horas fue para mí una inesperada fuente identitaria que necesitaba a gritos, pero no lo sabía. Lo supe por la expansión de un horizonte interno y el gozo pleno de estar allí en aquel momento de puro placer. Carmen y Luis Carlos fueron los autores del mejor de los tiempos que pasamos en la larga trayectoria de un paisaje árido, aburrido, insoportable como es el de la península floridana. De los dos teléfonos móviles de ellos, conectados a las bocinas del auto por bluetooth, salía aquella maravillosa música que me hizo vivir horas de felicidad agradecida a dos personas que, sin embargo, en otras ocasiones me hicieron sentir completamente fuera de lugar, alguien patético, ignorante porque expresé mi fe en Dios. Después intuí algo fundamentalista en ese ateísmo. Pero eran encantadores, y tengo amigos agnósticos y ateos. Respeto todas las religiones y a quienes no tienen ninguna. Me gusta la cultura del encuentro, el pluralismo y la inclusión. Aquellos días de museo, música y conversaciones no hubieran motivado estas meditaciones si no fuera porque Madeline nos presentó un proyecto de publicación. Y con autoridad de editora, y también con la cercanía del afecto, me pidió que dejara correr la memoria, que contara de mi viaje hacia Dios y hacia Cuba. Recuerdo que ella llegó algo tarde al encuentro, pero qué alegría volver a verla y abrazarla. Imposible no recordar la última vez que nos habíamos visto. La biblioteca, mi desasimiento, su interés y asombro ante mis planes, y ahora esto.

A los pocos minutos nos pidió, sacando la Revista Surco Sur de su bolso, que escribiéramos para el próximo número algo sobre este viaje: amigos cubanos «de distintas tendencias», y experiencias de vida reunidos un fin de semana en Tampa. A todos nos tomó de sorpresa el pedido, ¿qué contaría cada uno? La idea resultó interesante y estuvimos de acuerdo.

Y este es el resultado de aquella invitación de Madeline en octubre de 2018. Escribo esto final en mayo de 2020. He editado algo este recuento digamos que de un camino interior recorrido que me transformó. Hoy soy otra y la misma. Soy cristiana, pero como dije me he acercado al budismo, y al hinduismo. Algo que me sorprendió e hizo mi acercamiento a ella más fuerte, fue saber que Madeline Cámara cree y practica la religión hindú. A todos los seres espirituales, de fe, los une algo superior a ellos, la relación para se ser una amistad a la vivencia y comprensión mutua de que se vive en ese misterio profundo y maravilloso que los une, no importa la espiritualidad.

Me siento colmada, en paz conmigo y con el acontecer del mundo por más tenebroso que nos parezca. Hago lo que puedo. El resto está en manos de mi Dios.

Acojo feliz la vejez y la vida aquí en Miami. La mía ha sido una vida de aventuras, arriesgada, intensa, herida, pero sobre todo de búsquedas. Más bien de un viaje interior que me condujera a la verdad, al sentido y propósito de la vida. Lo hallé. A pesar de los grandes y pequeños obstáculos, de las caídas y fracasos que he hallado en el camino, ha valido la pena.

Versión editada y ampliada del ensayo del mismo título publicado originalmente en la revista Surco Sur, de la Universidad de South Florida en septiembre de 2019. Vol. 9 > Iss. 12 (2019).
https://scholarcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi..

Foto: La directora espiritual y formadoras de novicias, Isabel García, rscj, y yo en Santiago de Chile en el año 2000.

  • Ida Espino RodriguezInteresante. Has escrito como si estuvieras conversando con todos. Te aprecio. Que el Dios bueno te llene de bendiciones. Un besoAvatar giving a side hug to a large red heart with eyes closed, eyebrows turned up slightly and a small smile.
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  • Gina GalardyDIOS LA ESCUCHÓ, ESTOY SEGURA.SALUDOS,PAZ Y BIEN.
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  • Argelia CarracedoEl Señor te ha guiado y te seguirá guiando.Confía en él.
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  • Rafael AlmanzaExtraordinario, útil testimonio. Un abrazo, hermana. Confía en Tom.
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  • Gloria FrancoDolorosamente cubana … algunas de estas vivencias las entiendo profundamente . Mis respetos . Un abrazo .Comparto
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  • Juana CortinasMuy enriquesedura tu vida. Fascinante. Gracias por compartirla
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  • ActivoGelasia Nena MarquezCon mucho respeto y admiración he leído tu crónica. Gracias por todas y cada una de las líneas tan sinceramente escritas. Dios te bendiga, hermana
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    • 5 d
  • Vadis Irma MaríaMuchas gracias, Dora, por compartir tus vivencias! Es muy interesante encontrar en tu testimonio la obra renovadora del Espíritu de Dios y cómo es el proceso del nuevo nacimiento! «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espír… Ver más
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    • 3 d
  • Julio V RuizMuchas Gracias Dora, es enriquecedor tus experiencias de sufrimientos y incertidumbres. La vida está llena de rechazos, todos los hemos sufrido de alguna forma. Pienso que el envejecimiento te hace crecer o por lo menos tratar de entender tus errores y… Ver más
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    • 4 d
  • Isabel AlfonsoQue vida tan rica, querida Dora. Y que luz la tuya. Como alguien que creció en el catolicismo en Cuba, en las lecturas de de Chardin, Merton y San Agustin, y que renuncio a la iglesia poe ubs crisis de fe, entiendo claramente la textura y profundidad d… Ver más
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    • 4 d
  • Domingo NoriegaMe ha gustado mucho tu fe de vida. A la vez lamento que la excelente revista Surco Sur de USF cesó de publicarse hace poco.
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  • Martha Saco Leyva❤️❤️❤️
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  • Félix Vázquez¡SIO, CÁLLATE YA a NADIE no le va ni le viene tu Amor a La Patria! Ello es personal y sagrado.
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  • Maurice SparksLo he leído sin perderme una coma. Gracias por compartirlo!
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  • Maria A DiazDora supe siempre lo que has pasado. Recuerdo cuando estabamos en st. Agatha. Ayudando a la Diocesis de Guantamo Baracoa. Todo tuamor a Cristo y a Cuba nunca van a ser en vano. El Senor tiene planes contigo y. Nunca te abandonara.
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  • Armando Camacho CostalesConmovedor. Que Dios la bendiga y un día regrese a su Cuba.
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    • ActivoAutorDora AmadorArmando Camacho Costales Mi mayor deseo antes de morir, cuando cuento todavía con fuerzas para caminar por La Habana, ver los paisajes, respirar mi tierra. Que Dios me dé ese regalo!
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  • Waldina GarciaBueno saber de ti y de esta manera. Sabrás lo que Dios quiere de ti, pero creo que siempre será en tu condición de ESCRITORA. Hay que serlo para expresar tu interesante camino de conversión. Un abrazo
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    • 4 d
  • Armando Lucas CorreaUn abrazo Dora Amador. Fascinante. Qué historia.
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    • ActivoAutorDora AmadorUn abrazo Armando, un honor que digas eso. Sabes leer –cómo no vas a saber tú, Maestro– lo grande y profundo que puede haber en experiencias de esta índole, no narradas como una escritora, sino tal y como las sentí, cómo salieron de un corazón muy last… Ver más
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  • Maria Antonia Cabrera ArusNo conocía Tu historia, fascinante.
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Mi noche oscura del alma

Se me presenta un dilema: entregarme a la nostalgia o vivir el oscuro apogeo del presente, hecho de esta realidad permanente que quiere empujar mi espíritu a la muerte. En la encrucijada de las dos vertientes sé que no importa cuál de ellas elija o me arrastre, porque ninguna me devolverá la felicidad que una vez conocí.

Me refiero a la alegría, al entusiasmo, al gozo inconsciente de mi infancia en Cuba. El pasado abarca mucho más tiempo que ese, naturalmente, ese solo duró 13 años desde el día en que nací hasta el día en que me fui. Y sí, puedo añadir a ese pasado feliz, momentos, experiencias que ahora son también dichosos recuerdos de mi juventud y madurez fuera de Cuba.

Pero hay un hecho cierto: he confirmado que mi vida terrena, carnal terminó el momento en que mi madre murió.

Hay una sombra temible dentro de mí. Es la que expreso al empezar a escribir esto. Estaba o sigo estando convencida de que era la realidad, la única verdad en que vivía: el dilema de mi amor por el pasado, la nostalgia, la tristeza honda, o la aceptación de vivir en la absoluta desolación del «oscuro apogeo del presente».

Esa sombra es una tentación latente, poderosa: la nostalgia, soñar el tiempo que pasó ya. ¿Cómo puedo ser feliz ahora sin mi madre, que murió ante mis ojos después de una agonía que vi y me aniquiló? ¿Cómo puedo olvidar la reciente muerte de mi hermana, enferma de Alzheimer, que en su demencia me aborreció, prohibiéndome ir a su casa, diciendo que me odiaba. Se ha comprobado clínicamente que los enfermos de Alzheimer sienten un rechazo fuerte casi siempre hacia la persona que más cercana tienen.

Vivir en el presente. ¿Cuál es mi presente a los 75 años, asombrada todavía de cómo he envejecido, caminando insegura por mi fragilidad, fuertes dolores de artritis en la espalda, por mi padecimiento de ansiedad y depresión para las cuales tomo medicamentos que desde hace años me alivian. Pero la edad, supongo, y estas pastillas causaron mi total falta de libido, algo que por suerte me es indiferente, o más que indiferente considero que es una liberación. No me anima casi nada, ningún proyecto, ninguna ilusión, no sueño con el porvenir, porque lo que está por venir dentro de poco es mi propia muerte, a la que no le temo. Corrijo: quizá el sueño que sí sigue vivo en mí es poder regresar a Cuba en estos últimos años que me quedan, recorrer mi país, ver y respirar y caminar sus paisajes maravillosos, dormir y amanecer allí donde nací, que mis horas y mis días pasen inmersos en mi cultura, mi identidad, mis tradiciones desplegadas al aire o nadando feliz como un pez en el agua, enraizada para siempre en mi hermosa tierra que amo. Nada más.

Sigo en el momento presente. Mi familiar más querido está desde hace unos meses en una silla de ruedas, tiene 81 años y padece de varias enfermedades crónicas típicas de la geriatría. Estos meses, después que los servicios domésticos de la Alianza para la Vejez le proporcionaron una empleada para ayudarla y permanecer en la casa todo el día con ella –la mamá de esta empleada se queda a dormir– me he sentido mucho más aliviada sabiendo que está acompañada. Esta anécdota la cuento porque forma parte de mi momento presente y pasé años, desde que quedó viuda y viviendo sola, preocupada e intranquila, al tanto de ella y su salud. Imagínense cuando supe que se cayó varias veces sola en la casa y ahora anda en silla de ruedas.

Mi mejor y más querida amiga tiene 88 años, padece del corazón, la operaron hace un tiempo y tiene una malla en una de las arterias que estaban muy tupidas, aunque se niega a ponerse otra que necesita y se lo advierte el cardiólogo a cada rato. Nos hablamos casi todos los días por teléfono.

Hay otra persona que quiero entrañablemente, tiene 89 años y está enferma. Cuando muera, si no muero yo antes, voy a llorar y sufrir mucho. ¿Ven? Todas se han ido o se van pronto. Queda el mundo desierto de relaciones significativas para mí. Mis días transcurren sentada en casa, leyendo, escribiendo, viendo películas o series de TV que me interesan y entretienen, tratando de vivir lo mejor posible, tratando de ver el lado hermoso de la vida y entender y acoger estos años como un don: el don de la vejez.

El momento presente son las guerras que se están librando en diferentes partes del planeta a la vez; el daño ecológico irreversible que los humanos le han hecho y siguen haciéndole a la naturaleza; los jefes de gobiernos y políticos corruptos y autoritarios que medran por todas partes es tal, que se va perdiendo aceleradamente la esperanza en un líder político decente, moral, que quiera y trabaje principalmente por su país y su pueblo y no para enriquecerse; el legado y la vigencia de un hombre como el expresidente de Estados Unidos, Donald J. Trump y sus seguidores que van en aumento, ¿cómo aceptarlo, entenderlo?

El cinismo; el neoliberalismo y el fascismo que imperan y se propagan como un virus letal; el robo y monopolio que las grandes empresas ejercen sobre los ciudadanos indefensos; la extensión de la pobreza en todo el mundo; el racismo; la homofobia; la xenofobia; los aspectos no divulgados del poder monstruoso de la Inteligencia Artificial, todo esto y otros hechos que por suerte no me vienen a la mente ahora, contribuyen enormemente a mi rechazo radical a este presente que nos ha tocado vivir. ¿No es más fácil huir lo más pronto posible hacia el pasado? Después de todo, la nostalgia disminuye el dolor y el sufrimiento del presente y sin duda nos llena de dicha el recuerdo de personas, momentos vividos de alegría, lugares que una vez nos hicieron felices. Y ciertamente hace más soportable la soledad de la vejez.

Recuerdo un domingo hace dos o tres años que me sentía particularmente triste. Yo vivía sola, pero pocas veces ese hecho me ha causado tanta melancolía. Decidí de pronto abrir unas gavetas en las que guardaba fotos, cartas, tarjetas y algunos pequeños objetos del pasado junto a mi madre, mi hermana, mis amigas. Era una tarde vacía, sin nada qué hacer.

Esa tarde fue como si se hubiera detenido el tiempo, había un asombroso silencio, casi ningún carro pasaba por la calle donde vivía ni se oían las voces de mis vecinos o alguna radio o televisión encendidos. Empecé con lentitud e interés a leer tarjetas que nos enviábamos en Navidad, los cumpleaños, el día de los enamorados; a leer cartas, algunas de ellas muy viejas. La mayoría estaba escrita por mi madre, por el sobre vi que las había enviado a varias direcciones. En mi característica inestabilidad me mudaba mucho más de lo normal: a Puerto Rico, España, Nueva York, Miami.

Eran cartas preciosas, mi madre deseándome siempre que fuera feliz, que encontrara lo que buscaba -creo a veces que me conocía mejor que yo a mí misma–, siempre mencionando los aspectos buenos, lindos de mi personalidad, insistiendo en lo importante que es encontrar su lugar en el mundo, llegar a ser lo que se quiere ser. Las tarjetas de felicitaciones de una amiga entrañable que murió en 2015, Adel, con quien conviví 14 años y la acompañé hasta su muerte en Hospicio, bajo cuidado paliativo. Yo la atendía en todo momento, la cuidé con tanto amor, y murió delante de mí. Ella solía darme tarjetas muy hermosas por cualquier motivo, lo que escribía, aunque corto, eran palabras llenas de cariño y de una amistad poco fácil de hallar. Abrí una cajita donde habían dos claveles y un papelito escrito por mi madrina de bautizo y tía abuela, Mime, a quien siempre he considerado como una madre. El papelito, escrito por ella en 1980 decía: «Hoy Dory se acostó al lado mío por la tarde. 5:30 pm.» Esa cajita me la dio mi prima, la que hoy se encuentra en silla de ruedas y es su hija, cuando Mime murió. La atesoro, sé su enorme significado, porque de niña siempre me acostaba y dormía a su lado. Estuvimos siete años separadas, hasta que vino de Cuba en 1969. Ya yo no era aquella niña, y no habíamos vuelto a dormir juntas.

Aquella tarde de domingo que pasé horas rememorando, a veces con lágrimas, lo vivido plasmado en textos que no se han borrado, se hicieron espejos de los momentos vividos. La tarde la recordaré siempre, porque ocurrió algo insólito. Cuando terminé de leer y ver todo, en el momento en que fui reordenando la gaveta y cerrándola despacio, como despidiéndome de la tarde o de aquel pasado perdido y de cierta forma revivido, irrumpió en mí la conciencia de saber cuánto había sido amada. Como si fuera una fragancia exquisita, sentí que el Amor llenaba todo el cuarto, respiré amor. Qué amor tan grande sintieron por mí esas personas, hoy idas, amadas igualmente por mí.

Falta de fe

Pero me vuelvo a plantear preocupada: Todo lo mencionado hasta aquí es una explicación, una demostración de lo que afirmo en el primer párrafo. Y es de grandes consecuencias para quien se considera una cristiana, una mujer de fe. Digo esto en el primer párrafo:

«Se me presenta un dilema: entregarme a la nostalgia o vivir el oscuro apogeo del presente, hecho de esta realidad permanente que quiere empujar mi espíritu a la muerte. En la encrucijada de las dos vertientes sé que no importa cuál de ellas elija o me arrastre, porque ninguna me devolverá la felicidad que una vez conocí.»

Recapacito. San Juan, en su evangelio, mi preferido, me da la respuesta. El texto nos muestra a Jesús pidiéndole en su oración al Padre: «Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo.
No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno.
Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.» (Juan 17, 14-16).

Es en este sentido abarcador y profundo en que me considero de otro mundo. El mundo del Reino de Dios, adonde me condujo el Espíritu después de mucho padecer.

Yo tenía 43 años cuando mi madre murió. La vi 27 días agonizar en una cama de Cuidados Intensivos en un hospital en Miami. Fue en ese imborrable tiempo, fijo como un fierro candente en mi memoria, que mi vida se transformaría hasta que desapareció mi antiguo yo. Una nueva criatura nació. Pero el proceso demoró años y cambios radicales ocurrieron en mi visión del mundo y de mí misma. Fue un giro, una conversión que trocó los principios y fundamentos de que estaba hecha mi vida.

Para que me comprendan mejor lo que quiero decir con «mi transformación» citaré de nuevo el maravilloso evangelio de Juan:

«Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío.
Fue una noche a donde Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que has venido de Dios porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.»
Jesús le respondió: «En verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»
Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puedo acaso entrar otra vez en el vientre de mi madre y nacer?»
Respondió Jesús: «En verdad te digo: el que no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Respondió Nicodemo: «¿Cómo, qué puede hacerse?  
Respondió Jesús: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? 
En verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio.
Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.» (Juan 3, 1-17).

Después de la agonía y muerte de mi madre, que fue y sentí que era también la mía, yo había nacido de nuevo. ¿Cómo se puede explicar esto? En el relato de Nicodemo, la obra que ejerce el Espíritu sobre una mujer o un hombre es comparada con los movimientos del viento.

Lo que quiere decir es que la acción del Espíritu es tan misteriosa como los movimientos del viento: ninguno de los dos se pueden ver; son de un poder que el ser humano no puede controlar: sus caminos son desconocidos. Pero aunque es una obra que escapa al análisis de la persona, la nueva vida que el Espíritu produce en el corazón de ella es efectiva, tiene efectos visibles. Yo soy una criatura nueva porque volví a nacer, pero del Espíritu, no de la carne, no volviendo a salir del vientre de mi madre. Esa nueva criatura que nació en mí fue posible por mi encuentro con Cristo. Este hallazgo, que fue impulsado por el Espíritu, me transformó. Fue la razón de mi conversión.

El Espíritu transformó mi vida para siempre, pero por qué y cómo, no lo sabría explicar, no lo sé. Sí sé para qué: para conocer el Reino de Dios, para salvarme. Yo era obra de la carne, ahora esta era obra del Espíritu. Mi verdadero yo era otro: tenía fe en Dios, había nacido dentro de mí la esperanza y la alegría de saber que Dios me amaba incondicionalmente. En la «buena noticia», que es lo que significa evangelio, que vino a anunciarnos, nos lo dijo, lo prometió: Les traigo la resurrección, la vida eterna, la verdadera patria, donde conocerán el amor infinito que les aguarda.

Yo creo en Dios, en la encarnación de su Hijo, Jesús, el hombre que habitó entre nosotros y su vida y ejemplo cambiaron el rumbo de la humanidad, del tiempo y destruyó la muerte. Creo en el Cristo universal que existe desde antes de la Creación, fue él quien tomó el nombre de Jesús, que quiere decir salvador, y al resucitar es de nuevo Cristo –el ungido– para siempre, sin principio ni fin, y creo en la vida eterna. Por eso Dios se hizo hombre y entró en la historia y nos habló, nos enseñó la existencia de un mundo nuevo, que Dios –a quien nadie había visto– se hizo visible en su persona, la persona de Jesús, la Palabra de Jesús.

Antes de la encarnación, cuando leemos el Antiguo Testamento, comprobamos una y otra vez que Dios le hablaba y daba pruebas de su existencia al pueblo elegido, con quien hizo una alianza con los judíos que liberó de la esclavitud de Egipto. Pero ese pueblo liberado no le creyó: y como prueba final Dios envió a su Hijo único, para que viéramos quién era Él, cómo nos amaba, qué quería de nosotros. «Ámense los unos a los otros… Quien me ha visto a mí a visto al Padre». Jesús es la imagen visible del Dios invisible.

Jesús era el Mesías, ese que los judíos habían estado esperando por siglos. Pero no, no le creyeron. Lo condenaron a muerte, y muerte en la cruz, la más horrible de todas las muertes. Lo escupieron, lo golpearon, lo insultaron y lo humillaron hasta el punto de burlarse de él coronándolo de espinas que se clavaron sobre su frente. ¿No decían que era el rey de los judíos? Pues los romanos, aliados con los judíos que eran los que habían pedido su muerte, lo coronaron de espinas. Ese hombre sangriento, desnudo, a la vista de todos elevado en la cruz, ese era el rey de los judíos.

Cristo resucitó al tercer día. Los discípulos lo vieron, compartieron con él, el pueblo de Israel lo vio, miles de personas lo vieron y hablaron con el resucitado. Jesús vino a enseñarnos su humanidad y nuestra divinidad. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera divino.

Yo tengo fe, y sé que sin esa fe que Dios me regaló porque me ama y lo amo, no podría vivir. No podría vivir sin la esperanza de que un mundo mejor es posible y existe, porque para Dios no hay nada imposible. Nada. Él hizo renacer en mí la esperanza de una vida nueva, sin dolor ni sufrimiento, sin despedidas, sin odio ni guerras. Sin el Mal. A ese mundo al que iré, lo sé porque Dios me salvó y redimió, está habitado por el amor, la bondad, la alegría, la ternura, la paz que nos prometió.

Si todo esto lo creo con todo mi corazón y más que creer, lo sé, ¿por qué insisto de forma morbosa que no puedo evitar el dilema en que me hallo? ¿Perdí la fe por un instante? Sí, tiene que haber sido eso. Pero sé que lo que escribí lo pensé, lo sentí en aquel momento con la dolorosa certeza de que es la verdad: lo vi, eran mis únicos dos caminos a seguir.

Pero Dios no quiere nuestra tristeza, nos quiere felices. Lo dice Jesús claramente: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10)

Ayer, 25 de diciembre, me pregunté a boca de jarro cómo podía yo haber escrito el primer párrafo de esta entrada en mi diario. La que se publica hoy, pero que llevo días escribiendo, porque implica la memoria y el tiempo. Nada fácil la tarea si una quiere hallar el hilo de Ariadna que me conduzca a la verdad. La verdad de mi vida. ¿Cuál es la verdad de mi vida? ¿El sentido?

Cristo, mi liberador. ¿Cómo pude decir lo que dije si encontré a Cristo, si soy una mujer elegida por Dios, que me regaló la fe, me salvó del laberinto, del abismo, me hizo tener esperanza, hizo una criatura nueva de mí, y me demostró que no existe la muerte? Ya di la respuesta más arriba. Falta de fe. La duda no deja de existir latente en personas de fe. Por eso hay que rezar y pedirle a Dios que aumente nuestra fe.

Si sufrimos es por algo misterioso que no quiero, no puedo entender ni explicar, pero sí sé que en lo oculto es por y para algo. Inexplicablemente el sufrimiento redime, es algo sagrado. Poseo esta riqueza que es la fe, la presencia de Dios en mí. Por eso, me afinco en mi presente, permitiendo los momentos de nostalgia cuando lleguen, pero consciente de que el pasado no vuelve. Nada vuelve. Y así seguiré caminando, vulnerable y con la consciencia y las cicatrices de todo lo que he sufrido, pero segura de que mis pasos me conducen a puerto seguro y que todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

Plegaria:

Dios que eres amor incondicional, aumenta mi fe.