Algunos escritos de Marx:
«Deseo vengarme de Aquel que gobierna en lo alto». Poema: Invocación de uno en desesperación. 1837
«Así pues, he perdido el Cielo, lo sé muy bien. Mi alma, una vez fiel a Dios, ha sido elegida para el Infierno». Poema: La doncella pálida, 1837.
«El reloj se ha detenido; la insignificante casa se ha desmoronado. Pronto estrecharé la eternidad contra mi pecho, y pronto rugiré gigantescas maldiciones sobre la humanidad». Obra de teatro: Oulanem, Acto I, Escena 3. 1839
«Con Satanás he sellado mi pacto. Él traza los signos, me marca el compás; yo toco la marcha fúnebre, rápida y libre… Mira esta espada: el Príncipe de las Tinieblas me la vendió». El jugador. 1841
Escultura de El ángel rebelde que se exhibe en el Capitolio de La Habana. La obra es de bronce, fue creada por el escultor italiano Salvatore Buemi y obsequiada a Orestes Ferrara, presidente de la Cámara de Representantes en Cuba cuando Buemi se la regaló. Ferrara la donó al Capitolio en 1932. La escultura puede considerarse excepcional en el sentido de que es la única en que se ve a Lucifer rebelde y retador. Obsérvese el puño erguido, en alto desafiante, el rostro soberbio y la mano izquierda en el pecho. No es, como los otros –muy pocos– monumentos que en el mundo se han hecho de Satanás. Todos representan a un ángel caído, humillado, arrojado al Infierno. Me es imposible no hallar en El ángel rebelde del Capitolio habanero, sede de la Asamblea Nacional del Poder Popular, una poderosa razón por la que Cuba, condenada y en ruinas está sometida a un gobierno comunista. Creo firmemente que ha llegado la hora de derribar este monumento al Mal.
Mi propósito no es escribir una breve biografía de Karl Marx. Es demostrar la naturaleza diabólica del Karl Marx y del comunismo. La he hallado, y cuando digo diabólica no es metáfora, es la existencia, presencia y obra maléfica en todos los países donde se impuso ese monstruoso gobierno totalitario ideado por Karl Marx.
Después de su gigantesco fracaso en la mayoría de los países donde se implantó, hoy sabemos que el comunismo asesinó a más de 100 millones de personas. En El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997) se da esta cifra que cito sin temer a que haya exageración alguna, en todo caso se quedaría corto. El libro fue escrito por profesores universitarios e investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centro Nacional para la Investigación Científica. La obra documenta la historia de la represión política de los estados comunistas, los genocidios, ejecuciones extrajudiciales, deportaciones y muertes en campos de trabajo y hambrunas creadas artificialmente, porque se les negaba alimentación a las personas, para matarlas de hambre. El libro se publicó originalmente en Francia como Le Livre noir du communisme: Crimes, terreur, répression por Éditions Robert Laffont. En Estados Unidos fue publicado por Harvard University Press, con un prólogo del historiador Martin Malia.
Comenzamos:
El padre de Karl Marx, Heinrich Marx (1777–1838), cuyo nombre era originalmente Herschel Mordechai, fue un abogado judío que se convirtió al cristianismo protestante en 1817 o 1818, poco antes del nacimiento de Karl. Aunque provenía de una larga línea de rabinos, adoptó el luteranismo para poder continuar ejerciendo la abogacía en Tréveris bajo el dominio prusiano, que restringía los derechos de los judíos.
El niño Karl Marx fue bautizado y recibió una educación cristiana. Sin embargo al final de su bachillerato, hubo un súbito cambio en su vida espiritual que nadie –que yo haya encontrado–, ha podido explicar. ¿Qué suscitó el giro tan radical que experimentó el joven Marx a partir de esta misteriosa conversión? Marx era fervorosamente cristiano en su conducta, en las actividades religiosas en que participaba, incluso en los ensayos que escribía en la escuela elemental y superior y en sus expresiones espontáneas con compañeros de clase y maestros han hecho referencia a su notable fe. Se refería a Cristo como «Mi Señor».
Esta alteración tan profunda en su interior que para siempre transformaría el rumbo de su vida, ha sido visto por algunos estudiosos de su pensamiento como un acto en el que Marx renuncia explícitamente al cielo y elige el infierno para sí mismo, argumentando que denota una postura espiritual consciente en contra de Dios. Su ateísmo parece que expresaba, dicen, el deseo de «salvaguardar la grandeza del hombre» mediante la negación de cualquier ser superior, de modo que fueran los propios seres humanos, y solo ellos, quienes forjaran su destino. Pero el cambio fue mucho más hondo que esto. Sus escritos, sus conversaciones y actos mostraban un feroz odio a Dios y a la religión. Además, era obvio que su atracción por el demonio se iba haciendo más intensa a medida que crecía en él el odio a la religión. Algo contradictorio, pues no se es ateo si se cree en el poder y la salvación que aparentemente sintió en su encuentro con Satanás, confesado por él. Fue ésta una época en que su admiración y alabanza a Lucifer se repetía en escritos poéticos y una obra de teatro titulada Oulanem. Este título que le dio a su obra teatral se centra en un odio nihilista hacia el mundo y en una celebración consciente de la corrupción moral; los personajes no sólo son corruptos, sino que lo saben y se regocijan en ello. La interpretación académica y biográfica más común sostiene que Oulanem es una inversión de «Emmanuel», otro nombre bíblico que se le da a Jesús y que significa «Dios con nosotros». La inversión o el reordenamiento de «Emmanuel» suele considerarse deliberado: una forma poética de presentar el Anticristo o una parodia blasfema de una figura mesiánica, lo cual encaja con el tono de los discursos de la obra, centrados en maldecir a la humanidad y desafiar a Dios. En estos años ya Karl Mark era un estudiante universitario.
A la vez que se daba este cambio en la vida interior de Marx, el joven iba tomando otro rumbo en su comportamiento que no pasaba desapercibido para su padre, que lo visitaba a menudo donde estuviera estudiando. Se dio a la bebida frecuente, así como a visitas de clubes y bares nocturnos. No faltaron escándalos suyos en público motivados por el alcohol y su comportamiento. Derrochaba el dinero de la manutención que le enviaba su padre para los estudios en varias universidades, algo de lo que se quejó Heinrich. Karl inició estudios de Derecho en la Universidad de Bonn (1835), luego se trasladó a la Universidad Humboldt de Berlín (1836), donde se interesó por la filosofía hegeliana. Finalmente, obtuvo su doctorado en filosofía por la Universidad de Jena en 1841. Los estudios de Derecho e Historia estuvieron presentes durante su trayectoria académica.
Su obra literaria favorita era Fausto, de Goethe, y la frase que quedó en más le gustó de toda la obra y guardó en su memoria para siempre y solía citar, fue «Todo lo que existe merece ser destruido», dicha por Mefistófeles, a quien, como sabemos, Fausto le había vendido el alma.
Algunos pasajes de las cartas que su padre le escribió a Marx en esta turbulenta época:
En esta carta del 2 de marzo de 1837, Heinrich le habla a Karl de su carácter, de su corazón y de un “demonio” que lo domina. Un pasaje central es éste: “Tu corazón, querido Karl, me parece dirigido por un espíritu demoníaco; no sé si este demonio es celestial o fáustico, pero temo que no te conducirá a la verdadera paz ni a la felicidad doméstica y humana… ¿Está tu corazón en armonía con tu inteligencia? ¿Eres capaz de aquella felicidad que surge de un carácter sereno, de un respeto sincero por las personas que te aman y se sacrifican por ti?” En otras cartas de esos años, Heinrich se queja de la vida desordenada de Karl en la universidad: noches en vela, gastos excesivos, falta de disciplina. Un pasaje representativo: “Has gastado en un solo año casi 700 táleros, en contra de todo lo acordado; incluso los estudiantes más ricos no gastan tanto, rara vez pasan de los 500. Con este comportamiento, nos has causado a tu madre y a mí muchas preocupaciones y muy poca, o casi ninguna, alegría… He sido demasiado indulgente contigo, y al callar por demasiado tiempo me he convertido, en cierta medida, en tu cómplice. Pero un padre tiene el deber sagrado de decir la verdad a su hijo, aunque le duela.”
En cierta ocasión Marx fue encarcelado por alboroto y embriaguez, también se le acusó de llevar armas no permitidas. Y en el diploma que se le extendió en la Universidad de Berlín constaba que había sido denunciado en varias ocasiones por no saldar debidamente las deudas económicas.
Es cierto que Marx trabajó y ganó su propio dinero como periodista y editor: dirigió la Rheinische Zeitung en Alemania y luego trabajó como corresponsal en Europa para el New York Daily Tribune, que le pagaba bien sus dos artículos semanales. Pero el diario dejó de publicarse al poco tiempo. Fue su padre quien lo mantuvo económicamente por muchos años hasta que, cansado y decepcionado, dejó de enviarle dinero. Ya Marx se había graduado y había formado una familia. A partir de finales de los 1840, sobre todo en Londres, su principal y permanente sostén económico fue Friederich Engels, hijo de un industrial textil, que le enviaba regularmente una parte considerable de sus ingresos. Karl Marx y Friedrich Engels mantuvieron una colaboración de por vida que fue intelectual, política y profundamente personal; ambos llegaron a formar una «asociación permanente» basada en una total coincidencia en pensamiento y teorías.
Su correspondencia revela un intenso afecto y una confianza mutuos; Marx llamaba a Engels su mejor amigo y su «alter ego», y dentro del seno de la familia Marx, a Engels se le consideraba casi como un segundo padre para las hijas de Marx. A partir de mediados de la década de 1840, desarrollaron sus ideas de manera conjunta, intercambiando constantemente manuscritos y cartas, criticando los borradores del otro y dando forma —como un proyecto común— a lo que posteriormente se conocería como marxismo. Fueron coautores de obras fundamentales como La sagrada familia, La ideología alemana y, muy especialmente, El Manifiesto Comunista, este último encargado por la Liga de los Comunistas entre 1847 y 1848.
Durante años, Engels trabajó en el negocio algodonero de su familia en Manchester, en parte con el propósito de enviar dinero a Marx, cuya familia vivía en una situación de pobreza crónica en Londres; sin dicho apoyo, difícilmente habría podido Marx completar El Capital.
Tras el fallecimiento de Marx en 1883, Engels editó y publicó los volúmenes II y III de El Capital a partir de las notas dejadas por Marx. Juntos contribuyeron a la construcción de las primeras organizaciones comunistas y obreras, comenzando por el Comité de Correspondencia Comunista y, posteriormente, la Liga de los Comunistas, para la cual redactaron El Manifiesto Comunista..
La vida familiar de Karl Marx estuvo marcada por la pobreza, la enfermedad y varias tragedias personales, incluido un hijo ilegítimo que tuvo con la sirvienta de la familia y el suicidio de dos de sus tres hijas supervivientes.
Marx y su esposa, Jenny von Westphalen, se casaron en 1843 y finalmente se establecieron en Londres, donde mantuvieron durante mucho tiempo a esta sirviente, Helene («Lenchen») Demuth. Ella permaneció con ellos durante décadas como ama de llaves, confidente y casi un miembro más de la familia, trasladándose más tarde al hogar de Engels tras la muerte de Marx y Jenny.
En 1851, mientras la familia Marx vivía en Londres, fue que Helene dio a luz a un hijo, Henry Frederick («Freddy») Demuth. Henry era el hijo ilegítimo de Marx, pero para protegerlo a él y a su matrimonio, Friedrich Engels asumió públicamente la paternidad, y el niño fue criado fuera del hogar de los Marx; Marx nunca lo reconoció, ni siquiera ante algunos de sus propios hijos. El muchacho tenía que entrar a la casa por la puerta de atrás de la casa, porque Marx le había prohibido entrar o salir de ella por la puerta por donde entraba todo el mundo, la del frente.
Hijos, muertes y suicidios
Jenny dio a luz a al menos siete hijos, pero solo tres hijas sobrevivieron hasta la edad adulta; los demás murieron jóvenes, en condiciones de pobreza y mala salud. Los relatos de la época describen muertes causadas por enfermedades vinculadas a la desnutrición y a la falta de atención médica, algo que el propio Marx atribuyó a su incapacidad para pagar médicos y medicinas. Las tres hijas supervivientes fueron Jenny Caroline, Laura y Eleanor. Dos de ellas se suicidaron más tarde: Eleanor se envenenó en 1898 tras descubrir que su pareja, Edward Aveling, se había casado en secreto con otra mujer; y Laura murió en 1911 en un pacto de suicidio conjunto con su esposo, el socialista francés Paul Lafargue.
Durante la mayor parte de su vida en común, la familia Marx vivió en una situación de penuria económica crónica, especialmente en Londres, donde a menudo dependían de empeñar enseres domésticos y de recibir préstamos o donativos de Engels. En ocasiones, la familia disponía de tan poca ropa que solo Marx podía salir de casa vestido con la debida decencia; asimismo, varias de las enfermedades y muertes de los hijos estuvieron vinculadas a su extrema pobreza. Marx se encontraba frecuentemente endeudado y rara vez mantuvo un empleo remunerado estable, centrándose en su labor política y teórica mientras dependía del apoyo de Engels y de ocasionales pequeñas herencias o préstamos familiares. Esta situación financiera irregular conllevaba ciclos de crisis aguda seguidos de breves alivios, pero nunca una estabilidad real para Jenny.
A muchos les resultaba desagradable, incluso repulsivo, el aspecto y los modales de Marx. En 1850, un espía de la policía prusiana visitó la casa de Marx en Londres haciéndose pasar por un revolucionario alemán. El informe que redactó el espía fue compartido con el embajador británico en Berlín. El informe decía, en parte: «[Marx] lleva una vida de intelectual bohemio. Rara vez se lava, se asea o cambia la ropa de cama, y suele estar borracho. Aunque a menudo pasa días enteros sin hacer nada. No tiene un horario fijo para acostarse ni para levantarse. A menudo se queda despierto toda la noche y luego, al mediodía, se tumba en el sofá completamente vestido y duerme hasta la noche, ajeno al ir y venir de todo el mundo… No hay ni un solo mueble limpio y en buen estado. Todo está roto, desgastado y desgarrado, cubierto por una capa de polvo y reina un desorden absoluto…»
Manual para la Revolución y el Asesinato en Masa
El deseo de Marx de destruir las instituciones de la sociedad y su sed de sangre contra los enemigos en la inminente revolución comunista quedaron plasmados en su plan de acción, escrito con Engels para el Comité Central de la Liga Comunista en marzo de 1850. Se lee como el manual literal de lo que hizo Vladimir Lenin al emprender la Revolución Bolchevique en Rusia.
«Nuestro interés y nuestra tarea es consolidar la revolución hasta que todas las clases más o menos propietarias hayan sido expulsadas de sus posiciones de poder, hasta que el proletariado haya conquistado el poder estatal y hasta que la asociación de proletarios haya avanzado lo suficiente, no solo en un país, sino en todos los países líderes del mundo… Nuestra preocupación no puede ser simplemente modificar la propiedad privada, sino abolirla; no silenciar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; no mejorar la sociedad existente, sino fundar una nueva».
En el proceso de derrocar el orden democrático liberal que asume el poder tras el fin de los monarcas, Marx afirmó que el proletariado revolucionario necesitaba formar «consejos» armados al margen de la autoridad y el control del gobierno democrático. Este es precisamente el método que Lenin impulsó en Rusia en forma de «soviets» tras la abdicación del monarca ruso. Marx insistía en fomentar un frenesí de «venganza contra los individuos odiados», lo que claramente significaba terror y asesinatos en masa. Y esta fue también la señal que Lenin siguió para asegurar el triunfo de su revolución en Rusia.
¿Cómo se convirtió Marx en defensor del asesinato en masa y la dictadura en lugar de una democracia liberal y la paz social? ¿Qué influencias intelectuales lo llevaron a convertirse en el visionario defensor de lo que él llamó «socialismo científico» y a creer que las «leyes de la historia» dictaban la inevitable caída del capitalismo y el triunfo ineludible del comunismo?
Cito extensamente a Richard Wurmbrand, un pastor protestante rumano que sufrió prisión ocho años por proclamar el evangelio y por su firme posición de no acceder a negar a Cristo, a pesar del acoso, los interrogatorios y amenazas de los comunistas rumanos. Sus libros más famosos son Marx y Satanás y Tortured for Christ, en el que da su testimonio del triunfo de Dios a pesar de la persecución comunista de que fue víctima. El texto del que cito es de su libro «Was Marx a Satanist?»:
«Marx conoció a Moses Hess, el hombre que lo llevó a abrazar la idea socialista. Hess lo llama «Dr. Marx: mi ídolo, quien dará la patada final a la religión y la política medievales»… Georg Jung, otro amigo de Marx en aquella época, escribe en 1841… que Marx seguramente expulsará a Dios de su cielo… Marx califica al cristianismo como una de las religiones más inmorales.
«Uno de sus colaboradores en la Primera Internacional fue Mijaíl Bakunin, un anarquista ruso que escribió: ‘…aquí entra en escena Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos… [quien] lo insta a desobedecer y a comer del fruto del conocimiento’… Bakunin escribe: «En esta revolución tendremos que despertar al diablo en el pueblo, para agitar las pasiones más bajas… Bakunin revela que Proudhon, otro importante pensador socialista y, en aquel entonces, amigo de Karl Marx, también «adoraba a Satanás»… Proudhon… declaró que Dios era el prototipo de la injusticia. «…Todo paso adelante es una victoria en la que superamos a lo Divino».
En su poema Orgullo humano, Marx admite que su objetivo no es mejorar el mundo, ni reformarlo o revolucionarlo, sino simplemente arruinarlo y disfrutar de su ruina:
«Con desdén arrojaré mi guante directo al rostro del mundo,
y veré el colapso de este gigante pigmeo [el mundo], cuya caída no aplacará mi ardor.
Entonces deambularé, cual dios victorioso, entre las ruinas del mundo
y, otorgando a mis palabras una fuerza activa, me sentiré igual al Creador».
Creo más que oportuno, de una gran importancia conocer algunas frases y pensamientos de Karl Marx sobre la religión, que se convirtieron en parte obligatoria e integral de la educación, formación y cultura de cientos de millones de seres humanos que vivieron en países comunistas. La práctica de esta condición convertida en mandato de Marx se fue perfeccionando y haciéndose más cruel con el tiempo, cuando la inició Lenin en la URSS. El ateísmo era adoctrinado desde los primeros años escolares y llegó a convertirse en firmes convicciones y de conducta incuestionable en los comunistas. Han sido millones de jóvenes estudiantes y adultos trabajadores los que sufrieron años de cárcel, despidos de centros de estudios o de trabajo al descubrir las autoridades que creían en Dios o pertenecían a una religión. Nadie que conoce algo de comunismo ignora que tener una imagen religiosa en la casa o que te vieran entrar a una iglesia de inmediato ser señalado como contrarrevolucionario, y por lo tanto ser expulsado de tu trabajo o centro de estudios, y caías en una lista de «enemigos de la patria» sin poder aspirar a un futuro prometedor como profesional, conseguir un bun trabajo, que se te negaran oportunidades para progresar en la vida: porque creías y rendías culto a Dios, no al comunismo.
Frases célebres de Karl Marx sobre la religión:
- «La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real.»
- «La religión es el opio de los pueblos».
- «Toda crítica de la religión es la premisa de toda crítica».
- «La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu.»
- «El sentimiento religioso es también un producto social.»
- «La religión aporta satisfacciones imaginarias o fantásticas que desvían cualquier esfuerzo racional por encontrar satisfacciones reales.»
- «La religión, en cuanto eco ideológico, es la conciencia invertida de un mundo invertido.»
- «La religión es el gemido del oprimido.»
- «Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el autodesprecio, el envilecimiento, la sumisión, la humildad; en una palabra: todas las cualidades de la canalla. Y el proletariado —que no permitirá ser tratado como canalla— necesita valor, confianza en sí mismo, orgullo, un sentido de dignidad personal e independencia, incluso más de lo que necesita el pan de cada día».
Vladimir Illich Lenin, el fiel seguidor de Marx
Lenin transformó la teoría antirreligiosa de Marx en una campaña estatal coordinada que separó legalmente a las iglesias del Estado, expropió sus propiedades, reprimió al clero y a los creyentes, y edificó un aparato masivo de «ateísmo científico» y propaganda dentro del nuevo Estado soviético.
Marx concebía la religión como un producto de la explotación y la alienación —«el opio del pueblo»— que debía desaparecer con la abolición de la sociedad de clases, y no mediante un simple decreto. Lenin adoptó esta visión, pero le otorgó un carácter explícitamente político: calificó la fórmula de Marx como «la piedra angular de toda la perspectiva marxista sobre la religión» y sostuvo que las iglesias eran instrumentos de la reacción burguesa.
Represión y violencia contra la Iglesia
En la práctica, el régimen fue mucho más allá de un laicismo «neutral» para incurrir en una represión coercitiva, dirigida especialmente contra la Iglesia ortodoxa rusa, a la que Lenin consideraba un pilar del zarismo y de la contrarrevolución. Durante la campaña de 1922 para confiscar los objetos de valor de la Iglesia —bajo el pretexto de socorrer a las víctimas de la hambruna—, Lenin instó en privado a aprovechar el enfrentamiento para «dar una lección» al clero y a los creyentes; los historiadores estiman que decenas de obispos, más de un millar de sacerdotes y muchos miles de feligreses laicos fueron ejecutados o asesinados.
Desde una perspectiva teológica cristiana, se sostiene que el comunismo no es solo erróneo y como sistema político y económico muy cruel y y su resultado un total fracaso, sino espiritualmente maligno debido a que invierte las verdades bíblicas relativas a Dios, la persona humana, la propiedad y la autoridad. El comunismo se fundamenta en un ateísmo explícito: Marx y los comunistas posteriores califican a la religión como una ilusión y aspiran a «abolir toda religión», lo cual los cristianos interpretan como una rebelión directa contra Dios. Presenta una «historia de salvación» rival: la historia se explica a través de la lucha de clases, y la redención no proviene de Dios, sino de la revolución violenta y de una sociedad sin clases; un concepto que funciona como una escatología secular. En suma, el Paraíso, el cielo prometido se podía alcanzar aquí en la Tierra, pero sólo siendo comunista.
Richard Wurmbrand y otros escritores cristianos argumentan que una ideología que rechaza conscientemente a Dios, elimina «verdades eternas» y persigue a la Iglesia, debe tener un origen espiritual oscuro, identificado con Satanás. Destacan las declaraciones de odio hacia Dios atribuidas al propio Marx, su uso de imaginería blasfema y demoníaca, y la persecución sistemática de los cristianos bajo los regímenes comunistas, como indicios de una hostilidad espiritual más profunda.
He llegado a comprender el verdadero propósito detrás de las vidas y acciones de figuras como Mao, Stalin, Kim, Ho, el Ché, Raúl. He visto con estupor la razón de ser de Marx y de Fidel Castro. Y comprendo por qué los cubanos hemos sufrido tanto, por qué Cuba se encuentra en una situación tan inhumana y trágica. En este sentido específico doy por incomparable el maléfico proyecto logrado por Fidel Castro de utilizar los medios para que reflejaran en él a Jesucristo. Para lograr esto se valió de la prensa y el arte. En efecto, «Fidel» como quiso que el pueblo entero lo llamara, y no por su apellido o nombre completo, logró que las grandes masas lo vieran y casi adoraran como el Salvador, un enviado de Dios, el anhelado mesías que había llegado a redimir a Cuba.
No ha existido un ser tan dañino en nuestra historia como Fidel Castro. En vida, y después de muerto, su legado sigue siendo la destrucción, la violencia, la bajeza, la ruina de una nación, Cuba, y de un pueblo, el cubano, destrozado en cuerpo y alma después de largos años de creer fervorosamente en el falso mesías que había bajado de la Sierra Maestra con un rosario colgado del cuello. Castro cargó indiferente sobre sus espaldas –nunca en su consciencia– la muerte de algunos de los más valiosos líderes que desempeñaron un papel esencial en el triunfo de la revolución: Frank País, un joven pastor bautista de gran fe cristiana, que daba clases de biblia en su iglesia todos los domingos y fue el líder indiscutible del Movimiento 26 de Julio y en la lucha urbana en contra de la dictadura de Fulgencio Batista.
Y como una víctima oportuna, José Antonio Echeverría, católico comprometido con su fe, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la Universidad de La Habana y fundador del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Echeverría formó parte junto a otros revolucionarios en el arriesgado ataque a Palacio para derrocar a Batista. Ambos jovenes, cuya militancia y compromiso ético cristiano fueron fundamentales en el ideal de la revolución, que logró incorporar a miles de cubanos en la lucha contra la dictadura batistiana, fueron asesinados por la policía. Contrario a la maquinaria propagandística que a partir de 1959 creó Castro a su favor, para proyectar la imagen inolvidable del máximo líder que logró el arrollador triunfo de la revolución. Contrario a esta mentira inoculada en el inconsciente colectivo de toda una nación, la lucha «en el llano» (las batallas civiles y armadas en las ciudades y provincias de todo el territorio nacional) fue mucho más efectiva para el derrocamiento de la dictadura de Batista, que la lucha en la Sierra Maestra. Al ser asesinados Echeverría y País, Fidel Castro se vio libre de una de sus grandes preocupaciones que ya hacía un tiempo rondaba en su mente. Cómo minimizar o deshacer ante la suya, la magnífica e incansable labor libertadora de estos dos jóvenes tan admirados por el pueblo. Quedaba así el campo abierto para que sin competencia pudiera erigirse como el héroe supremo de la Revolución cubana. Y no ignoremos el poder de su presencia imponente: 33 años, la edad de Jesúscristo, alto, viril, corpulento y un rostro decididamente seductor. Fidel Castro fue un hombre muy inteligente y hermoso, digamos que muy parecido a Lucifer.
Si me extendí en este relato de Frank País y José Antonio Echeverría fue porque me interesa su vida espiritual y religiosa y la coherencia con su lucha emancipadora. No fue casual que ambos fueran raigalmente cristianos, fueran asesinados y que cayera en las manos de Castro el poder absoluto. Sé que, dados los muchos crímenes que cometió Castro al tomar el poder, por ejemplo, cuando asesinó o encarceló a sus mejores, más fieles y valientes compañeros de lucha –Camilo, el Ché, Huber Matos, Mario Chanes de Armas, sin contar a los que traicionó y ordenó ejecutar después, que ni Frank País ni José Antonio Echeverría hubiesen sobrevivido bajo el poder del mentiroso, egocéntrico Comandante en Jefe.
Negación de Dios y de lo espiritual
Los cristianos puede afirmar que el comunismo es satánico porque, visto desde la fe, el comunismo marxista niega y subvierte los pilares mismos del cristianismo: Dios, la persona, la libertad y la moral trascendente.
- El comunismo marxista parte de un materialismo absoluto: solo existe la materia, no hay Dios, ni alma, ni vida eterna.
- El propio Marx y sus sucesores conciben la religión como “opio del pueblo” y como obstáculo a la revolución; por eso los regímenes comunistas han perseguido sistemáticamente la fe y la libertad religiosa.
- Para un cristiano, negar a Dios como Creador y Señor y tratar de suprimir su culto es ya una actitud objetivamente “satánica”, porque se coloca en la lógica de la rebelión de Satanás: “no serviré”.
Destrucción de la ley moral y de la persona
El Manifiesto Comunista proclama la abolición de toda religión y moralidad “burguesas”; en la práctica, esto significa relativizar mandamientos como “no matarás”, “no robarás”, “no darás falso testimonio”, si conviene a la revolución.
- El comunismo justifica la violencia de clase, el terror, la delación, la mentira sistemática, siempre que sirvan al fin histórico; la persona concreta vale menos que la “Historia” o el “Partido”.
- Para el cristianismo, en cambio, cada persona tiene dignidad infinita por ser imagen de Dios, y no puede ser usada como instrumento, menos aún destruida en nombre de una utopía.
Podría terminar este artículo mencionando el hecho, ampliamente desconocido, de que Marx cambió su forma de pensar en los años antes de su vejez. Su concepto de cómo llegar al comunismo cambió, vio otras vías por las que se podía llegar a esa sociedad utópica que él ideó para alcanzar el Paraíso aquí en la tierra, ideado por él, por supuesto. Estos documentos, investigaciones no se han publicado, están en muchos libros de notas y se encuentran en el Russian State Archive of Socio-Political History (RGASPI), en Moscú.
No deja de ser el mismo Lucifer que odiaba a nuestro Creador, porque no podía igualarse a él, que por su soberbia y envidia, su maldad y su ambición de ser Dios fue arrojado al Infierno y junto a él una humanidad que creyó en su poder, que le entregó su alma y juntos propagaron el mal llamado comunismo por toda la humanidad.
Varios escritores y biógrafos han interpretado explícitamente ciertos aspectos de la vida y los escritos de Karl Marx como malvados o bajo una influencia diabólica. Estos son los nombres de los principales biógrfor de Karl Marx:
Robert Payne, Marx: A Biography. En esta biografía clásica de 1968, Payne escribió que «hubo momentos en los que Marx parecía estar poseído por demonios» y que «Marx tenía la visión del mundo propia del diablo».
Richard Wurmbrand, en su libro Marx and Satan, sostuvo que Marx mostraba fascinación por el diablo y lo retrató como alguien impulsado por fuerzas malignas.
Paul Kengor, en The Devil and Karl Marx: Communism’s Long March of Death, Deception, and Infiltration, desarrolla la tesis de que Marx y el marxismo poseen una dimensión demoníaca y profundiza en la poesía, el pensamiento, yla inspiración oscuras y antirreligiosas de Marx.
Algunos comentaristas también subrayan un tono satánico en Marx y el marxismo (por ejemplo, Del Tackett, Albert Mohler y algunos escritores católicos); no obstante, los tres autores mencionados anteriormente son quienes, de manera más clara, enmarcan al propio Marx —ya sea en obras biográficas o cuasibiográficas— en términos de maldad, o atracción hacia lo diabólico.
Del Tackett, creador de The Truth Project, concibe la ideología de Karl Marx como una cosmovisión destructiva, contraria a Dios y a la familia, y a menudo describe su influencia como una tendencia hacia el mal. Sostiene que el marxismo fomenta la división y busca destruir las instituciones sociales establecidas por mandato divino, conduciendo, en última instancia, a la tiranía y a la decadencia espiritual.
Albert Mohler: Karl Marx Meets the Devil: A Conversation with Historian Paul Kengor.
https://youtu.be/F7jDqMM7D8k?si=_YHq4yh37bsHX3ct

